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    La Vida de Viaje - Carretera Austral

    Al sur del Sur

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    Le pregunto al capitán si podemos subir las bicicletas al barco y me responde que no. En mi cabeza se activa el modo “recalculando” y se me ocurre decirle si al menos podemos cargar las alforjas y dejar las bicis atadas en el puerto de Candelario Mancilla. “Ah sí, eso sí, pero apúrense que salgo al tiro”.

    Adentro del barco hay chilenos, alemanes, españoles y nosotros, los dos únicos argentinos. Todo está un tanto desordenado y no entiendo por qué si esta es la primera y única navegación del día por el lago O’Higgins. Hay vasitos de telgopor con rastros de café cerca de las ventanas, un caloventor (?) en el piso que cuando lo toco arde, bajo a la cocina y hay cafeteras, tostadoras, muchos vasos de vidrio y cajas apiladas. Si bien sabemos que este barco llegó a Mancilla partiendo de Villa O’Higgins, debe de haber algo más que no estamos pudiendo entender.

    La Vida de Viaje - Carretera Austral 2-11

    “Bienvenidos señores pasajeros, estamos en este momento entrando al brazo del Ventisquero Grande rumbo al glaciar O’Higgins”. Esta es la única navegación que antes de cruzar el lago, te lleva de paseo al glaciar. Ya desde mucho antes de llegar a Chile, cuando todo este viaje estaba tomando forma, con Andrés coincidimos que estando tan pero tan cerca no podíamos no conocerlo, menos cuando leímos que Aysén —la afortunada región de Chile que contiene la mayor extensión de la Carretera Austral— es conocida como la provincia de los glaciares. Y si les tengo que ser franca, a mí me pueden: en nuestros viajes llevo un álbum imaginario de figuritas de glaciares que inauguré cuando conocimos al glaciar Perito Moreno. Después sumé las de los glaciares Upsala, Mayo y Negro —difíciles de conseguir dentro del Parque Nacional Los Glaciares— y ahora inauguro una nueva página para Chile y sus “ventisqueros” —o como ellos llaman a los glaciares— con el O’Higgins a la cabeza. Es uno de los más extensos de Sudamérica y forma parte del inmenso campo de hielo sur.

    Subimos a la cubierta y empezamos a entender su desorden: a medida que avanza, las olas revotan con fuerza sobre el casco. Cuento siete personas que se rindieron a esta coctelera náutica y se sentaron en el piso. Caminamos moviéndonos de un lugar a otro y decidimos sentarnos en el mismo momento en que una ola rompe en la proa, sube por el aire a lo Matrix y nos empapa a todos. Nos reímos mientras un señor se ajusta la boina con movimientos torpes y nerviosos. Es el único que sigue parado y firme delante de un mástil, pero todos sabemos que no se trata de un acto de valentía sino de cobardía: no tiene la más pálida idea de cómo salir de ahí. Como en un zamba prefiere aferrarse a la seguridad de sus manos antes que jugar con la destreza de sus pies.

    Empiezo a tener frío y le digo a Andrés que mejor bajo y duermo un poco porque tanto ajetreo me está revolviendo el estómago. A pesar de que dormir en viaje está fuera de mis principios —no entiendo a los que se duermen ni bien se suben a un barco, un tren, un avión, un micro, un auto o donde sea en lugar de quedarse pegados a la ventana mirando al menos por unas horas el paisaje y lo que hay alrededor—, ahora no encuentro ninguna otra opción. Claro: entre todas las cosas que vi en el barco, también había bolsitas para vomitar. Mejor cierro los ojos hasta llegar al glaciar.

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    Andrés me despierta cuando en el agua se empiezan a ver témpanos de hielo. Las olas ya no son lo que eran y salió el sol. El glaciar O’Higgins se ve bien chiquitito al fondo y nos empezamos a acercar de a poco mientras el barco sortea obstáculos blancos con una destreza envidiable. Salimos a la popa, subimos otra vez a la cubierta y el capitán anuncia: “Señores pasajeros, con ustedes el glaciar O’Higgins. Nos vamos a quedar una hora navegando su frente”. No sé cuántos kilómetros de largo tiene este glaciar (Wikipedia dice que 45), pero estar una hora frente a esta tremenda pared celeste no estaba en los planes. Me quedo mirándolo fijo y juego a encontrarle algunas diferencias con los glaciares que ya conocimos: es más agrietado que el Perito Moreno, tiene un color celeste mucho más intenso que el Upsala y es más profundo que los dos juntos. Mientras lo recorro con los ojos, dos marineros bajan al agua con un gomón y al rato traen unos bloques de hielo gigantes para el que quiera tomar un poquito del típico whisky on the rocks. Aunque me tienta la idea decido no tomar por si la vuelta termina siendo tan movida como la ida.

    La Vida de Viaje - Carretera Austral

    La Vida de Viaje - Carretera Austral

    Cuando regresamos al puerto de Candelario Mancilla algunos pasajeros se bajan para cruzar a Argentina por el paso Portezuelo de la Divisoria y otros esperan la próxima salida hacia Villa O’Higgins. Mientras tanto nosotros nos reencontramos con las bicicletas, las subimos al barco y uno de los marineros las ata con una soga que queda bien tirante y tensa. Entiendo el mensaje subliminal e imagino la batidora que se avecina, pero ahora el viaje tiene otro sabor. Ahora sí estamos yendo al kilómetro 1250 de la Carretera Austral. Y si bien ahí termina esta ruta escénica, para nosotros empieza. En el fin está el principio de todo.

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    Definitivamente este barco es un zamba. En una tele pasan un documental del sur de Chile que dura casi todo el viaje —deben de ponerlo para que no pensemos en barcos a la deriva, Titanic, Leonardo Di Caprio y esas cosas—, pero casi todos nos quedamos dormidos al minuto 30. A esta altura poner el cerebro y los sentidos en “modo avión barco” debe ser un mecanismo de defensa para escaparnos de la realidad.

    Arribamos al puerto, acomodamos las alforjas, nos sacamos la foto con el cartel de bienvenida “fin de la Carretera Austral” y estamos listos para salir hacia Villa O’Higgins, pero… nos falta un pedal. Sí: llegó el día de pedalear los primeros kilómetros de la Carretera Austral y la bici de Andrés está renga. Sacamos la soga naranja flúor de su hamaca paraguaya —comentario de color por fuera de esta crónica: quiero que sepan que la usó solo dos veces en todo este viaje— y esta vez no me queda otra que dejarme remolcar. Hacemos 8 kilómetros y llegamos a la Villa casi a oscuras.

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    En la galería de El Mosco (camping donde nos quedamos dos días) hay más de cinco bicicletas estacionadas, cubiertas desgastadas colgadas de la pared, alguna que otra alforja usada y apilada en una de sus esquinas y un sinfín de portaequipajes rotos. Es como un cementerio de bicipartes: toda una señal de lo que está por venir. Santos —un brasileño que está arrancando su viaje por la Carretera—, Nelson —un chileno de unos 50 años que junto con su mujer acaban de terminarla— y un holandés —que no sabemos de dónde viene ni a dónde va pero con su corto español entendemos que está preocupado por su calentador que no funciona—, se convierten en nuestros consejeros para ver cómo solucionamos el gran dilema gran de la bici de Andrés.

    El gabinete sesionaba en la cocina todas las opciones posibles desde la más simple hasta la más compleja, y cuando el silencio anticipaba un problema que no se iba a poder resolver, un chiste destrabó el enigma:

    Nelson: —che, Holandés. Hoy dormí con tu bicicleta, no sea cosa que mañana cuando te despiertes le falte una parte jajaja.

    Holandés: —jaja yo tengo que seguir pedaleando, ¡por qué no le das tu bicicleta que vos ya terminaste!

    Silencio en la sala.
    Todos se quedan pensando.
    ¡EUREKA! A desarmar la bici de Nelson.

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    Nelson gira la multitool asegurándose de que todos los tornillos queden en su lugar mientras la palanca empieza a reconocer su nuevo cuerpo. Andrés se sube, da una vuelta manzana y nos da el visto bueno a todos. Tener este problema solucionado en un pueblo donde la bicicletería más cerca está a 234 kilómetros es todo un logro. Ahora sí estamos listos para empezar a rodar por la ruta escénica de la Patagonia chilena: la Carretera Austral.

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    Los primeros kilómetros son una sucesión de momentos en estéreo:

    subidas de ripio cortas pero intensas
    árboles y plantas de cuatro verdes diferentes
    hojas del tamaño de orejas de elefantes
    puentes colgantes con tirantes de metal
    ríos sin nombre
    ríos con nombre
    una curva larguísima con un lago que tiene el mismo sonido que el mar
    mosquitos grandes como moscas
    montañas con glaciares colgantes
    piedras gigantes derrumbadas
    colibríes que hacen con sus alas el mismo sonido que un flipbook
    flores rojas, amarillas y blancas en la banquina
    cinco cascadas en una misma montaña
    cascadas que salpican y pasan por debajo de la ruta
    pajaritos panzones y curiosos que se acercan sin miedo
    cortes abruptos en paredes de piedra y líneas que atestiguan el paso de los glaciares que ya no existen
    subidas de ripio eternas con caída libre a la mismísima nube
    viento que hace bailar a los árboles
    y muchísima lluvia

    La Vida de Viaje - Carretera Austral

    La Vida de Viaje - Carretera Austral

    Buscamos un refugio para protegernos de la cortina de agua que cae sin piedad sobre nosotros, cuando decidimos abortar la misión. Nos dijeron que está cerca del kilómetro 50, pero ya vamos 53 y nada. Estamos cansados y la ropa impermeable nos pesa, queremos sacar la carpa y armarla en cualquier lugar cuando vemos un arbolada a menos de un kilómetro. Si ahí llega a estar el refugio nos quedamos, y si no, también. Pedaleamos ya sin fuerzas y con el humor en su punto de ebullición, cuando nos damos cuenta de que no hay ningún refugio pero sí un puesto. Mientras los perros ladran nuestros pasos se asoma por la ventana un hombre con boina negra y camisa marrón que nos hace señas para entrar. “El refugio está a un kilómetro sí, pero no debe de quedar leña seca, pueden pasar la noche acá”.

    Entramos al puesto, está calentito. Colgamos la ropa en unos palos de madera que están por encima de la cocina económica mientras silba una de las tres pavas. “Yo sé lo que es pasar frío, a veces voy pa’ la montaña y paso días empapao”, nos cuenta Don Beta, el gaucho que cuida estas 40 hectáreas y las 150 vacas que están pastando a la redonda. Pierdo la cuenta de la cantidad de mates que nos tomamos mientras charlamos sobre su trabajo en el campo, los cicloturistas que ve pasar por la ventana en verano, sus días como cocinero, guardaparque y puestero; las “señoras” que hacen muchas cosas a la vez y que por eso se les pasan las tortas fritas, las internas con su socio, la radio que nunca enciende para no dar noticias de dónde está ni qué está haciendo, los sonidos para llamar a su caballo y a sus perros cuando sale a arrear vacas, cómo un puestero debe hacerse valer y no sé cuántos temas más hasta que nos sirve un té y un plato de carne tierna con cebollita picada. Nos da su habitación para que descansemos y él se queda sentado en la silla desde donde nos contó la historia de su vida.

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    Nos despertamos y sigue lloviendo, no paró en toda la noche. Parece que la nube está estacionada arriba del puesto de Beta sin querer moverse. A las 9 de la mañana y con mate en mano limpia la mesa, agarra la harina, unos huevos y con las manos empieza a preparar la masa para unas tortas fritas. La deja leudar y una vez lista la estira con su palo de amasar improvisado —una botella de ron añejo—, la corta a ojo tirando diagonales con una simetría casi matemática y sumerge cada torta en una olla. “Yo no las hago con aceite porque se te pegan los dedos, las señoras las hacen así pero quedan más sequitas con grasa de vaca”. Al rato están listas y no podemos resistirnos a la tentación de probarlas calentitas mientras conversamos sobre la tradición del mate en Chile. Con Beta dan ganas de quedarse charlando, pero al mediodía acomodamos el equipo, guardamos diez tortas fritas en una bolsa y nos despedimos del primer personaje de este viaje.

    La Vida de Viaje - Carretera Austral

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    Los próximos 50 kilómetros caminamos y pedaleamos por igual, nuestro estado físico no está en su mejor momento. Las subidas son largas y empinadísimas y las pupilas aprovechan el paso lento para colgarse de las alas de los cóndores, del sonido de las cascadas y de los glaciares colgantes. Subimos no sé cuántos metros hasta que la lluvia empieza a apurar nuestros pasos. Cuando se larga el diluvio, decidimos frenar al costado de la ruta e improvisar un techo con el cubre de la carpa y los bastones de trekking. Tomamos un té caliente, comemos unos panes con miel y las tortas fritas de Beta y al rato, cuando para un poco, volvemos a andar. Le pido al cielo que pare de llover, pero no me escucha.

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    Al kilómetro 45 el GPS marca que faltan más kilómetros de los pensados para llegar a Puerto Bravo, desde donde sale la balsa para cruzar a Puerto Yungay, y hacemos el último esfuerzo del día con el estímulo de saber que la noche nos espera en un refugio. Después de más curvas, más subidas y más lluvia, llegamos. Un cicloviajero abre la puerta y nos saluda en inglés mientras apoya su ropa mojada sobre su bicicleta. Su novia está adentro, sentada en un banco y con la bolsa de dormir como acolchado. Mientras nos cambiamos y armamos un tender con unos sunchos, el chico agarra su guitarra y empieza a tocar unos acordes. Quien iba a pensar que íbamos a terminar el día con un acústico en primera fila.

    Al otro día nos levantamos temprano y mientras guardamos el equipo llega un micro con turistas que nos miran y nos sacan fotos como si fuésemos piezas de un museo. Llega la barcaza y empieza a chispear. La lluvia en estos pocos días fue tan intensa que Andrés y yo necesitamos un respiro. Ni bien llegamos a Puerto Yungay, el cielo esta vez parece que sí escucho nuestras plegarias porque no solo salió el sol sino que además hace calor. Los primeros diez kilómetros son en subida y siendo el tercer día de pedaleo consecutivo, las piernas responden con diferencia horaria. Caminamos más de lo que pedaleamos, alcanzamos el punto más alto y empezamos a bajar hasta la ruta que llega a Caleta Tortel.

    Durante estos kilómetros tobogán nos terminamos de enamorar de la Carretera Austral. Hay una frase de Darwin que dice: “todo en este continente austral ha sido calculado a gran escala” y eso es exactamente lo que pasa acá: todo es exagerado, la tierra salvaje, las montañas escarpadas, el agua rebalsa y se filtra como ríos buscando el océano. De este tramo no sacamos ni una foto: hubiese sido como poner en pausa el final de una película que te atrapó durante toda la trama o frenar una montaña rusa en un rulo lleno de adrenalina. En la cabeza nos quedaron grabados:

    los árboles altos como rascacielos
    la velocidad en las curvas
    las rocas y sus cascadas escondidas a la izquierda
    el precipicio con troncos color ceniza a la derecha
    la ruta que serpentea y dibuja una S perfecta
    mi cara de “pedalear esta ruta fue una de las mejores decisiones de mi vida”
    la cara de Andrés de “quiero volver a subir para volver a bajar”
    nuestros ojos brillosos
    nuestra sonrisa de alegría

    Los 20 kilómetros que siguen nos hacen saltar: hay mucho serruchito y piedras grandes como cascotes. Algunos autos nos pasan tan rápido que nos envuelven de polvo. La última subida se nos hace interminable hasta que llegamos al estacionamiento de Caleta Tortel: acá se dejan los autos, las camionetas, las motos y hasta las bicicletas porque no hay cemento ni calles ni veredas ni plazas. Hay pasarelas de ciprés y pérgolas como puntos de encuentro con vista a los fiordos chilenos.

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    Los tres días dormimos en el camping Delta Baker y llegamos hasta donde muy pocos llegan: el último lugar habitable de Caleta Tortel

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    “En este pueblo parece que la gente se esconde. Mientras la lluvia retumba en los techos de madera, por las pasarelas no se asoma ni un ojo. Lo recorremos con la mirada: es una geografía en eterna construcción. Al ciprés ya no le crecen más ramas porque su descendencia fue hecha pueblo. El avioncito de madera que sobresale de un techo, la cocina económica que se oxida en el muelle, el perro que olfatea el mallín, las chimeneas que forman nubes y las pérgolas que miran a los fiordos. Todo eso al mismo tiempo y en modo random. Los turistas salen a caminar por la tarde, los mercados aprovechan para ofrecer verduras, panes amasados, duchas de agua caliente y botellas de ron. Poquito a poco el sol le guiña el ojo a la luna y la noche se apaga. No hay luz artificial y hasta las estrellas se callan” (anotaciones en mi cuaderno de viaje, febrero 2017).

    La Vida de Viaje - Carretera Austral

    De este viaje nació una película: “1247: La Carretera Austral”. Para verla online, hacé click acá.

    Somos Jime Sánchez y Andrés Calla, amantes de la aventura y la vida al aire libre. En este refugio digital compartimos nuestro estilo de vida, relatos, fotos, info útil, consejos y muchísima inspiración.

    Comentarios

    • Rosa
      14 mayo, 2017

      Hermoso viaje! Lo anoto como uno para hacer!
      Rosa

      responder
    • Magali
      13 mayo, 2017

      Hermoso el viaje y el relato, la descripción de sus aventuras son fabulosas…las fotos maravillosas…te hacen vivir el momento como si fuera real….felicitaciones chicos….yo tb amo el cicloturismo…pero no puedo hacerlo por mi trabajo…leerlos a ustedes me hace soñar…felicitacionesss….sigan asi!!!

      responder
    • Ariel
      11 mayo, 2017

      Felicitaciones por sus viajes,por las fotos y por la manera de relatarlos,ustedes me inspiraron para realizar un viaje este Agosto que viene desde Salta a Tucuman por la cuesta del obispo,va a ser mi primer viaje y prueba piloto,abrazo grande y buenas rutas

      responder
    • David Ribas
      11 mayo, 2017

      lindas frases llenas de emociones e historias, que me hacen recordar mi viaje por la ruta austral, sin duda una de las rutas mas lindas del mundo.
      Mucha suerte en vuestra aventura y mucha fuerza al pedal.

      responder
    • Adrian
      11 mayo, 2017

      Que bueno chicos lo que hace…impresionante. Yo practico montain bike pero no a ese nivel, los felicito por lo que hacen, inspiran felicidad, libertad y vida sana.
      Abrazo grande y felicitaciones por las fotos

      responder
    • Adrian
      11 mayo, 2017

      Que bueno chicos lo que hace…impresionante. Yo practico montain bike pero no a ese nivel, los felicito por lo que hacen, inspiran felicidad, libertad y vida sana.
      Abrazo grande y felicitaciones por las fotos

      responder
    • Maxi
      5 mayo, 2017

      Excelente historia! No solo las geniales fotografías también en el relato veo cada pedaleada y cada sensación. Genial la solidaridad de las personas con quienes se cruzan como Don Beta, algo que en Argentina sucede más en las zonas alejadas de la urbe.
      A seguir pedaleando!! Muchos éxitos!!

      responder
    • Nadia
      29 abril, 2017

      Qué placer poder leerlos y viajar con sus imágenes. Gracias chicos y buenas rutas siempre!
      Besos miles.

      responder
    • Lucas
      29 abril, 2017

      La verdad que después de leer todo esto dan ganas de irse por aquellos lados!!

      Muy buenas fotos!

      Saludos!!

      responder
    • Jorge Bardiz
      28 abril, 2017

      Que bueno lo de Ustedes…!!! Excelentes las fotos y buenísmos los textos ! Una hermosa forma de trasmitir las vivencias tan lindas que experimentan.
      Nosotros somos de Bell Ville (Cba.) conformamos un grupo de amantes del cicloturismo y estamos viendo la posibliidad de hacer la Carretera Austral en el verano. Ahora estamos tratando de recopilar información, para seguir soñando. Por eso nos resulta tan valioso – como así, bello – el relato de Uds. Un abrazo.

      responder
    • Juan Cruz y Anto
      28 abril, 2017

      Es muy agradable poder leer los relatos y las descripciones de lo que les genera esos lugares tan hermosos. Voy a ver cuanto llevaria hacerla en bici (aproximadamente) a ver si nos animamos con mi pareja para hacerlo y conocer mas sobre 2 ruedas :D.
      Les mando un saludo!!! y buena vida.

      responder
    • luis
      28 abril, 2017

      Hola !!! Me encanto tu relato .conozco la carretera austral la e recorrido en auto pero estoy planeando hacerla en bici desde chaiten para abajo .les dejo un abrazo grande y buenas rutas!!!!

      responder
    • María Luisa y Patricio
      27 abril, 2017

      Valiosa y increíble experiencia! Felicitaciones!! Lo haremos, pero en auto… Gracias

      responder
    • Diego
      26 abril, 2017

      Me encanta lo que asen son pocos los que se animan en emprender un viaje tan largo. Soy de la provincia de misiones mis cordiales saludos y suerte en los viajes.

      responder
    • Adriana
      26 abril, 2017

      Me encanto! Leerlos es un placer

      responder

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