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    DIARIO FOTOGRÁFICO: TIERRA DEL FUEGO EN BICICLETA (1)

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    “En un limbo, porque el tiempo no existe. En el aire, porque el cuerpo se vuelve ingrávido. En presente, porque desaparecen los márgenes. Por eso los viajes al aire libre, por eso el sol en la cara, por eso la naturaleza y sus mil sonidos”.


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    18 de enero, 13:20 hs.

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    No sé por dónde empezar a contar este viaje. Si desde el sendero que va pegadito a la costa del canal Beagle y desde donde vimos la respiración de una ballena, o si desde el bosque de orquídeas amarillas, calafates y ñires donde quise tener más de una nariz para respirar todos los perfumes del aire. O si empezar por el cóndor que sobrevoló sobre los acantilados escoltado por una gaviota cocinera, o si desde mi sonrisa camuflada entre el buff y la campera impermeable por estar pedaleando tan cerca del mar por un sendero que se pierde entre los pastos altos del fin del mundo. O arrancar por la cena de avena y sopa de verduras a las 9 de la tarde (como dicen los fueguinos) sobre una piedra con vista a Chile, Ushuaia y la isla con el faro Les Éclaireurs titilando como una luciérnaga. O si desde el vadeo de los cinco ríos que tuvimos que pasar, o si desde el arcoíris sobre el horizonte de olas y viento que nos hizo frenar de golpe, sin aviso.

    No sé por dónde empezar a contar este viaje por la isla de Tierra del Fuego, pero seguro ese comienzo tendría un poquito de todo esto.

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    15:24 hs.

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    En el 2013 pisamos por primera vez Tierra del Fuego. En ese entonces no podíamos pensar en otra cosa que en los 6 mil y pico de kilómetros que queríamos recorrer por la Ruta 40 en bicicleta. Éramos una bola de nervios: estábamos por empezar nuestro primer viaje largo. Después la relajamos, el viaje fluyó y le dimos al asfalto largo y tendido, pero de Tierra del Fuego solo conocimos lo que la Ruta 3 te sirve en bandeja: el paso Garibaldi y el lago Escondido, Tolhuin y sus medialunas, Río Grande y su cachetada de viento. Hoy nos sentamos a ver los mapas de otra manera. Hoy elegimos los caminos de tierra aunque sean más complejos y a veces más largos, nos olvidamos del sacudón de los camiones para estar pendientes de las mariposas, el barro, los pozos, las raíces de los árboles y los sonidos del viento; acampamos en la soledad absoluta y disfrutamos de eso, sin miedos. Entrando al mismísimo corazón del bosque, la isla de la fantasía nos da la bienvenida, otra vez.


    19 de enero, 11:34 hs.

    Hace unos días una chica me preguntó por qué elegía viajar en bicicleta. Y creo que estas fotos resumen todos mis motivos: conecto con mi cuerpo, con mi respiración, con la fuerza que muchas veces olvido que tengo. Casi siempre entro en un estado meditativo de contemplación y gratitud absolutas. Otras veces me encantaría ir más despacio de lo que voy porque siento que no llego a absorber todo lo que pasa alrededor mío y freno, freno mil veces. En esta tarde de verano atípica en Tierra del Fuego, el canal Beagle estaba en su punto dulce y yo estaba pendiente del sendero de tierra, de las raíces y de las plantas de calafates. En ese ratito en el que observo dónde estoy y lo que estoy haciendo es que entiendo que viajar en bicicleta es mucho más de lo que parece que es.

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    21:06 hs.

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    No te mentiría si te dijera que este día fue perfecto, por más que ese adjetivo siempre me haga ruido. Es que el bosque de ñires, el mar plateado y sereno, el viento mudo, el calorcito de un día atípico, la respiración agitada en las subidas y los latidos en las bajadas, la cena en silencio sobre una piedra en el medio de un sendero en el medio de la nada. Donde veíamos a los barcos navegando hacia la Antártida, y a Ushuaia encendiendo sus luces de a poco. Donde el bosque y los pájaros de panza amarilla eran los únicos que sabían que íbamos a pasar una noche ahí.

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    20 de enero, 14:04 hs.

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    Al sacar la foto todo eso ya estaba ahí. Quizá no me di cuenta en ese momento porque mi ojo se dejó llevar por las curvas de la costa del Canal Beagle. A lo lejos la ciudad de Ushuaia, atrás el bosque que caminamos durante dos días y al frente, en toda la playa, la ciudad otra vez. Basura, basura por todos lados. Me enojo con lo que somos, me enojo con el mundo que inventamos, me enojo conmigo y me enojo también con vos. ¿Por qué? Porque por más que intentemos hacer las cosas bien, todo lo que consumimos y alguna vez tiramos, aunque ya no lo veamos, en este momento está enterrado o flotando donde no debería estar.


    15:02 hs.

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    Cada vez que estoy cerca del mar me acuerdo de lo mucho que me gusta el mar. De lo que esperaba las vacaciones cuando era chica para correr descalza en la arena y barrenar las olas con mis primos en Gesell, de las tardes sin reloj en Floripa cuando estar en la playa era el plan de todo el día, todos los días; y de mi hiperactividad en Cancún cuando me enteré que en el hotel donde parábamos había una colonia de juegos en la playa (y mis viejos felices de que su hija culo inquieto esté entretenida casi 24 horas). El mar, hasta hace poco, era mi único motivo para viajar a otras latitudes.

    Y el sur, y el sombrerito de lana y la bufanda, y los pies que se te congelan con el agua helada, no.. “ese no es el mar que me gusta”, me decía. Pero después de este viaje y de este momento donde mi cuerpo se puso en “actitud playa” sobre una piedra en el medio del bosque, con mi campera de pluma, zapatillas waterproof embarradas y montañas con nieves eternas, declaré mi amor incondicional por el mar del fin del mundo. “Miren cómo es el mar acá”, les dije a mis viejos en un mensajito. “Acá también hay que venir”.

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    19:27 hs.

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    En la isla pareciera que el cielo azul es un mito. Las nubes siempre texturizan el paisaje, son color perla y pomposas, y hasta me animaría a decir que son rebeldes con causa porque el viento las sacude como quiere. ¿Pero qué sería del fin del mundo si no tuviera este techo de algodón que se confunde con la nieve de las montañas altas y que hace brillar a los verdes y ocres de la tierra? ¿Que nos hace ver al mar turquesa como piedra preciosa, gris como pluma de Cauquén hembra y plateado como la luna? Pedaleo como si quisiese llegar a ese cielo con mis alas-pies y me retiro del mundo por un rato. Me siento presente y ausente. Esta postal, hoy, es todo lo que tengo que vivir.


    19:34 hs.

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    Todo en este viaje es onírico, surreal y exagerado. Pero en el buen sentido de estas palabras porque las flores amarillas abundan por todas partes y el viento marino que sopla y los árboles que dibujan el camino con sus hojas de otoño y primavera. Ningún sendero se parece al anterior ni al siguiente, son como piezas de un rompecabezas gigante, y cuando los kilómetros se hacen costumbre, el escenario cambia para que no perdamos la sorpresa y para que no nos olvidemos de que estamos descubriendo la isla de la fantasía.


    21 de enero, 09:17 hs.

    A: ¿Vamos hasta Moat? Desde acá son 65 kilómetros.

    J: Vamos, pero ¿qué hay ahí?

    A: ¿Qué hay? El final del camino. Serían tres días, vamos y volvemos por el mismo camino, y seguimos.

    J: ¿O sea que tu idea es hacer 130 kilómetros solo para llegar hasta el final del camino?

    A: Sí. Después de ahí ya no se puede pedalear más, es lo más lejos que podemos llegar y lo más cerca de Península Mitre que podemos estar.

    J: Bueno, vamos.

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    23 de enero, 10:05 hs.

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    Nos alejamos de la ruta para acampar en el bosque. La noche estuvo bastante fresca y las nubes llegaron para quedarse. Hoy no hay viento y eso simplifica las cosas. La idea es llegar hasta las cabañas abandonadas del lago Escondido cruzando el Paso Garibaldi. Es un poco tarde y eso nos juega en contra, pero en Tierra del Fuego los días son muy largos en verano y eso es un punto a favor. Hasta las diez y algo de la noche (¿de la noche?) hay luz, así que nos podemos quedar un ratito más en las bolsas de dormir.


    19:12 hs.  Cruce del Paso Garibaldi por el Camino Viejo

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    24 de enero, 10:05 hs.

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    Desde hace años que este complejo turístico en la costa del lago Escondido está abandonado. Hay un silencio absoluto, y en ese silencio, estamos nosotros. Teníamos el dato de esta anteúltima cabaña donde la autogestión ciclística de cientos de viajeros que pasaron por acá, hizo que aún tenga por lo menos puertas y ventanas. Nos quedamos dos días, pescamos, leímos, escribimos, dormimos y descansamos. Nos llenamos de ese silencio y al tercer día volvimos al movimiento.


    25 de enero, 12:10 hs.

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    Nos alejamos hasta de los mapas. Este camino no figura como “ruta”, pero existe y es hermoso. Cruzamos tranqueras, ríos y hasta puestos de estancias. Todo está vacío, nadie las habita. El lago Khami (Fagnano) permanece a nuestra izquierda. El viento viene del oeste y es a favor, pero trae una tormenta que en cualquier momento nos va alcanzar. Pedaleamos disfrutando, como nunca, esta soledad.

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    No sé si fue el lago Fagnano, el aire del sur más al sur de todos o el sendero que se abría y se perdía entre tierra, acantilados y bosque. No sé si fue el silencio del mar que quedó a mis espaldas o el eco de los ríos grabado en mis oídos. Lo que sí sé es que Tierra del Fuego deja un sello en el alma de cualquier viajero, deja esa mirada perdida en un horizonte que se quiere alcanzar, deja el mundo a tus pies con la certeza de que la libertad se puede sentir y tocar.

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    21:55 hs.

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    “Curiosidad. Curiosidad la nuestra por llegar hasta estos rinconcitos del sur y curiosidad la de este caballo por querer entender qué hacíamos nosotros en su bosque. Curiosidad. Todo se mueve por la curiosidad”.


    Continúa en: DIARIO FOTOGRÁFICO : TIERRA DEL FUEGO EN BICICLETA (2)

    Somos Jime Sánchez y Andrés Calla, amantes de la aventura y la vida al aire libre. En este refugio digital compartimos nuestro estilo de vida, relatos, fotos, info útil, consejos y muchísima inspiración.

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