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    Nahuel Huapi (2): el enemigo invisible

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    “Los pesimistas se quejan del viento, los optimistas esperan que cambie, los realistas ajustan las velas”. William Arthur Ward.

    Estamos solos en una isla, solos en una playa. De noche se escuchan aullidos, quizás de ciervos. Hace mucho frío y el lago está ciclotímico: de noche es una seda, de día las olas salpican su superficie.

    Estamos en la isla Victoria, en el corazón del Nahuel Huapi. A simple vista parece una isla pura y verde, pero su historia y presente dicen todo lo contrario: en 1903 llegó Aarón Anchorena, un aristócrata argentino, que deslumbrado por la belleza del lugar solicitó al Estado Nacional su usufructo. Al año siguiente, y ya instalado como arrendatario, construyó una vivienda, un astillero en el puerto, muelles, abrió senderos destruyendo la vegetación nativa y limpió sectores del bosque para sembrar especies exóticas. Además impulsó la explotación ganadera y maderera y después de una década, devolvió las tierras al Estado.

    Desde ese momento pasaron 15 años de permisionarios que aumentaron el número de cabezas de ganado, de talas y de incendios, lo que produjo una reducción del 50% del bosque andino-patagónico que cubría la isla. En 1924 se creó un vivero nacional (ubicado en el centro de la isla) con la intención de reforestarla con especies nativas y exóticas de todo el mundo. Sin embargo, “las de afuera” (el pino oregón, el pino ponderosa, el arce y la retama) empezaron a desplazar a las nativas. Hoy esto es un problema que las autoridades del Parque Nacional Nahuel Huapi están intentando resolver.

    Más allá de la historia tan injusta que le tocó, es la isla más importante del lago. Y porque el clima así lo quiere, nos quedamos tres días en la playa Piedras Blancas. El primer día disfrutamos de estar con los pies sobre la tierra. El segundo no sabemos si salir o no salir, porque los corderitos que están llegando del este vienen jugando una carrera con una ráfaga de 40 km/h. Al final decidimos no salir, pero aprovechamos que los kayaks están vacíos para entrenarnos un poco en esta materia que nos estamos llevando a marzo: remar con olas de costado.

    Mientras nos equipamos llega un velero. Se bajan cinco hombres de unos 50 años y mientras amarran su embarcación, nos miran. Bajamos los kayaks a la costa, ellos bajan una heladerita. Nos ajustamos los chalecos, ellos ajustan sus mandíbulas para un asado. Agarramos los remos y ellos agarran velocidad como tropilla de caballos.

    — ¡Chicos! ¡No salgan con este viento, eh!

    — Nonono, gracias. Solo vamos a jugar un poco con los kayaks adentro de la bahía.

    — Ah, menos mal. Estábamos preocupados. Este lago es muy traidor.

    “Este lago es muy traidor”. Es la segunda vez que escuchamos esa frase. La primera vez que la oímos fue durante una cena en Dina Huapi donde nos intentaban convencer de que el Nahuel no es moco de pavo. Que no nos confiemos nunca de su calma porque casi siempre le precede una tempestad. Y mientras las olas se van poniendo más bravas, los hombres del velero afilan sus cuchillos sin mayores preocupaciones que esa. Y nosotros nos metemos al agua a jugar, cerca de la orilla.

    Piedras Blancas es un paraíso. Y como en todo paraíso natural, no hay señal de celular. Pero uno de los hombres cincuentones nos avisa que tenemos que caminar hasta la cima de la piedra blanca que está en uno de los extremos de la bahía para poder dar señales de vida. Lo bautizamos como “el locutorio”, o el lugar donde mandamos mensajes, llamamos a Prefectura y cargamos los paneles solares cuando la luz del sol solo ilumina los puntos altos de la isla.

    La Vida de Viaje-Nahuel Huapi 2-4La Vida de Viaje-Nahuel Huapi 2-7

    De noche y mientras cenamos té con chocolate, nueces y almendras, reflexionamos sobre las sensaciones del viajar en kayak. Si hasta hace unas semanas pensábamos que con la bicicleta eran primos, nos equivocamos. Sí, los dos avanzan a paso de hombre, pero en el kayak lo extremo es extremo en serio.

    — Debe ser similar a lo que siente un escalador cuando está enfrente de una montaña: la estudia, la analiza, la respeta y la admira. Seguro le tiene miedo, pero lo quiere superar. Quiere superarse a él mismo.

    Me quedo pensando en lo que dice Andrés y quizás es cierto. Pero hay algo que nos estamos olvidando y que marca el ritmo de todas nuestras travesías y viajes. Estamos dejando de lado al verdadero enemigo de toda esta trama. Es un enemigo invisible que nos hace luchar y que nos desafía, minuto a minuto, día tras día. Ese enemigo es el viento, ese busca rabia del cual no nos libramos ni en la tierra ni en el agua. Es él quien termina decidiendo nuestro destino.

    El tercer día en la isla salimos de paseo. Atravesamos el bosque para llegar al antiguo vivero, bordeamos el lago y llegamos a playa del Toro, una playa de arena con pinturas rupestres que atestiguan el paso de los pueblos originarios por este territorio insular. Tomamos mate en el muelle y volvemos a Piedras Blancas pensando que mañana hay que levantarse bien temprano para poder salir de la isla de una buena vez.

    La alarma del celular suena a las 7 de la mañana. Decidimos desayunar solo una manzana para cruzar el lago lo antes posible. Hay corderos en el este pero son bajitos, indefensos. Mientras remamos, le ruego al dios del agua que nos deje llegar tranquilos, le suplico que no se vuelva a repetir lo de Dina Huapi. Y Andrés, sin siquiera preguntarme, saca el remolcador y lo engancha en la proa de mi kayak para avanzar juntos lo más cerca posible.

    Después de una hora de remar y ya en tierra, el lago se arremolina, se pica, se llena de corderos. Siento que me está por bajar la presión. No sé si por el cagazo de las últimas olas o porque me falta un desayuno en el estómago. Mientras Andrés prepara avena con nueces y almendras, respiro profundo y le agradezco a la Madre Tierra el aventón.

    Entramos en el brazo Huemul y como las ráfagas son del este acá el lago ni se mueve. Lo navegamos tranquilos, con la atención puesta en el paisaje y no en las olas-zamba. A este brazo lo rodea la mítica 40, esa ruta vertebral que une al país de punta a punta y que conocemos a pedal.

    Si alguien nos hubiese preguntado si imaginábamos verla desde el agua alguna vez, le hubiésemos respondido seguramente que no, que en nuestros planes solo existía la posibilidad de viajar en bicicleta y nada más. Hoy sabemos que las cosas pueden cambiar como la dirección del viento. Y quizás esa sea la gran lección del enemigo invisible: él es tan incierto como nosotros.

    Amanecemos cerca de la 40, preparamos el equipo y salimos. Pero el viento parece que nos está tomando el pelo: esperó vernos en el agua para empezar a soplar. Y lo peor de todo es que lo tenemos en contra.

    La proa sube en cámara lenta y cae rápido y con fuerza. La proa tiene que cortar la ola, si no, estamos jodidos. El agua nos empapa la cara. El ventilador cada vez sopla más y más fuerte y no queda otra que alejarnos de la costa porque la ola de ese lado pega de costado. Otra vez la adrenalina en la primera plana de nuestro diario de viaje.

    Cruzamos islas, pasamos cerca de casas tan grandes que me pregunto si en este punto de la Patagonia todas las familias son numerosas o sus dueños compiten entre sí para ver quién tiene la casa más grande, con más cuartos y mejor vista. Mis pensamientos tan superficiales se ven interrumpidos por una lacha. Una lancha que sale de Bahía Manzano y en dirección nuestra.

    Me empieza a latir el corazón como si estuviese caminando en la avenida 9 de Julio con un camión a punto de atropellarme. Le quiero hacer señas con el remo pero el viento no me permite dejar de remar. Y el estúpido timonel espera a tenernos a un metro de distancia para abrirse y desviarse.

    Ese estúpido timonel casi me mata de un paro cardíaco. Lo maldigo a los gritos y se me queda mirando. Ojalá haya escuchado algo de todo lo que le dije. Especialmente la parte de sus músculos marcados y la lancha de papá.

    Todo vuelve a la normalidad cuando llegamos a bahía Mansa. Como acá no hay campings tenemos que cruzar 100 metros a pie desde bahía Mansa a bahía Brava, porteando los kayaks. Los kayaks cargados son tan pesados que le digo a Andrés: che, ¿y si les digo a esos chicos que nos ayuden? Pero Andrés me responde que no los molestemos, que llevamos uno, descansamos, llevamos el otro y listo.

    Al minuto siguiente esos mismos chicos se acercan y nos dicen:

    — Disculpen chicos, una pregunta… ¿ustedes son Jime y Andrés?

    —¡Hola! ¡Sí!

    — ¿Del blog La Vida en Viaje? (no sabemos por qué pero muchos le cambian la preposición al nombre del blog)

    — ¡Sí! La Vida de Viaje.

    — ¡Yo los sigo! ¡Qué bueno verlos acá!

    Y entre charla y charla, aparecen más amigos. Todos con sus cascos y el pulso acelerado después de haber hecho el bosque de arrayanes en bici. Charlamos un rato y los seis nos ayudan a cargar los botes. Gracias, gracias, gracias. Soy feliz.

    La Vida de Viaje-Nahuel Huapi 2-38

    Paramos en un camping por tres días. Y si no nos queremos ir es por la ducha de agua caliente. Ese chorro que nos usa de blanco perfecto. Esa lluvia que nos recuerda que no todo es agua fría, que también existe el agua caliente. Somos los únicos en el camping y nos damos el lujo de darnos una ducha de más de 10 minutos. Sepan entender: es una necesidad. Cambia la temperatura corporal, cambian las ideas. Nos urge sacarnos el olor a neoprene que en este viaje se convirtió en nuestra segunda capa de piel.

    Al otro día salimos a darle la vuelta a la península de Quetrihué en kayak. Ahí se esconde un tesoro: el bosque de arrayanes, algunos con más de 650 años de edad. Se trata de una especie nativa característica del bosque andino-patagónico cuyo tronco es frío y color canela. El vocablo “quetrihué” significa en idioma mapuche “donde hay arrayán”.

    Son 12 km de ida sobre la margen oeste y 12 de regreso por el este. Paredones muchos, playas para parar pocas. El frío del bosque, los chucao cantando (esos pajaritos tan chiquitos que vuelan en el sur), el viento ausente. Después de los días agitados que tuvimos, esto se vuelve un paseo.

    La Vida de Viaje-Nahuel Huapi 2-41
    Llegamos al muelle de ingreso al Parque Nacional Los Arrayanes. Estacionamos los kayaks, sacamos del tambucho una lata de atún, pan y mayonesa y nos sentamos en un banco de madera que está sobre la costa.

    — Disculpen chicos, una pregunta… ¿ustedes son Jime y Andrés de La Vida en… La Vida de Viaje?

    — ¡Hola! ¡Sí!

    — Quiero que sepan que por su culpa estoy acá.

    Los tres largamos una carcajada. Saludamos a Facundo y nos cuenta que está viajando desde Bariloche hasta San Martín de los Andes por primera vez en bicicleta y que hoy salió a pedalear el bosque de arrayanes. Nos sentamos, almorzamos y damos una vuelta por las pasarelas que conectan el bosque. Nos despedimos, volvemos a los kayaks para regresar al camping y en bahía Brava nos volvemos a encontrar con Facundo para tomar unos mates. Vemos que unos chicos se acercan:

    — Disculpen chicos, una pregunta… ¿ustedes son Jime y Andrés de La Vida de Viaje?

    — ¡Hola! ¡Sí!

    — ¡Los seguimos por el blog! Nosotros también viajamos pero en camioneta.

    Así conocemos a Guillermina y Gonzalo del blog Vuelta por el Universo. Ellos están cumpliendo su sueño de viajar en La Fugitiva, una trafic modelo 94. Charlamos, tomamos mates, nos despedimos y volvemos al camping sabiendo lo que nos espera: la sagrada e incomparable ducha de agua caliente.

    Los próximos dos días son libres. Libres de kayak, libres para comer algo más que fideos, libres para dormir siesta. Llueve. Y cuando llueve el lago es una seda. Llueve a cántaros, menos mal que no salimos. A la mañana siguiente, y después de patalear porque andá a saber cuándo volvemos a disfrutar de una buena ducha de agua caliente, salimos en dirección a la isla Fray Menéndez que está justo enfrente del camping. La rodeamos y hago una anotación mental: no todo es lo que parece. Porque la cara este de la isla es verde, tupida y repleta de árboles. Pero la cara oeste de esta misma isla es gris, agrietada y llena de paredones. La conclusión: la erosión del viento y del agua siempre es mayor en el oeste. De ese lado el enemigo invisible se hace visible.

    Es el día 12 de la travesía y el fondo del lago nos sigue sorprendiendo con su transparencia. También siguen apareciendo islas: esta vez dos gemelas y redondas. Entramos en el brazo Última Esperanza y nos preguntamos por qué habrá sido bautizado con ese nombre.

    El bosque acá no es verde: es verdísimo. Es que el 4 de junio de 2011 el cielo de Villa La Angostura se tapó y la ceniza del volcán chileno Puyehue lo cubrió todo: las rutas, los lagos, las casas y los senderos. Esa arenilla gris e invasiva parecía el fin del mundo. Sin embargo desde ese día todo cambió. El pueblo se unió y en tiempo récord se recuperó. La naturaleza tomó la ceniza como abono y Villa La Angostura volvió a ser “el jardín de la Patagonia”.

    Las playas en Última Esperanza están cubiertas de ceniza. Y cuando entramos en el brazo de al lado, el Rincón, remamos rodeados de piedras pómez del tamaño de carozos de aceitunas. Los remos parecen maracas: hacen tanto ruido que creemos que en cualquier momento se van a romper. Al agua la sentimos más densa, más espesa. Después recorremos el brazo Machete y de ahora en adelante solo nos queda volver. Empezaremos a recorrer la margen oeste del lago, la menos intervenida por el hombre. Y entraremos en sus brazos más largos y complejos: el Blest y el Tristeza.

    Dicen que siempre hay que dejar lo mejor para el final.

    Somos Jime Sánchez y Andrés Calla, amantes de la aventura y la vida al aire libre. En este refugio digital compartimos nuestro estilo de vida, relatos, fotos, info útil, consejos y muchísima inspiración.

    Comentarios

    • alejandra
      10 agosto, 2020

      Hola! me enccanta su blog!!! los felicito!. Estamos queriendo mi novio y yo ir al sur cuando todo vuelva a la normalidad (esperemos que pronto) … mi consulta es si llevandome mi kayak inflable (Intex Explorer K2 ) podemos pasear por algunos lagos tranquilos o si necesitamos un permiso especial o tramitar alguna documentacion. En su blog ustedes consultan con gendarmeria… en caso de pasear por los 7 lagos tambien deberiamos dar aviso? como es? hay algun permiso? gracias!!!!!

      responder
    • Horacio Javier Abentin
      26 abril, 2018

      Verdaderamente increíble,me encanta,espero poder contactarlos.

      responder
    • pablo
      17 diciembre, 2016

      maravillado y orgullosos de pertenercer a este rincon de la Patagonia Pablo de Bariloche

      responder
    • Nelson
      15 agosto, 2016

      Chicos! Admiro la vida de viaje! Vivo en Calamuchita, me encanta navegar en Kayak, sentí la adrenalina que transmitieron por el Nahuel.
      Lo del mate, hagan el esfuerzo de llevar uno verdadero…. ja, ja, un sueño cómo cuentan sus viajes!!! Gracias

      responder
    • Vicky Campana
      26 junio, 2016

      Increíble chicos! Con sus relatos me teletransporto a esos lugares hermosos que visite en estos últimos años, y algunos también en kayak!
      Las fotos sin palabras!!!!!

      Gracias por compartir!

      responder
    • Mariano
      22 junio, 2016

      Muy bueno el blog! Les pregunto: Quién es el autor del libro “El mejor trabajo del mundo” que están leyendo dentro la carpa. Gracias. Saludos.

      responder
    • Marcelo Guerrero
      20 junio, 2016

      Yo los quiero un montonazo, son mis ídolos cicloviajeros, les leo cada post y me maravillo con cada aventura, pero… ¿cómo puede ser que tomen mate en un mate de plástico? ¿CÓMO?

      responder
    • Camu y Marian - Trayectorias en Viaje
      18 junio, 2016

      Es el enemigo invisible para ustedes que les gusta hacer esas locuras. Para los que viajamos de otra manera el viento es que que mueve los árboles y genera un sonido ideal para dormir siesta. 🙂 Gran crónica, como siempre.
      (A nosotros también nos cambian la preposión “de” por “en” aunque casi no nos reconoce nadie)

      responder
    • Gustavo De Luca
      15 junio, 2016

      Hola chicos…ya me siento un pendejo interactuando de esta forma. El relato se siente en serio…(si dejo de remar para rascarme la oreja cuando hay viento…al agua!!!!). Pregunta de observador, yo tengo un viejo termo Thermos que lo “pinché” al calentar agua con un calentador eléctrico y ahora me acompaña un Waterdog un poco abollado pero sirve. Veo que usan un Stanley (antes no habia…) les aguanta 24 hs. de conservación?… Excelente relato, los felicito y abrazos x 2!!!!!! Chauzónazo.

      responder
        • Gustavo De Luca
          17 junio, 2016

          Gracias por responder…saludos!!!! y hasta la próxima…

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