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PASIÓN A LA ITALIANA (O MIS DÍAS EN EMILIA ROMAGNA)

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EN BICI POR LA PROVINCIA DE BOLOGNA

Estoy en Italia, arriba de una bici y con 40 kilómetros de ruta por delante. Milena, la guía, me muestra el mapa del recorrido y con su dedo marca un círculo perfecto. “Los montes Apeninos son una zona inexplorada”, me dice, y cuando miro el horizonte lleno de curvas y montañas mi cuerpo me pide movimiento.

Pedaleo sintiéndome dentro de un videoclip: todo pasa al ritmo de una música que solo mis oídos escuchan. La percusión del viento, de las ramas golpeándose con otras ramas, la vibración de las hojas, el calor del sol en el pavimento. Trepamos una subida que mis piernas devoran y al rato frenamos en Fior di Latte, una fábrica donde se produce el Parmigiano Reggiano, el queso más famoso del mundo y de mayor historia en Italia.


Claro: me había olvidado que estoy en el paraíso de los que aman exageradamente comer. Que acá no importa con cuántos souvenirs te vas sino los kilos de felicidad que te llevás. Que Italia te come, que Italia y su “food valley”, que Italia y la pasta, que Italia y baba. Entro a la fábrica y el perfume a leche y queso me deja en trance. El queso es una de mis debilidades, al jamón lo pude dejar, al queso ni se me ocurre abandonarlo. Recorremos los pasillos y no veo “hombres trabajando” sino artesanos moldeando piezas únicas. Y percibo que acá no se habla solo de quesos, sino de una historia que se lleva en la sangre. Cuando se trabaja con tanto detalle, el paladar lo siente y se enamora al primer sabor.

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Ella es Marilisa, la Cheese Maker que mantuvo viva la tradición familiar

Volvemos a la bici y pasamos de senderos boscosos a pueblos donde las casas visten el paisaje. Un hombre con camisa a cuadros y aires apurados me saluda con un Ciao mientras sacude su mano en el aire. Una mujer gordita y con delantal blanco me mira con ojos dulces mientras riega sus flores rojas y me pregunto si esa dulzura la llevan consigo a todos sus quehaceres cotidianos.

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Subida, llano, subida, llano, subida, llano. Ese es el ritmo. Después de un rulo perfecto viene la segunda parada del día, justo al mediodía. Frenamos en Il Gaggiolino – Birrificio Artigianale (hasta suena mejor que Cervecería Artesanal, ¿no?) y me da la bienvenida una familia entera (padre, madre, hija e hijo). La fábrica es como un laboratorio de experimentos: todos los elementos están perfectamente ordenados, hay termómetros, barriles, bolsas de manta, heladeras, botellas y… freno en las botellas porque tienen pegadas etiquetas con figuras y nombres de mujer. Son tan sensuales y simpáticas que me intriga saber por qué las bautizaron como Josephine, Ophelia, Theresa, Elvirah, Charlotte y Mathilde. Me cuentan que las etiquetas fueron creadas por una artista local, que quisieron hacer algo diferente y que cada una tiene una personalidad particular: una es tímida y reservada, la otra irónica, está la bohemia, la amante de la libertad, la del alma inquieta y profunda y la que no le interesa cambiar por nada. Cada una está representada por un sabor. A mí dame a Josephine: es la más jugada de todas y la que te deja tambaleando el paladar.

CLASE DE PASTA (DEDICADA A ELLAS Y A MÍ)

La cocina no es lo mío, o eso es lo que me hicieron creer las mujeres de mi familia. Nada de platos elaborados (salvo alguna que otra excepción), vivan las tartas y la comida precongelada. Sin embargo me pasa algo muy curioso: no me gusta cocinar, pero AMO (sí, con mayúscula) comer.

Caminar por Bologna me abre el apetito, aunque confieso que creo estar un poco sugestionada por el destino y no porque de verdad tenga hambre. Bologna es el paraíso de la pasta fresca, uno de los orgullos de la región. Me hablan de Tortellini (generalmente acompañado de carne, mortadela y jamón), de Lasagna cocinada en el horno, de los famosos Ragú alla Bolognese, de los Tagliatelle y OH POR DIOS ESTOY POR DESFALLECER QUIERO COMERME TODO DESESPERACIÓN MODO ON.

Leo en el mapa: Le Sfogine. Hago foco en el iconito que acompaña el nombre: hay un tenedor. Camino una cuadra por la calle principal, doblo a la derecha, hago una L y llego a un local de cortinas blancas y aire caliente. Cuatro mujeres con pasta en mano me miran entrar y me saludan a los gritos. Sí: estoy en Italia. Las cuatro están vestidas con delantales blancos y cofias en la cabeza, la radio habla y no la entiendo y me quedo mirando los detalles de la cocina: fotos, dibujos, anotaciones, recetas y cucharas colgadas de la pared. Una de las mujeres me dice con orgullo: “quisimos recrear la cocina de casa, ¡y nos quedamos cortas de espacio! Así estamos y acá nos quedaremos: esta es nuestra calle y nuestra casa”. Mientras me cuentan que en septiembre cumplen 21 años, un hombre flaco vestido de traje y cara arrugada, entra al local y saluda a todas con un ¡Bongiorno! Es el Doctor Moruzzi, tiene 90 años y hace 10 que religiosamente se acerca al local, compra la pasta de la semana y se va.

“Los Tortellini son estos, los chiquitos. Los Tortelloni son los más grandes”, me cuentan. Las miro y disfruto ver la danza de sus dedos acompasando la masa con el relleno. “En Italia se come, ¡pero no a las apuradas!” y todas largan una carcajada. Rosa prueba el agua y se da cuenta que de tanto charlar, se olvidó de ponerle sal. Entonces tira el agua y empieza a cocinar todo de cero. Les pregunto si esto es para ellas una terapia y me dicen que sí porque no piensan en nada más que en lo que están haciendo. Y entiendo que las mujeres de mi familia no supieron que el verdadero desafío en la cocina es olvidarse del tiempo.

A Bologna se la conoce como “La gorda” (en italiano: La grassa)

NO SÉ DÓNDE ESTOY (O PERDERME POR LAS CALLES DE BOLOGNA)

Estoy acostumbrada a viajar por la naturaleza. A caminar por senderos, a dormir en silencio, a que el cielo sea todo para mí. Las ciudades, al principio, me abruman. Soy horrible orientándome, no entiendo los mapas y me pierdo fácil. Bologna me pareció tan gigante que en lugar de salir corriendo, me dije: salgamos a jugar. Y sí: me perdí, pero con la intención de perderme. La ciudad se me fue mostrando de a escenas, como quien mira una película sin saber lo que va a venir después.

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En la plaza veo a un hombre de traje con un ramo de flores en la mano, en la vereda a una rocker con más tatuajes que anillos, en un monumento encuentro a un japonés sentado con su laptop, en la biblioteca saludo a un sudafricano que eligió esta ciudad para vivir, en una esquina cruzo miradas con un mendigo, en otra aplaudo a un músico callejero y en la entrada de una iglesia le saco una foto a dos adolescentes dándose un beso a la italiana.

En Bologna solté los mapas y me dejé llevar por sus pórticos, por sus aromas a pizza y pasta, por sus gritos citadinos, por sus mercados en galería, por sus plazas, por sus torres, por sus bicis, por sus trenes, por sus avenidas repletas de gente, por sus callecitas vacías y silenciosas, por sus locales de arte escondidos. Y se mostró tal cual es, a cara lavada y sin maquillaje.

El día que salí a recorrer la ciudad pasaron dos cosas: el evento “All 4 the green” y el cierre de muchos edificios y monumentos por restauraciones. Si faltan fotos de lugares típicos, ya saben por qué es

LAS VIEJAS CIUDADES Y SU MAGIA: DOS DÍAS EN SAN MARINO

Me gustan las ciudades y los pueblos altos. Me gustan las ciudades viejas, las de los edificios antiguos, las de las paredes con memoria. Por eso amé Buzet en Croacia y por eso San Marino en Italia me dejó con la boca cerrada y los ojos abiertos: para llegar a la vieja ciudad hay que subirse a un teleférico que, literalmente, te hace retroceder varios casilleros en el tiempo.

San Marino es patrimonio de la UNESCO, tiene tres castillos, un Passo delle Streghe desde donde se llega a ver la costa del mar Adriático y montañas verdes, verdes y verdes. Dicen que es el lugar ideal para los natural-lovers y sí, tienen razón.

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La foto de la izquierda es la clásica postal de la vieja ciudad (claro que sin mis piecitos en modo: “no puedo creer donde estoy y lo que estoy viendo”). Esa torre que ves ahí protegía al corazón urbano de la ciudad y a los refugiados cristianos de las persecuciones romanas. Su fama de intraspasable redujo muchos de los ataques. Hay dos torres más, pero la primera es las más impresionante de todas. Su nombre: “Guaita”.

“Este es mi primer viaje sola. Sin amigos, sin familia, sin Andrés. Cuando pisé el aeropuerto me dije: “vamos juntas a ver qué pasa del otro lado del mundo”. Y me gustó pensar que estaba viajando de a dos: yo conmigo. Me disfruté, me reí, me relajé, me dejé llevar, sonreí, me emocioné, me sorprendí. Y si bien durante este atardecer en San Marino me hubiese encantando que Andrés estuviese conmigo (sobre todo porque sé cuánto le gustan las montañas así dibujadas), sentí que él estaba ahí a pesar de los miles de kilómetros que nos separan. Porque a veces no hace falta que estemos físicamente en el mismo espacio para conectar. Conectamos con la mirada, con los recuerdos, con el alma. Conectamos sintiendo. Y si ya estaba feliz por estar ahí conmigo, me sentí más feliz sabiendo que él y todos los que me acompañan en esta vida de viaje estaban viéndolo todo a través de mis pupilas y abrazando al sol a través de mi piel”. Pie de foto de nuestra cuenta de Instagram, 12 de junio de 2017.

RÍMINI: MAR Y ARTE

Lo que menos espero encontrarme en Rímini es arte y lo primero que encuentro en Rímini es arte. Sabía que había mar y arena, pero nadie me dijo que caminando por sus calles adoquinadas me iba a encontrar con un itinerario dedicado a Federico Fellini, uno de los más grandes directores de cine y guionistas de Italia. Sus películas (y esto lo descubro después) tienen mucho de Rímini. Y Rímini, hoy, tiene mucho de Fellini: murales, pinturas y esquinas que celebran la vida y obra del Maestro.  

Rímini tiene un poco de todo: puentes construidos hace 2 mil años, museos virtuales, de aviones y de motos; arcos romanos, graffitis que representan el alma de la ciudad, piadinas con frutos de mar, bicisendas que recorren toda la ciudad, un parque de diversiones que por poco no entro y una costa infinita de mar.

*Este viaje de prensa fue gracias a la invitación de la Cámara de Turismo de Emilia Romagna, dentro del marco del proyecto BlogVille en Europa. Especiales gracias a Silvia Gagliardi y a todo el equipo de Bologna Welcome por estar atentos a todos los detalles ♡

Escritora y nómada digital. Viajo desde el 2013 y comparto en este refugio digital mi estilo de vida. Me apasiona la escritura y por sobre todo inspirar y animar a través de la palabra. También escribo en luzyhumo.com y mi primer hijo de papel se llama Letras Luz. Dicto talleres de escritura y de viajes, no puedo vivir sin mis libros y cuadernos y soy fan de la autoexploración.

Comentarios

  • Alberto Mrteh
    4 septiembre, 2018

    “Inspirando letras y vida” me ha traído hasta aquí y me alegro porque me ha gustado lo que he encontrado.
    Me encantaría invitarte a tomar un té con hierbabuena a El zoco del escriba para que sigamos hablando de lo que prefieras.
    Mucha suerte con tus proyectos.
    Un abrazo.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

    responder
  • Ordercialisonline
    5 abril, 2018

    Buenísimo, me encanta. No la veo yo con delantal, y como no le interesa mucho, pues ahí se queda olvidada. Muy bueno, Carmen!!!!

    responder

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