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Mi primera vez en un glamping

De chica tuve la suerte de viajar mucho. Llegaba enero y el plan era irnos a la playa, el lugar preferido de mamá y papá. Pasamos largos veranos en el Caribe, cuando todo era más alto que yo, y en Brasil, cuando las noches de calor y cervezas iban muy de la mano con mi efervescencia adolescente. El mar fue cuna de mis primeros viajes, esos que no elegía pero que me gustaban. Me acuerdo que lo que más me llamaba la atención mientras nadaba era el horizonte allá lejos, intocable, híper lejano. Esa sensación de inmensidad, de liviandad, de flotar con el cielo arriba mío mientras hacía la plancha. Mis oídos se sumergían en el agua y no me importaba porque se llenaban de un sonido encapsulado de caracolitos enterrados en la arena, pececitos esquivando mis piernas y olas que me hacían vibrar. Parábamos en posadas, hoteles y aparts. En todos ellos había piletas que casi siempre miraban a la playa. De ahí viene mi gusto por las piletas rodeadas de morros, palmeras, mares, árboles… lo que sea pero que sea naturaleza. 

Contextos así, como en el que estoy ahora escribiendo, me recuerdan a esa Jimena chocha de estar con los pies descalzos sobre la arena, con el cuerpo tibio por el sol y los sentidos despiertos absorbiendo pedacitos de un mundo en el que se sentía parte. Porque jamás me sentí ni extraña ni testigo: siempre pedía quedarme un rato más al aire libre.

En las sierras hacen más de 30 grados y mi cuerpo lo sabe: cuando de mi piel brota agua, necesita agua. La buena noticia: estamos en un glamping en las afueras de Capilla del Monte en Córdoba y hay una pileta como las que me gustan a mí: mirando al monte, rodeada de arbustos, cactus y árboles bajos. 

Sumerjo los pies en el agua, nado hasta el otro extremo y las sierras se ponen justo en frente de mi nariz. Una playlist de grillos y pajaritos musicalizan la escena. El viento sacude a los espinillos y plumeritos, y unas flores largas y naranjas brillan con un sol que parece líquido. Me acuerdo del placer que sentía cuando nadaba en piletas parecidas a esta, y hoy, mucho más grande, me doy cuenta de por qué los hoteles nunca me convencieron. Lo mío es el cielo abierto.

Es mi primera vez en un glamping. Y no sé si me siento cómoda con el término, pero es el que se usa o el que alguien decidió implementar en la otra punta del continente. Camping + glamour. ¿Pero es glamour la palabra? El domo en el que vamos a dormir tiene una cama matrimonial, otra cama más chica, dos mesitas de luz de madera, dos sillas y una valija antigua abierta que funciona como perchero y cajonera. El piso es de madera, hay una alfombrita a los pies. Afuera, hay una mesa de camping y una hamaca paraguaya azul. También hay una guirnalda de luces que de noche decora este metro cuadrado con una luz amarilla bien cálida. A pocos metros, dos sillitas de colores pasteles miran el monte. No sé si esto es “glamour”, para mí es buen gusto, confort y minimalismo. 

Dos faroles de noche en lugar de lámparas, unos binoculares y una brújula que encuentro dentro de una cajita de metal me llevan a querer salir, mirar y moverme.

Camino hasta el lugar de meditación. Hay dos troncos cortados en horizontal tipo mats de yoga con vista al dique El Cajón. Intento cerrar los ojos y concentrarme en mi respiración, pero la mirada no me deja. La luz dorada del atardecer, los cerros naranjas, el lago manso y el silencio que se percibe del otro lado, me mantienen despierta. 

Anoto en el diario: “me siento en un margen. De un lado los sonidos de la ruta, la velocidad de los autos, el ruido de los caños de escape de las motos, el ladrido de los perros. Del otro, el sonido de la vida. Una vida que me parece más viva que la otra”.

*

Las rocas. ¿A qué se parecen las rocas? A piel porosa, a leche derramada sobre café, a una maqueta de montañas. Las nubes. ¿A qué se parecen las nubes? Tienen la forma de países lejanos, son como arterias, hay panzas y llanos. Hay blancas y grises claroscuras. Son redondas y alargadas, algunas están despeinadas, otras casi no se llegan a ver porque de tan estiradas que están, se rompen. Me gusta la sombra que se proyecta en el cerro Uritorco que está a mis espaldas: suaviza sus límites y quebradas. 

Solo en lugares así me detengo en estas cosas. 

Es de noche. Y escucho todos los sonidos del monte, sobre todo, el de los grillos que con sus voces hacen sonar las paredes de lona. El domo, por su estructura y materiales, no aísla los ruidos ni la frescura del afuera. Es igual que una carpa, pero más grande.

Fueron en total tres noches. Dormimos en un sommier, desayunamos en la mesita de camping, caminamos hasta el río. Si los glampings existen para que más personas se acerquen a la naturaleza y convivan por unos días con ella, bienvenidos sean. 

En mi mundo sé que no es ni una cosa ni la otra: soy igual de feliz acá, en mi van, en una carpa o haciendo vivac. Lo bueno de ir degustando cual catálogo todas estas experiencias es que puedo decir “lo probé, me gustó” o “no, no lo repetiría”. A un glamping sí, volvería: va de la mano con este estilo de vida al aire libre que ahora elijo para mi vida. 

Lo que sentía de chica fue el prólogo de lo que estaba por venir.

Geo Glamping está ubicado en el complejo Dos Aguas Natural, en Capilla del Monte en la provincia de Córdoba, Argentina. Está a 100 kilómetros de la capital y al pie del cerro Uritorco.

Es el emprendimiento de Georgina y Gustavo, dos apasionados por los viajes. Ellos fueron pioneros en este tipo de proyectos en Argentina en el 2011. “Estamos convencidos de que el turismo natural y vivencial ofrece numerosas ventajas a nuestro planeta: el impacto de la construcción es mucho menor que el de los desarrollos turísticos tradicionales, y lo mismo sucede respecto a su consumo y mantenimiento. Apostamos al cuidado ambiental y a las formas alternativas de habitar los espacios que la naturaleza regala”.

Lo bueno de este glamping es que solo hay seis domos de estilo vintage y cada uno tiene su espacio propio de mesa de camping, hamaca paraguaya y sillas para mirar las sierras. Como espacios comunes hay un quincho con parrilla, una pileta, el living y la cocina. Cada domo tiene su baño privado. Incluye amenities, ropa blanca y desayuno. También se pueden alquilar bicis para salir a pasear por el pueblo, hay senderos para caminar y espacios de meditación.

Si querés convertirte en un glamper o sumar un glamping más a tu álbum, podés contactarlos a través de su página web o por Instagram. Y si querés seguir investigando sobre los glampings en Argentina y en Sudamérica, visitá el otro proyecto de Georgina y Gustavo que se llama Glamping South.

Escritora y nómada digital. Viajo desde el 2013 y comparto en este refugio digital mi estilo de vida. Me apasiona la escritura y por sobre todo inspirar y animar a través de la palabra. También escribo en luzyhumo.com y mi primer hijo de papel se llama Letras Luz. Dicto talleres de escritura y de viajes, no puedo vivir sin mis libros y cuadernos, y soy fan de la autoexploración.

Comentarios

  • Luciano
    23 mayo, 2021

    Hola Jime, te felicito por el relato y las imágenes , contagian ganas de salir por ahí …
    Muy interesante la versión glamping
    Saludos

    responder
  • Carlos Alberto cocilovo
    27 abril, 2021

    Me gustó.quisiera saber el precio por día o por el mínimo de estadía gracias

    responder
  • Noemi alicia torres
    31 marzo, 2021

    Hola!!!
    Te comento que tengo un campito en el.pueblo Los Molinos!!
    Donde siempre pense en un emprendimiento asi!!
    Me gustaria asesorarme sobre el tema!
    Ustedes podrian??

    responder
  • Guillermo
    25 marzo, 2021

    Esos caminos de Córdoba son uno de “mis pendientes”, la actual situación sanitaria (y mi edad) me retienen hasta el año que viene, hermoso relato, saludos.

    responder

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