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    Rafting a la Frontera en el Río Manso (o el día que Jime no escribió en el blog)

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    *Estoy por ponerme a escribir por primera vez en el blog y no es un dato menor. Si bien vamos publicando nuestras aventuras y viajes desde diciembre del 2012, esta es la primera vez que además de encargarme de las fotos y los videos, voy a agarrar también el lápiz y el papel. Si aún no lo saben y quieren leer que le pasó a Jime, lo pueden hacer acá. Y si ya lo saben (o no les interesa) y gustan acompañarme en esta nueva aventura (de escribir) son bienvenidos. Desde ya muchas gracias. Atentamente, Andrés.

    Seis de la mañana y suena el despertador. Hoy toca levantarse bastante más temprano que de costumbre. Termino de armar la mochila tratando de que Jime no se despierte, me cambio, agarro la cámara y salgo de la carpa.

    Está un poco fresco pero es algo normal en un clima de montaña y más aún en Bariloche. El pronóstico anunciaba un gran día y no podía ser para menos. La noche anterior la gente de Extremo Sur nos había invitado a conocer una de las mejores actividades que tiene la Capital Nacional del Turismo Aventura para hacer: Rafting a la Frontera en el río Manso.

    Como era temprano y había quedado en encontrarme con Chris (uno de los chicos que trabaja en Cuadrante Sur que iba para el centro) arranqué a caminar para cruzarlo más adelante en la ruta. No es que me sobraran ganas de caminar pero el madrugar me había regalado un lago que no estaba acostumbrado a ver con una calma y serenidad digna de uno de los amaneceres más lindos que vi en mi vida (aunque confieso que no fueron muchos y es algo que está en mi lista de pendientes como viajero y fotógrafo).

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    Cerca de las ocho y media ya estaba en “El Galpón” de Extremo Sur.  Algo así como la juguetería perfecta de cualquier amante de los deportes de este estilo. Un montón de balsas, remos, chalecos salvavidas, trajes de neoprene, kayaks de río, de travesía, cortos, largos y de todos los colores le daban vida a ese galpón donde también funcionan las oficinas del lugar.

    Los guías fueron llegando y pude ver el detrás de escena del día a día y conocer el lado B de una actividad turística que no siempre se ve. Ser guía no es ser solamente ese tipo canchero siempre bronceado que tan simpático le cae a todas las mujeres y despierta la envidia de más de uno pensando: “¡mirá el trabajo que tiene éste!”. Ser guía es también hacer un laburo administrativo, estar siempre con una sonrisa, ser simpático con todos y todas sin importar si estás cansado o no, inflar y cargar balsas, sacar fotos, estar atento a que nada puede salir mal, repetir una y otra vez la flora y fauna del lugar, tomar mucho mate y remarla (literal literal) todos los días en el medio de un paisaje hermoso y único. Y la verdad que pensándolo bien puedo decir también: “¡mirá el trabajo que tiene éste!”.

    Nueve y veinte pasa a buscarnos la camioneta. Somos 9. Seis pasajeros (Chile y EE.UU dicen presente), el chofer Hugo y los guías Chasky y Bauer. Tenemos poco más de 100km hasta tocar el río y rápidamente agarramos la Ruta 40 rumbo al sur. Vamos dejando atrás el lago Gutiérrez, el Mascardi y el Guillelmo. Casi a mitad de camino pasamos por la Pampa del Toro y aunque el resto del equipo no tiene ni idea de dónde estamos, en esa pequeña planicie verde en medio de un sinfín de curvas y contracurvas, allá por mayo del año pasado (viajando con las bicicletas), tiramos la carpa y pasamos una de las noches más frías de todo el viaje de Ushuaia a La Quiaca.

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     Foto recuerdo de esa fría mañana del 25 de abril del 2013

    Setenta kilómetros al sur de Bariloche llegamos a Villegas donde tras cruzar el río del mismo nombre dejamos  la 40. El ripio de la Ruta 83 nos da la bienvenida y dificulta un poco el ida y vuelta del mate pero la ronda continúa sin mayores problemas. De a poco el paisaje va cambiando y se vuelve cada vez más verde. Nos estamos metiendo en los Andes y vemos el cerro Bastión a nuestra derecha.

    A las 11hs bordeamos el río Manso y llegamos a la Estancia de John donde el desayuno nos estaba esperando. Nos equipamos en uno de los viejos galpones de madera y ya con el casco, salvavida, traje y botas de neoprene, estábamos listos para la aventura.

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    A las 12hs nos encontramos cara a cara con el río. Los guías ultimaban detalles mientras nosotros ajustábamos un poco más fuerte el casco. En esta parte el Manso se ve tranquilo y su intenso color verde es ideal para unas fotos, pero ya a esta altura la cámara había quedado guardada en la camioneta (y por sobre todas las cosas bien seca) adentro de la mochila.

    El río corre fuerte, rápido y silencioso y si hay algo que aprendí en este tiempo entrenando a diario con los kayaks, es que al agua hay que tenerle muchísimo respeto. No miedo, sí respeto. Ajusto un poco más el casco y las tiras del chaleco salvavidas.

    Los guías dan sus charlas de seguridad y procedimientos en el agua mientras el resto del equipo mira atentamente. Ahora sí está todo listo. Nos subimos a la balsa, enderezamos el rumbo y partimos hacia la frontera. Tenemos por delante 15 kilómetros de puro “AAAAH!” (¡agua, adrenalina, aventura y agite hidráulico!)

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    Dos horas después ya habían quedado atrás los rápidos el Cajón de Terciopelo, Agujero de Ozono, Picapiedras, Gritá y Doblá, el Tobogancito, Garganta Profunda, Éxtasis, Huevo Revuelto, Colmillo y por último el Internacional.

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    Ya en suelo chileno nos estaba esperando Hugo con la camioneta y la ropa seca así que atinamos a cambiarnos mientras los guías separaban y guardaban el equipo. A nuestro alrededor todo era verde y estábamos en el medio de la cordillera. Las altas montañas nos hacían mirar para arriba tratando de guardar al detalle (en el cajoncito de los recuerdos) esos minutos. Hay algunas construcciones de madera y me acerco hasta una que tiene una bandera chilena flameando y me encuentro con un detalle muy particular: ¡esta casa tiene en el medio de su jardín el hito que técnicamente separa los dos países!

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    Suena la bocina y con todo en su lugar, emprendemos lentamente la vuelta en la camioneta. Jime me pidió que ponga algún “dato de color” en el relato así que ahí va y por las dudas en naranja: esta es la decimosexta temporada de Hugo y en su historial suma nada más ni nada menos que 600.000km como chofer por estas rutas. Volvemos a la Estancia de John por un nuevo camino que recorre una antigua senda de arrieros y al llegar nos encontramos con un sabroso asado patagónico acompañado por unas ricas ensaladas. ¿Podía ser mejor el día? Sí. Faltaba todavía el postre. Una antigua receta familiar de una torta que aún hoy se sigue respetando de generación en generación y al pie de la letra.

    El reloj marca las cuatro y es hora de volver. El termo está listo para unos futuros mates. Se cierra la puerta de la camioneta y partimos hacia Bariloche. Pasamos los primeros kilómetros y el sol sigue bastante alto pero lentamente empieza a teñir el paisaje con los cálidos tonos del atardecer.

    Varios aprovechan la vuelta para descansar y se duermen una siesta. Otros miran fotos. Chasky y Bauer charlan con Hugo. Y yo voy siguiendo a través de la ventana el contorno de la banquina tratando de ver un poco más allá. Trato de verla en detalle y voy jugando a lo que se convirtió en uno de mis pasatiempos preferidos después del viaje en bicicleta: cada vez que me subo a un medio de trasporte motorizado, voy jugando a descubrir, ahí donde nadie los ve, posibles lugares a escondidas para tirar la carpa en la banquina.

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    Para conocer más sobre ésta y otras excursiones, visitá la página de Extremo Sur.

    ☞ Este es un post patrocinado, lo que significa que realizamos esta excursión a cambio de contarla en el blog. Nuestras opiniones son independientes, personales y objetivas, y están basadas en nuestra experiencia real.

    Fotociclista. Culo inquieto de nacimiento e inconformista crónico por elección. Intentando ser libre desde el 2012 (y en eso estamos). ¿Feliz? Creo que a veces.

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