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    Recuerdos de una banquina (o el balcón de la ruta)

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    Banquina: m. En una carretera, cada uno de los márgenes reservados a un lado y otro de la calzada para uso de peatones, tránsito de vehículos no automóviles, etc.


    Corrían los primeros días de mayo. Para esa época del año —en donde el frío se empieza a filtrar por cada una de las extremidades—, el sol patagónico nos cobijaba durante las horas de vigilia. Pedaleábamos por la mítica y única Ruta 40, a paso lento pero firme, convencidos de que algún día del calendario llegaríamos a nuestro norte llamado La Quiaca. Mientras tanto, el mojón 1970 nos recordaba que faltaba un largo trecho por andar.

    Con solo una lata de arvejas en la alforja, arribamos a la entrada de un pueblo muy chiquito donde había un kiosco, un almacén, un puesto policial y otro sanitario y algunas casas desparramadas por un terreno lleno de álamos. Ese punto del mapa estaba justo debajo de una larga y pronunciada subida. Yo no tenía la menor intención de retroceder, pero Andrés —que nunca hace problema por nada—, se ofrece a bajar y hacer las compras de la tarde sin muchas vueltas.

    Ya sola, hago un paneo general de la ruta. Me bajo de la bicicleta, camino por la banquina, apoyo a mi compañera sobre la ladera de una lomada y me siento en el suelo de tierra y piedras color cal. Miro a los costados. Apoyo mi mano sobre ese terreno libre de líneas y códigos impuestos y me pongo a pensar que es la primera vez que estamos ella y yo, sin ninguna compañía.

    Observo sus árboles y plantas acostumbrados a crecer en un ambiente hostil. Levanto la mirada y cierro los ojos para que la luz del sol me llene de energía. Me siento en comunión con esta porción del camino, y sin haberlo pensado antes, me doy cuenta que ella no es un personaje secundario en toda esta historia.

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    Desdibujada por el ripio, destronada por el asfalto. Siempre pasa desapercibida. Su condición áspera y llena de arrugas la vuelven poco atractiva, desaliñada, dejada.

    El maquillaje que le quita sus harapos son las miles de historias que corren por sus venas cubiertas de polvo. Se alimenta de los pasos de los aventureros empedernidos que buscan algo más que paisajes, que se mueven a través del tiempo y del espacio, que alcanzan a leer la letra chica de los viajes: el no retorno.

    Si no existiese, ¿dónde descansaríamos después de horas de andar? ¿Dónde conversaríamos sobre el mundo y nuestros mundos paralelos? ¿En qué lugar pararíamos a revisar coordenadas? ¿Cuál sería nuestro refugio de la velocidad? ¿Cuál nuestro paréntesis?

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    La ruta es movimiento, la banquina es quietud. La ruta es adrenalina, la banquina es pausa. Es el espacio donde suceden los encuentros más insólitos con cruces de palabras intentando construir universos. Es un lugar de tránsito, de pulgares al viento, de mochilas a la vista, de esperas aleatorias.

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    La vieja 40

    Saliendo de El Chaltén

    Siento aromas, perfumes que inundan el silencio de los kilómetros transitados. Me acomodo en mi respaldo, estiro las piernas y me visualizo en un balcón, desde donde puedo ver todo lo que pasa más acá y más allá también.

    Sé que en cuestión de segundos, y gracias a una ráfaga de sonidos, un camión se va a asomar por la curva de la derecha. Pasa, toca la bocina, nos saludamos. Un auto sube la cuesta despacio, me hace una seña, le sonrío y sigue su camino. Me intriga saber qué piensan ellos al verme así, despojada de relojes que apuran y con una casa de dos ruedas a cuestas.

    Es un inciso de emociones y desafíos, de festejos y alegrías, de lágrimas de desconsuelo, de pechos cerrados y bien abiertos, de disputas con uno y con el otro, de rompecabezas de sueños, de deseos lanzados al viento.

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    — Eu, ¡volví! Te compré este chocolate que te gusta.

    — …

    — ¡Hoooola! Estás en otro mundo, ¿no?

    — Algo así… creo que me quedé dormida. Está tan lindo acá.

    — Se te nota muy cómoda, ¿me puedo sentar un rato o querés que arranquemos?

    — No no, dale vení. Sentate al lado mío. ¿Tomamos unos mates?

     

    Escritora y nómada digital. Viajo desde el 2013 y comparto en este refugio digital mi estilo de vida. Me apasiona la escritura y por sobre todo inspirar y animar a través de la palabra. También escribo en luzyhumo.com y mi primer hijo de papel se llama Letras Luz. Dicto talleres de escritura y de viajes, no puedo vivir sin mis libros y cuadernos y soy fan de la autoexploración.

    Comentarios

    • juan alberto delari
      30 enero, 2015

      JIME , muy bueno lo que haces , pensas y decis , particularmente apuesto a la libertad que es unica en este tipo de viajes , rodando por las rutas , caminos y senderos de nuestro pais , que por cierto es muy bello y que decir de su gente , solidaria cien x ciento . Te cuento que desde el 18 de enero del 2011 cuando cumpli mis primeros 49 años desde mi ciudad VENADO TUERTO , en solitario con mi bicicleta recorri nuestro extenso pais , 24000 km. festejando mis 50 años de vida , para llegar a V. T. el 18 de enero del 2014 , una experiencia unica y repetible , un gran abrazo , exitos AMIGA DE LA LIBERTAD .

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    • 30 enero, 2015

      ¡Gloria a las banquinas! Qué identificados que nos sentimos con cada relato… ¡Cómo entendemos ahora esas ganas de viajar en bicicleta que nos mostraban! 🙂

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    • Miguel Bujosa
      29 enero, 2015

      Y!!!!!!!!!!!! que te puedo decir, JIME…leo tus relatos y me emociono, creo que esto que les paso solo ustedes, lo saben….y en gran parte nosotros, sin querer, ni pensarlo, es algo que llevaremos en el alma, mientras vivamos, y solo el que le pasa esto, puede tener dimension de lo sucedido, entre nosotros aquel día tan afortunado para los 4…encontrarnos en ese lugar tan especial, y tan adecuado para un encuentro para siempre….si eso nos hubiera pasado en la Autovía 2…solo seria un encuentro no mas…El destino quiso por algo que sucediera en ese lugar tan inhóspito de la querida Ruta,40…Creo esto es invertir en salud!!!!!estos momentos te dan vida…y creo cuanto mas a menudo pasa mas larga es tu vida…Sabes lo que te queremos, todos acá, en mi familia, al igual que a Andres…Algún día quedara en alguna pejina, realmente todo lo que paso del día del encuentro por Chubut…asta nuestro encuentro en Tandil con tu familia… todavia tienen una visita pendiente y presente que retirar….un abraso enorme….para los dos…

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