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Por los senderos del Puerto Blest

Por los senderos del Blest

Si tenés problemas para navegar el sitio es porque lo estamos renovando. Pronto todo va a volver a la normalidad.

De chica nunca me fui de vacaciones al bosque. Mi mochila rosa del Rey León siempre volvía con arena y caracolitos de mar en los bolsillos. Los veranos eran sinónimo de aviones, bikinis, reposeras y olor a protector solar. A pesar de que mis papás amaban la monotonía de la playa y las horas panza arriba, yo era un cienpies: iba de un lado al otro, corría, jugaba, bailaba, iba, volvía, me perdía. Con el tiempo me enteré de que mi papá había sido mochilero, pero mochilero de los de antes, con sus botas pesadas, su mochila no-waterproof, su bolsa de dormir verde y su boina negra. Amaba caminar, amaba la montaña, amaba la aventura. ¿Entonces por qué nunca nos llevó al bosque? El único bosque que recuerdo es el del vivero de Miramar, cuando todos (tíos, primos, abuelos, nietos) coincidíamos en la costa argentina para comer un asado con aroma a pino. Ese es el único bosque que guardé en mi memoria.

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En el mapa de los senderos hay una foto de una pareja mirando un árbol. Están vestidos con camperas, gorros de lana y mochilas: nada más lejano a los recuerdos de mi niñez. Si hubiese visto esa foto hace 7 años atrás, mi reacción hubiese sido: “¡olvidate! Yo cuando viajo quiero descansar. Esa campera me da calor, aguanten las ojotas y el sucundúm sucundúm”. Mi piloto automático no me debaja hacer otra cosa que lo mismo de siempre.

Llegamos a Puerto Blest después de cruzar la cordillera en bicicleta. El bosque de este lado es más húmedo, hay más musgo y el verde es un verde más profundo. Si antes el bosque no estaba en mis prioridades, ahora me volví sensible a sus colores. No me es indistinto estar en Chile o en Argentina, porque más allá de cualquier bandera, la naturaleza me demuestra por sí sola que está apoyada sobre suelos diferentes.

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Lo único que hay construido por el hombre es un hotel sobre la costa del lago Nahuel Huapi. El resto es naturaleza protegida por un parque nacional del mismo nombre. Por eso todo brilla, todo está ordenado, prolijo y vivo. El sendero por la izquierda, el cartel explicativo a la derecha, se camina por acá porque por allá hay zorros que se asustan de los humanos.

Por los senderos del Puerto Blest

Estamos solos. A veces me cuestiono cómo puede ser que haya lugares tan lindos con tan poca prensa y a la vez me digo menos mal que no la tienen. Lugares así se deberían poder guardar bajo llave.

En el mapa hay siete senderos autoguiados: La Bahía, Parques Nacionales, Los Cántaros, Río Frías, la Turbera, La Turbina y La Península. Los recorremos en ese orden. Mientras camino me acuerdo de mi papá y hago una anotación mental para decirle que quiero volver con él cuando lo vea. Cuando estoy en lugares como este ese pensamiento es casi automático. Él sigue yendo a la playa, pero yo me sigo acordando de sus raíces.

Por los senderos del Puerto Blest

Por los senderos del Puerto Blest

Agua y tierra. Todo está tan calmo que los sonidos se agudizan. Andrés juega con la cámara y colecciona fotos como souvenirs. Escucho el crach crach de mis pies sobre las hojas secas de un otoño que recién empieza. El marrón y el verde se amalgaman: es ahí cuando la naturaleza se vuelve atemporal. En el camino se forman ventanas, ventanas naturales rodeadas de ramas y hojas, hojas de árboles milenarios. Hay muelles y puentes, y frenamos y miramos: acá de nada sirve la velocidad porque el ciclo de la vida es otro, el ciclo del agua tiene su ritmo, “tiempo acá sobra”, pienso, “el tiempo acá no es una cosa”. Y llego a la conclusión de mi presente: el bosque me da la pausa de lo que siempre permanece.

Agua y tierra. Todo está tan calmo que los sonidos se agudizan. Andrés juega con la cámara y colecciona fotos como souvenirs. Escucho el crach crach de mis pies sobre las hojas secas de un otoño que recién empieza. El marrón y el verde se amalgaman: es ahí cuando la naturaleza se vuelve atemporal. En el camino se forman ventanas, ventanas naturales rodeadas de ramas y hojas, hojas de árboles milenarios. Hay muelles y puentes, y frenamos y miramos: acá de nada sirve la velocidad porque el ciclo de la vida es otro, el ciclo del agua tiene su ritmo, “tiempo acá sobra”, pienso, “el tiempo acá no es una cosa”. Y llego a la conclusión de mi presente: el bosque me da la pausa de lo que siempre permanece.

Por los senderos del Puerto Blest

Info útil para llegar a los senderos del Blest:

  • Los senderos del Blest están en el brazo Blest, una de las ramificaciones del lago Nahuel Huapi.
  • La única manera de llegar es por agua. Turisur ofrece navegaciones diarias partiendo desde Puerto Pañuelo en la ciudad de Bariloche.
  • Si querés podés incluirle a tu paseo la navegación por el lago Frías para ver al cerro Tronador bien de cerca (es uno de los cerros más altos de la Patagonia argentina).
  • Si después de ver las fotos te enamoraste de este lugar, tené en cuenta que podés hospedarte en el Hotel Puerto Blest.
  • ¿Querés cruzar la cordillera en bici y en barco como hicimos nosotros? Acá te damos cinco razones para que no lo postergues más. 

☞ Este es un post patrocinado, lo que significa que realizamos esta experiencia a cambio de contarla en el blog. Nuestras opiniones son independientes, personales y objetivas, y están basadas en nuestra experiencia real.

Escritora y nómada digital. Viajo desde el 2013 y comparto en este blog mi estilo de vida. Me apasiona la escritura y por sobre todo animar a otros a través de la palabra. También escribo en luzyhumo.com y tengo un hijo de papel que se llama Letras Luz. Dicto talleres de escritura, no puedo vivir sin mis libros y cuadernos y soy fan de la autoexploración.

Comments

  • Lucas
    8 febrero, 2018

    NIce shit. So many beautfiul places I’d like to visit. Go Argentina, go Chile!

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    • 14 febrero, 2018

      You are welcome! There are great places to know in this part of the south 🙂

      reply

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