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RIO PINTO-CICLOTURISMO

Debajo de otro árbol, al lado de otro río

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11 de marzo, 10:30 hs. Entramos a Capilla del Monte para comprar comida y pasa lo de siempre: cada vez que pedaleamos por un pueblo, saludo a cada una de las personas que me miran. Pienso que esto puede darse por dos motivos: uno, que me siento observada; dos, que al no estar dentro de una burbuja como la de un auto creo que tengo la obligación de levantar la mano y decir “Hola”. Quién sabe: quizá mi condición de visitante que entra y sale tan rápido de un lugar pueda ser tomado como desprecio. Porque, ¿por qué no quedarme a tomar un mate con ese señor que me sonrió desde la galería de su casa? ¿Por qué no frenar para charlar con esa doña que vende pan en la esquina? ¿Por qué no pedalear con ese nene que desde su bici me miró con ganas de preguntarme qué hago acá y a dónde voy? Una tercera posibilidad podría ser que me gusta saludar. Y punto. 

Andrés cada vez que levanto la mano, me hace un chiste. Soy la Miss Universo, pero del cicloturismo.

12:40 hs. Uno de nuestros grandes desafíos es encontrar caminos por fuera de las rutas principales. Ayer, terminando de planificar nuestra segunda travesía por Córdoba, descubrimos un camino paralelo a la Ruta Nacional 38 que coincide con el recorrido de la carrera de ciclismo del río Pinto. 

Me acuerdo del mapa en el momento exacto en el que empezamos a pedalear por el sendero. Porque esa línea limpia y finita que vimos en una pantalla en realidad es un camino truncado por piedras, surcos, surcos y piedras.

Cruzamos un arroyo y molestamos a siete patos que muy tranquilos sumergían sus picos buscando comida, y nos encontramos con una reja alta y algo oxidada cortando el camino. Retrocedemos. Volvemos a molestar a los patos. Chequeamos el GPS: no teníamos que doblar, hay que seguir derecho. Abandonamos el camino trabado después de un vado y el terreno se empareja.

Pedaleamos por la costanera norte de San Esteban. Este lugar tiene la misma costumbre que el Delta de Tigre y que muchas localidades de veraneo de la costa argentina: las casas tienen carteles con sus nombres tallados en madera. Anoto uno: “Donde la vida soñé”. ¿Por qué se le pone un nombre a las casas de fin de semana o a las casas de vacaciones? ¿Será que en esos lugares las personas viven la vida que de verdad quieren vivir?

En esta parte del camino, las hojas de los árboles caen de sus ramas como si fueran guirnaldas, un arroyo corre lento y hay fogones de piedra con mesas y bancos desparramados por la costa. Me doy cuenta que no solo saludo a todo el mundo cuando viajo en bicicleta, también me imagino comiendo asados y tomando mates en todos los fogones que encuentro.

Vamos paralelo a la ruta y no se escuchan ruidos. Donde antes había fogones, ahora hay un colchón de pasto verde y solo un auto estacionado con el baúl abierto. Al lado, un hombre improvisando un green. Golpea la pelotita con su palo de golf de derecha a izquierda, camina unos 50 metros y ahora golpea la misma pelotita de izquierda a derecha.

No sabemos cuál es la historia del golfista de costanera, pero la situación nos hace pensar que es jubilado y que por el modelo de su auto no practica el juego por “pertenencia de clase” sino por puro placer. Y hasta nos da la sensación de que suele frecuentar este lugar más de un día a la semana y siempre a la misma hora.

Se termina el camino de tierra y tenemos que subir al asfalto de la Ruta 38 por cuatro kilómetros. La incómoda sensación de sentirnos vulnerables cada vez que pasa un auto o un camión hace que queramos retomar el camino secundario lo más rápido posible. Llegamos hasta una rotonda: a la izquierda La Cumbre, a la derecha Cuchi Corral. Doblamos a la derecha y encaramos para la quebrada del río Pinto. 

Algo me hace pensar que acá el silencio está desnudo. Comparo este camino con el de La Granja para tratar de descifrar el porqué: en esa vuelta la vegetación se nos venía encima, nos faltaba el aire, hacía calor, la subida era constante. Este camino, en cambio, es llano, de pocos árboles, sopla un vientito tranquilo, está nublado. El silencio tiene espacio, aire, circula libre. Eso: está desnudo.

Nos desviamos hacia el mirador Cuchi Corral y almorzamos en un balcón natural frente a un valle que se despliega verde con cinco águilas moras volando bajito.

15:48 hs. Empieza la bajada y las curvas. En una freno a tomar agua. Me cruzo a una ciclista que venía subiendo y me pregunta de dónde soy. Me tildo, dudo y le respondo que estoy viajando. Esto también me pasa siempre. No es que la pregunta me incomoda, es que no sé qué geografía me corresponde. Tampoco sé si soy de un lugar. Menos sé por qué tengo que pertenecer a uno. No entiendo para qué se pregunta de dónde es una persona si, en general, la conversación termina ahí. No significa nada, no determina algo, es un simple dato de color.

De repente me lleno de polvo. Este tramo de piedras y tierra seca es el peor lugar para estar con viento fuerte. Cierro los ojos. Cuando los vuelvo a abrir, las nubes anuncian tormenta.

17 hs. El viento sigue. Le pido a las nubes que por favor no se largue a llover. Así como saludo a las personas en los pueblos y me enamoro de los fogones a primera vista, también hablo con la naturaleza: intento convencer a las nubes cuando el clima no es el mejor, saludo a las vacas y le pido a los pájaros que vuelen cerca para verlos mejor. 

Vadeamos el río Pinto y llegamos a unos pozones con costa de arena rodeados de piedras blancas. Seguimos un poco más y encontramos un lugarcito ideal para armar la carpa frente a un arroyo, pero decidimos no seguir sumando kilómetros para mañana. Algún otro lugar seguro vamos a encontrar.

18:15 hs. No encontramos ningún lugar para acampar. La vegetación es tan cerrada y tiene tantas espinas que nos repele. Me acuerdo de nuestros primeros viajes y de lo mucho que me preocupaba no saber dónde íbamos a dormir. Con el tiempo, sé que eso no es un problema, que de alguna manera se resuelve, que lo que no tengo que hacer es preocuparme.

18:40 hs. Llegamos a un cruce de ruta y leemos en un cartel: “Camping y piletones río Quilpo – 4 kilómetros”. De lejos se ve que el camino sube por un cerro, eso quiere decir que si nos metemos van a ser cuatro kilómetros en subida para hoy y otros cuatro en subida para mañana.

Dobla una camioneta y un hombre se asoma por la ventanilla. Nos dice que está yendo a ese camping a montar un circo, que es es el lugar más lindo del valle y que efectivamente son cuatro kilómetros que suben y bajan. Esos cuatro kilómetros podrían llevarnos media hora y llegaríamos con la luz justa para armar la carpa. Dudamos, pero no. Seguimos.

Unos dos kilómetros más adelante llegamos al camping municipal río Quilpo a casi cinco kilómetros de San Marcos Sierras. Entramos. Armamos la carpa. Tomamos mate. Comemos unos fideos con salsa. Nos vamos a dormir.

12 de marzo, 10 hs. De noche, relámpagos y truenos. A la mañana, las nubes sobrevuelan los cerros con un gris que promete lluvia todo el día.  

Desde que salimos del camping el camino tiene una pendiente que no se ve pero se siente. En un constante falso plano llegamos a San Marcos, pasamos por la plaza, compramos algo de pan y así como llegamos, nos vamos.

A partir de acá, empiezan los caracoles. Y vuelve a mi cabeza un pensamiento recurrente: el de reinvidicar las subidas. Porque pedalear despacio permite mirar, porque la lentitud es testigo de los detalles, porque los sentidos captan la sutileza del paisaje.

Cada tanto viene del monte un perfume alimonado. El sonido de la rueda sobre el ripio es el mismo que el de las gotas de lluvia golpeando el casco. Hay rocas redondas y enormes con forma de labios. El guardarrail de piedras acompaña cada curva como si fuera un guía silencioso.

12:10 hs. Llueve cada vez más fuerte y el agua se empieza a acumular en charcos. No hay ningún techo a la vista, y si quisiéramos refugiarnos debajo de un árbol, el viento no nos dejaría: al estar tan cargados de lluvia nos mojaríamos el doble.

Tenemos hambre, pero preferimos llegar hasta el punto más alto para hacer la digestión en bajada. Cuando por fin llegamos al mirador, vemos que hay un monumento con el contorno de Córdoba en 3D. Nos acomodamos ahí, uno al lado del otro, en la pancita de la provincia. Intentamos no hacer ningún otro movimiento más que el de acercar a la boca los sanguchitos que preparamos para el almuerzo. Si hacemos cualquier movimiento por fuera de los límites de la provincia, nos quedamos sin techo.

16:27 hs. Ya estamos cerca de Capilla del Monte. Andrés ve un desvío y nos metemos por ahí. Revisamos el GPS y sabemos tres cosas: que este camino va a ser un poco más largo, que va a haber más desnivel y que vamos a pedalear por la costa del lago El Cajón. No importan ni los kilómetros de más ni los metros en subida. La posibilidad de terminar la travesía bordeando un lago es más que suficiente para que cambien los planes.

17:40 hs. Llegamos a donde habíamos dejado la camioneta estacionada, acomodamos el equipo y manejamos 65 kilómetros hasta Villa de Soto. Cae el sol y repensamos el día que fue: amanecimos en una carpa debajo de un árbol y al lado de un río, pedaleamos el último tramo de una travesía de dos días y 87 kilómetros, nos subimos a nuestra casita-van y seguimos viaje tomando mates, comiendo unos pancitos negros con miel y escuchando Cerati de fondo. 

Los carteles nos dan la bienvenida al pueblo . Cargamos gasoil. Estacionamos la camioneta. Cenamos. Armamos la cama. Nos vamos a dormir. Debajo de otro árbol, al lado de otro río.


*Gracias al complejo Dos Aguas Natural por ayudarnos con la logística en este recorrido.

Somos Jime Sánchez y Andrés Calla, amantes de la aventura y la vida al aire libre. En este refugio digital compartimos nuestro estilo de vida, relatos, fotos, info útil, consejos y muchísima inspiración.

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