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    Había una vez un refugio de montaña

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    Me desperté por el aroma a pan tostado. No sabía dónde estaba exactamente hasta que salí del estado de ensueño para pasar al de vigilia. Dormimos en una cabaña frente al río Azul, que está justo en frente del camping con el mismo nombre. La cabaña, chiquita pero acogedora, tiene lo justo y necesario para vivir: una cocina a gas, una pava, un mueble hecho de madera con algún que otro elemento de cocina y frascos con café, avena y azúcar; una mesa con un cajón, algunos cubiertos y tres sillas. Una pequeña escalera conecta la planta baja con la de arriba donde en el piso hay nada más que un colchón de dos plazas con un acolchado de plumas. Eso es todo.

    Desayunamos las tan sabrosas tostadas con mermelada de manzana junto con mate cocido y leche. Después de ordenar un poco, salimos en dirección al cerro Lindo. Tanto nos hablaron de él que no nos podíamos ir de El Bolsón sin conocerlo de cerca. La aventura consistía en subir el cerro 12 kilómetros cruzando arroyos y lagunas hasta llegar a un refugio de montaña. Pasaríamos de los 250 metros de altura en los que estábamos, a los 1500.

    La cabaña donde dormimos en la base del cerro Lindo

    Son las 9 de la mañana y no se ve nada en el horizonte. Una nube tapa todo a nuestro alrededor y el rocío se siente en el aire. Ni bien empezamos a subir, la nube va desapareciendo hasta dar lugar a un bosque de árboles frondosos, ramas caídas y rocas. La primera subida es dura pero continuamos. El aire puro llena nuestros pulmones y nos alienta a seguir subiendo, pero las subidas son cada vez más empinadas así que las paradas para recuperar el aliento se repiten cada 15 minutos. Si bien el camino es lindo, no logro disfrutarlo del todo por el calor y el desnivel del sendero.

    sendero-cerro lindo

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    Después de cruzar varios arroyos y de llegar a una laguna de pastizales y árboles de colores ocres, amarillos y naranjas, el camino se vuelve mucho más tranquilo. No sabemos cuánto falta para llegar al refugio pero ese dato pasa a un segundo plano.

    Seguimos caminando y en un momento el bosque se abre. Un pequeño sendero va en dirección a otro arroyo y sin darme cuenta, de repente me veo observada por una vaca a la que le interrumpí su almuerzo. Algo curioso pasa con estos animales: cada vez que te los cruzás no te sacan la mirada de encima. Si es una, te sentís simplemente observado; pero si son más de cinco te sentís intimidado.

    Una vez que el cruce de miradas termina, el cerro Lindo aparece en la escena. El cielo azul, los árboles con sus hojas de colores marrones, el sonido del agua. Todo lo que vemos es como sacado de un cuento. Seguimos caminando sobre un colchón de hojas marrones y a unos metros vemos el refugio. “Refugio Cordillerano Cerro Lindo”. Y sí, no puede ser más lindo: el refugio, el lugar, la cascada, el olor a leña, los árboles… todo esto me hace viajar en el tiempo a esos cuentos que nos leían cuando éramos chicos. Esos lugares de cuento existen y uno de ellos está en el Lindo.

    sendero-cerro lindo

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    Entramos en el refugio pero está vacío. Nos habían contado que ahí vive un señor llamado Julio, el encargado del lugar. La casa, hecha de piedras, nos resulta bastante simpática. Una casa bien de montaña. Un refugio que espera visitantes que le den más vida de la que tiene. Porque creo que si esa casa hablara, tendría mucho para contar. Agarramos dos revistas y nos sentamos en una piedra a esperar a Julio en “el jardín” del refugio.

    En una de ellas hay una nota de un famoso alpinista italiano llamado Reinhold Messner que nos atrapa desde el principio por su historia de vida. Mientras la hojeamos, entra a la casa un grupito de cinco chicos que nos habíamos cruzado en el camino. Al ratito sale Julio, que como imaginamos, estaba durmiendo la siesta en el piso de arriba. Un señor de 50 y pico de años con alma de 20. Su cara, algo arrugada por el tiempo, transmite alegría. Su barba demuestra el paso del tiempo. Su expresión dice que donde está, es feliz. Sus historias comprueban que siempre se puede empezar una y otra vez, y el refugio forma parte de la etapa número cuatro de su vida.

    Ni bien llegamos quiere que estemos cómodos. Nos separa los colchones para poder dormir esa noche en la planta alta del refugio, nos dice dónde colgar las mochilas, nos invita mate con tortas fritas y nos recomienda que vayamos a ver una laguna a pocos metros de donde estamos.

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    A la vuelta vemos a un señor de unos 50 años que viene concentrado en su paso. Con dos bastones y una mochila, que a la vista parece bastante pesada, entra al refugio y se acomoda. Es Charly, el porteador. En su mochila lleva 50kg de comida para Julio que casi nunca baja al pueblo y al que los dueños del camping del río Azul lo aprovisionan de comida para que pase el invierno. No puedo creer que un señor tan flaquito y con muchos años más que yo, haya hecho el mismo camino con semejante peso en su espalda. Me obligo a no repetir que el trayecto me pareció complicado.

    La noche empieza a caer y en el refugio terminamos siendo 15 personas. Bajo la luz de las velas, cada uno prepara su comida y mientras tanto Julio sigue contando chistes y desparramando su alegría como si fueran las cuatro de la tarde. Él nunca sabe cuándo va a llegar una persona ni tampoco si esa mujer o ese hombre va a hablar español, inglés o francés, pero a su manera siempre logra comunicarse con todos. “Ustedes son los que le dan vida al refugio”, lo escucho decir. Y vuelvo a pensar que este lugar tiene vida propia.

    Todos estamos cansados así que subimos para acostarnos. Una leve llovizna acompaña una noche bastante particular. Ya acostados nos reímos al escuchar la conversación que tiene Julio con dos chicas, una de Estados Unidos y otra de Australia, ambas con rasgos orientales, mientras cenan. Con ellos está Charly, que tira los cubiertos en la mesa cuando se entera que el guiso que está comiendo tiene panceta. Parece que nadie le entendió cuando dijo que era vegetariano…

    Dormimos con una lluvia que se siente en cada una de las chapas del techo del refugio. Al despertar el día está algo nublado, así que desayunamos y decidimos ir a hacer cumbre al Lindo. Nos dijeron que desde esa altura se puede ver lago Puelo, Chile y la Cordillera de los Andes. Julio nos hace un mapa en la tierra con sus pies, nos muestra cómo es el camino que tenemos que hacer y empezamos a escalar unas rocas. Siento mis piernas duras, especialmente los gemelos. Llegamos a una gran laguna llamada Lali, seguimos caminando por un sendero llano y sin verlo, piso un pozo, me dobló el pie que me empieza a doler sin piedad y con algo de culpa emprendemos la vuelta. Al vernos bajar, Julio empieza con sus chistes y cuando le contamos lo que había pasado, nos da gasa y un medicamento para que pueda bajar los 12 kilómetros de regreso al camping sin problema. Por suerte, fue sólo un susto.

    El mapa que nos hizo Julio con sus pies

    Camino a la cumbre del cerro Lindo

    La laguna Lali

    Detalles del “Refugio Cordillerano Cerro Lindo”

    “Ustedes son los que le dan vida al refugio” (Julio, el refugiero)

    Habrá que volver para hacer cumbre, para escuchar más chistes de Julio, para ver ya no el otoño del Lindo, sino el invierno o el verano. Habrá que volver, otra vez, a ese refugio de cuento.

    *Este hermoso lugar lo conocimos gracias a Magalí Vidoz, viajera y escritora de Caminomundos, que nos puso en contacto con su mamá Bernardita Bielsa. Ella nos recibió en el Camping del Río Azul la semana que estuvimos en El Bolsón. ¡Gracias!

    Somos Jime Sánchez y Andrés Calla, amantes de la aventura y la vida al aire libre. En este refugio digital compartimos nuestro estilo de vida, relatos, fotos, info útil, consejos y muchísima inspiración.

    Comentarios

    • lucila
      24 enero, 2019

      buen dia…excelente este blog increible todo…gracias 🙂 y buena vida

      responder
    • Miguel
      25 febrero, 2017

      Estuve en 1985 en el refugio con dos amigos del camino. Que buenos recuerdos! Todo lo que hay arriba como la cumbre del cerro lindo y varias lagunas no tienen desperdicio. Saludos!

      responder
    • Francisco
      16 febrero, 2017

      Todo.. pero el dibujo de Julio con sus pies en el piso wooww! gracias.
      Saludos amigos viajeros!

      responder
    • 30 octubre, 2014

      Que colorido de fotos!!! Desde luego, al principio daba un poco de yuyu con la niebla, pero luego la paleta de colores de este bosque es espectacular.

      responder
      • 30 octubre, 2014

        Es increíble ese lugar Jordi! Esa misma noche llovió tanto que al otro día la paleta de colores era otra! Llegamos en el momento justo

        responder
    • EDUARDO
      13 junio, 2013

      MARIA ME ALEGRO MUCHO DEL VIAJE QUE ESTAS HACIENDO JUNTO ATU NOVIO TENGO TU CELU UNO DE ESTOS DIAS TE LLAMO VESOS EDU EL FLORISTA DE MAIPU

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    • Bernardita Bielsa
      7 mayo, 2013

      gracias a ustedes por haber sido tan amables en vivir un rato nuestras vidas!!! no tuvimos tiempo para casi nada pero el abrazo enviado por mi hija a travès de ustedes fue muy hermoso!!! yo le agradezco a Roberto Chiguay e haberme permitido invitarlos a su lugar, el Campign del Rìo Azul y el Refugio!! Julio Caharadìa sigue allì . . . dice que va a pasar el invierno como ya lo ha hecho en otras oportunidades!!! amor para el viaje que transitan!!

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      • La Vida de Viaje
        22 julio, 2013

        Muchas gracias Bernardita por todo! Fue un placer conocerte y compartir esos días en El Bolsón con ustedes. Sin dudas, vamos a volver!

        P.D: Saludos a Julio y a “Aique” jaja

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    • Diego
      3 mayo, 2013

      Que lindo se ve ese refugio. Yo estuve en el refugio del Hielo Azul hace unos 4 años, por la misma zona donde estubieron ustedes, hermoso tambien. Es increíble como se cargan las pilas cuando uno anda caminando por esos bosques, alejados de todo. Y ni hablar de la onda de la gente que administra esos refugios, siempre con la mejor onda, muy dispuestos a ayudar con lo poco que hay a mano.
      Voy a tener que volver para hacer noche en el refujio Cerro Lindo!

      Saludos, y sigan pedaleando!

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