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    Río Santa Cruz Bikerafting Bikepacking

    RÍO SANTA CRUZ (3): LA FUERZA

    Si tenés problemas para navegar el sitio es porque lo estamos renovando. Pronto todo va a volver a la normalidad.

    Así como nos pasamos el mate de mano en mano, así pasan los últimos minutos de luz. Nuestras pupilas se van dilatando al ritmo de la oscuridad y de a poco la noche va diciendo presente. Ya tenemos las linternas a mano y uso una para ir a buscar unas galletitas hasta los petates donde guardamos parte de la comida.

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    Camino con la vista puesta en el suelo. En el piso del viejo galpón de esquila donde estamos hay algunos clavos oxidados que conviene esquivar y ni hablar de los huecos que hay en el piso donde faltan listones. Avanzo unos metros y un ruido me frena. Ilumino el frente y entre medio de los bolsos brillan dos ojitos muy chiquitos que se mueven rápido y desaparecen. Ratones. Hay ratones. Adonde apunte la linterna se escuchan pasos: están jugando a las escondidas conmigo. Les pego el grito a los chicos y empezamos la evacuación.

    Sacrificamos unos paquetes de galletitas de agua que ya habían sido masticados y los usamos como señuelos tirándolos lo más lejos posible del resto de la comida. Guardamos todo rápido cuidando de no olvidarnos de nada y con la noche ya sobre nosotros salimos a buscar un plan B donde armar la carpa.

    Caminamos a oscuras por la estepa siguiendo las huellas de un camino que nos lleva hacia unas construcciones y a un viejo casco de la estancia. Tenemos que decidir entre opciones que no son las ideales pero son las únicas que tenemos. Acampar lejos de las casas o galpones nos alejaría de los ratones, sin embargo nos expondría al viento que según el pronóstico va a soplar muy fuerte con el correr de las horas. El problema con estos roedores no es que se coman cualquier cosa que puedan masticar, sino que además pueden portar el hantavirus, una enfermedad que si se contagia no tiene cura. Y repasando nuestras notas mentales desde que llegamos al galpón de esquila hicimos absolutamente TODO lo que NO HAY QUE HACER para evitar contagios. Por suerte encontramos lo que parece haber sido un garage y está ventilado.

    Iluminamos el piso y vemos que hay restos de caca de ratones. No nos queda otra que tirar la moneda a la suerte y confiar que todo va a estar bien. Armamos la carpa, cenamos, acomodamos las bicis entre sí para evitar apoyarlas en las paredes y ponemos los bolsos con comida arriba de los asientos.


    Día 3

    Decir que dormimos poco y mal sería ser demasiado optimista. Los ratones se subían por los costados de la carpa y se resbalaban. Escuchábamos cómo corrían. Algunos más osados y equilibristas intentaban trepar las ruedas de las bicis pero se caían. En cada intento frustrado los rayos sonaban como una cuerda de guitarra desafinada pero ya no podíamos hacer nada. Afuera el viento volaba todo y adentro solo se escuchaban ruidos. En uno de los bolsillos internos que tiene la bolsa de dormir siempre guardamos lo que llamamos el “kit del sueño” que son unos tapones para los oídos y un antifaz. No sé bien por qué me puse las dos cosas juntas pero lo hice: si bien no podía solucionar nada de lo que estaba pasando de la carpa para afuera sí podía al menos no enterarme de nada.

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    Las chapas rebotan con fuerza y me llama la atención su ritmo. Lo hacen en ciclos de tres golpes: pausa, golpe y rebote tres veces. Mientras escucho este compás, agarramos las caramañolas y el termo. El río está a 1 kilómetro y elegimos ir caminando.

    Llegamos a la costa y el río es otro. Por la fuerza del viento y las olas contra los paredones agradecemos estar en tierra. Resultaría imposible remar con un día así y aunque se pudiera no valdría la pena correr ningún tipo de riesgo. Este tercer día de travesía arranca con un mensaje claro y la nota mental de lo que vemos es VIENTO = NO RÍO.

    Ya con todo listo salimos a buscar la Ruta 17. La iniciativa de salir pedaleando dura solo unos metros hasta que doblamos en la primera curva y el viento nos saca literalmente de la huella. El camino no está muy pisado y la huella se va cubriendo de una vegetación poco amigable para las bicis. En la estepa abundan las espinas y la salida a la ruta se convierte en un campo minado donde el juego consiste en tratar de no ser el primero en pinchar. No sería una buena manera de arrancar la mañana.

    Un kilómetro y medio después cruzamos la última tranquera y un cartel de vialidad nos da la bienvenida a la Ruta 17. Se ve un ripio suave y pisado. La ruta corre bien de oeste a este en la misma dirección que el viento y como si nos fuéramos a lanzar por un tobogán, nos subimos a las bicis, ajustamos los cascos, acomodamos los lentes y a rodar. Dos o tres vueltas de pedal y ya tengo los dedos en los frenos. Son en estos momentos de velocidad y diversión donde un descuido puede cagarnos la travesía y esas no serían buenas noticias.

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    El viento sopla a favor y no solo nos empuja, también nos dibuja sonrisas grandes como el horizonte. Dice el dicho que “en la Patagonia el viento siempre es en contra”, pero esta vez no. Esta vez es a favor y fuerte. Muy fuerte.

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    Donde muchos dicen que no hay nada es donde nosotros encontramos algo que muchos buscan. En este desierto frío de pastos secos y rastreros llamado estepa, nosotros nos encontramos con la libertad.

    La ausencia de humanidad es lo que hace diferente a estos lugares perdidos en el horizonte. Vamos pedaleando por una huella y es lo único que nos habla del hombre. Esta ruta de la Patagonia no tiene alambrados y eso nos genera una sensación hermosa. No es que estas tierras no sean de nadie (eso es algo utópico por estos pagos) pero por lo menos en este momento sentimos que no y eso nos gusta. Desde que arranqué con esto de los viajes largos en lugares lejanos pienso que nací en la época equivocada… me hubiese gustado llegar a los mismos lados que llegué sin necesidad de cruzar tranqueras, pedir permisos o esquivar alambrados.

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    Después de muchas horas vemos un cartel y nos resulta imposible no frenar a sacar una foto porque esas letras son, en medio de la estepa, la excepción a la regla o lo fuera de lugar en lo natural.

    Frenamos tras una subida que casi ni pedaleamos y paramos a sacar algunas fotos. Me siento pleno. No sé qué hora es ni qué día es hoy. Van solo tres días de viaje y ya rompí esa barrera temporal de pasado-presente-futuro. Enfoco la cámara al oeste y pienso que mirar hacia atrás no solo nos da la perspectiva de saber de dónde venimos, sino también la certeza de comprender que hacia donde vamos, vamos bien. Que lo que hicimos ayer, hacemos hoy y vamos a hacer mañana es lo que siempre quisimos hacer. La vida que queremos vivir.

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    Ruta. Bici. Cielos. Horizontes. Río. La nada y el todo. Entre curvas nos acercamos y alejamos del Santa Cruz y es a la distancia que podemos llegar a comprender cuál es la verdadera fuerza y dimensión de este último gran río libre. De solo imaginarnos que esto que vemos ahora puede en unos años quedar bajo el agua nos genera una sensación de angustia y tristeza muy grande. Si así como está es y se ve perfecto y en equilibrio, ¿qué es lo que le da derecho a unos pocos que nunca pisaron estos suelos a llegar con sus máquinas y planos a querer cambiarlo todo?

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    Revisamos el GPS y metemos kilómetros casi sin darnos cuenta. No frenamos ni para comer, picamos algunos frutos secos cada tanto y ya hace rato que dejamos de ver el reloj. Siempre que vuelvo a viajar en bicicleta hay un momento donde se produce un punto de inflexión. Un click que me desconecta del Andrés que viene del pasado y la ciudad y me conecta con esa persona que creo ser en tiempo presente y del que quiero seguir siendo en el futuro. Es un momento difícil de describir pero es algo así como cuando el DeLorian de Volver al Futuro alcanza las 88 millas por hora y se activa el condensador de flujos que lo hace viajar en el tiempo. Suena complejo pero cuando se trata de “estar presentes en un instante” es que siento que lo que hacemos es mucho más simple de lo que parece: estamos haciendo lo que nos gusta hacer que es andar en bicicleta por lugares de puta madre. Tan simple como eso y es lo que quiero seguir haciendo el resto de mi vida.

    Jugar.

    Jugar a ser chicos y pedalear.

    Jugar con los colores de la estepa.

    Jugar con el viento y la gravedad.

    Jugar.

    Solo se trata de jugar lo más en serio posible.

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    Cada tanto la Ruta 17 se aleja del río Santa Cruz y se monta a la estepa como en escalones. Ayudados por el viento subimos cientos de metros en pocos kilómetros, pero el viento no solo nos empuja a nosotros. Con él viene la lluvia que en cualquier momento nos alcanza.

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    Cuanto más sube la ruta más quiero subir. Cuanto más difícil se pone, más lo disfruto y mejor es la anécdota. Quizá solo se trate de eso esta vida: vivirla lo más intensamente posible para tener el día de mañana algo que valga la pena recordar.

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    Hace tres días que no vemos otras caras que las nuestras y entre las luces y sombras que dibuja la tarde vemos una estancia en la estepa. ¿Qué hacemos? ¿Frenamos o seguimos? Quizá tengan algún colchón y podamos dormir bajo techo. Nos quedan pocos minutos para seguir avanzando pero ¿a dónde vamos tan rápido si no tenemos que llegar a ningún lugar?

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    Frenamos en la puerta de la estancia y solo bastaron unos ladridos para que atrás venga Mario a darnos un fuerte apretón de manos. Se va soltando de a poco y las charlas se hacen tan largas como cálidas y no faltan los mates ni “el asao”. Con la panza llena y el corazón contento nos vamos a dormir con una frase del gran Mario dando vueltas en la cabeza: “a la gente le gusta tanto estar acá porque en Santa Cruz hay vida”.


    Día 4

    La idea (que muy pocas veces se concreta) era salir lo más temprano posible para aprovechar el buen clima, pero la realidad nos hace dar cuenta una vez más de lo que realmente importa cuando estamos de viaje. La charla con Mario es eterna y la pava pasa tres veces por el fuego. Mario mira el reloj atento. En cualquier momento la radio empieza a pasar los mensajes destinados a los puesteros de estancias: quizá alguno es para él o para algún vecino que no tiene radio, porque aunque esté a más de 25 kilómetros si hay que salir a caballo para hacerle llegar un mensaje, él sale.

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    Entre comentarios y anécdotas y casi que al pasar, Mario nos dice que hoy es su cumpleaños y que está agradecido de poder compartirlo con nosotros. La familia está lejos y podrían visitarlo recién en unos días, lo que quiere decir que si no fuera por nuestro paso Mario hubiese pasado este día tan especial solo. No podíamos irnos así como si nada y en eso veo que Javi busca entre sus cosas una boina que lo venía acompañando desde hace un tiempo en sus viajes. Se la regala. Él la mira y en un principio no la acepta, pero insistimos y emocionado nos dice que sí. Le cantamos un feliz cumpleaños y entre risas los tres le damos un fuerte abrazo a este gaucho de la Patagonia que por momentos supo sacarse su armadura de tipo duro.

    Nos quedamos hasta el mediodía y antes de que nos invite a comer otro asado y nos tiente la invitación, nos sacamos la foto de despedida y nos vamos.

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    Cerca de las 3 de la tarde la Ruta 17 vuelve a ponerse paralela al río y es momento de tomar una decisión. El pronóstico indica que los próximos días el viento va a ser fuerte y tenemos tres opciones: seguir en bici por la Ruta 17 o la Ruta 9 (pero eso implicaría alejarnos del río por varios días) o seguir por agua y jugarnos a que el clima cambie o esperar que el viento no sea tan fuerte. Estamos en lo que se conoce como Cóndor Cliff y acá cerca se está levantando la primera de las dos megarepresas que van a cortar el río Santa Cruz. Como vinimos a este río para conocerlo de cerca y ver todo con nuestros propios ojos, la balanza se inclina para seguir por el agua. Si mañana el viento nos saca, la próxima salida estará a más de 70 kilómetros y tendremos que caminar por la estepa.

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    Nos acercamos al ruido. Un ruido ridículo que aturde el silencio de la estepa. Un ruido que no debería estar dinamitándolo todo para construir paredes. Dicen que todo esto es en nombre del futuro y la energía, pero donde otros dicen ver la luz, nosotros no podemos ver más que oscuridad.

    Acampamos en el silencio de una noche despejada. Salir de la carpa para ver la foto perfecta me llena de sensaciones plenas. No sé muy bien qué es la felicidad, pero sí sé que la encuentro en la naturaleza y cerca de la libertad. Hace frío. La luna no está llena pero así como está es perfecta en su imperfección. No sé por cuánto tiempo la miramos, pero sí sé que cada minuto de ese momento fue para nosotros mucho más que 60 segundos.


    Día 5

    Pasó lo que podía llegar a pasar. La tormenta avanza a buen ritmo desde el oeste y nos obliga a pensar rápido. Donde hasta hace un rato había horizonte, ahora hay polvo en el aire y en minutos ese viento va a llegar hasta acá. Tenemos que decidir si entramos o no al río.

    Y entramos. Pero así como nos metemos avanzamos apenas 500 metros y el viento nos saca de un envión. Con el viento llega la lluvia y con la lluvia se dibuja un arcoíris reluciente encima de nuestras cabezas. Ahora no nos queda otra que esperar: nos sentamos en los botes, nos ponemos las capuchas y sentimos por un largo rato a la Patagonia bien de cerca. Tan de cerca que por momentos asusta.

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    La tormenta se va para el sur y nosotros seguimos nuestro rumbo hacia el este. En el agua no podemos estar y el pedalear tampoco es una opción. Toca caminar la estepa bordeando el río esperando alguna tregua con el viento, tregua que según el pronóstico va a llegar recién en 2 o 3 días.

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    Caminamos durante horas con un único objetivo: avanzar. No importa ya la velocidad o los kilómetros, lo único importante es seguir adelante. La estepa es un ambiente hostil y nuestras ruedas lo empiezan a sentir sufriendo sus espinas. El plan B de caminar los 70 kilómetros que nos separan de la próxima salida a la ruta ya suena a locura y un par de casitas que vemos a la distancia se convierten en nuestro nuevo objetivo. Sin embargo el GPS nos marca que tenemos unos 8 kilómetros cuesta arriba. Es hora de dejar el río e improvisar un cambio de planes.

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    Avanzamos algunos metros subiendo la pendiente y frenamos. Estamos cansados. Repetimos una y otra vez los mismos pasos y de a poco la estancia se acerca. En esas paradas en búsqueda de un poco de aire vemos el atardecer y el esfuerzo pasa a un segundo plano, por más cansados que nos sintamos no se nos ocurre un lugar mejor para estar.

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    Ya no pega el sol y hace frío. La teoría dice que una línea recta es la distancia más corta entre dos puntos, pero lo que los libros no dicen es que puede ser también la más “quema piernas” cuando lo único que hace es subir y subir.

    En minutos nuestros ojos van a necesitar de las linternas para poder seguir avanzando y por eso queremos aprovechar cada segundo de luz natural que nos queda. Las casitas que se veían de lejos ya están más cerca, pero no hay luces o perros que nos den indicios de que haya gente que nos pueda recibir. Más allá de cómo termine esta historia, ese es el único lugar al que podemos llegar.

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    Próxima crónica ☞ Río Santa Cruz (4): Volver al agua

    Fotociclista. Culo inquieto de nacimiento e inconformista crónico por elección. Intentando ser libre desde el 2012 (y en eso estamos). ¿Feliz? Creo que a veces.

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