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Río Santa Cruz (1): El encuentro

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La Vida de Viaje Venzo

Día 1

“Hoy tratemos de acostarnos temprano así mañana estamos con pilas y frescos para salir”. Son casi las tres de la mañana y esa frase se vuelve a escuchar con un tono irónico que despierta risas. ¿Cómo puede ser que siempre pase lo mismo? Desde hace meses venimos planificando esta travesía por el Santa Cruz, llegamos al punto de partida con tiempo para ir tachando la lista de pendientes y siempre terminamos sacando cuentas de cuántas horas y minutos vamos a poder dormir antes de que suene el despertador. Con una nueva batalla perdida pero con casi todo listo (sigue siendo CASI todo listo) nos vamos a acostar un rato. Veo el celular y ya son las tres y media de la madrugada.

El viento sopla tan fuerte en El Chaltén que se puede sentir cómo se mueven las paredes de la casa donde estamos parando. Cuando digo que se mueve es porque se mueve y el ruido de las ráfagas no me deja dormir: es un concierto a los cuatro vientos que no frena ni para descansar. Y si lo hace parece que es para tomar carrera y volver con más fuerza. Trato de taparme la cabeza con la almohada y me sumerjo en la frazada. Es la última noche en una cama y quiero disfrutarla lo más que pueda. Lo veo a Javi y está en la misma que yo, agarra el celular para fijarse la hora y me dice que son casi las cinco de la mañana.

Sigo dando vueltas en la cama. Las noches previas siempre son difíciles para dormir porque cuesta que el cerebro se desenchufe. Es como cuando estás a punto de dar un final para el que te venís preparando hace rato y vas visualizando todo una y mil veces. Tenés toda la teoría en la cabeza pero la sensación es que no sabés nada y la estás por cagar.

Repaso en mi cabeza lo que aprendimos en estos últimos días sobre el río y voy imaginando con lujo de detalles cómo van a ser esas primeras remadas y curvas. Imagino los grandes paredones y el agua avanzando a toda velocidad contra unas piedras que tengo que esquivar. De un lado veo remolinos gigantes que podrían chuparme y llevarme al fondo. Del otro hay unos borbotones de agua que amenazan con darme vuelta. En el medio está el muelle caído que tenemos que esquivar porque nos podemos quedar atrapados si la corriente nos lleva para ese lado. Hay plantas con espinas en las costas que nos pueden pinchar los botes y el viento fuerte del oeste está levantando olas de cuatro metros. Esas olas rompen contra los paredones y pienso en lo que tendría que hacer si se da vuelta uno de los chicos o yo. Miro a mi derecha y unos pumas hambrientos nos muestran sus afilados y ensangrentados dientes mientras se comen un guanaco. En la costa de enfrente hay ovejas pastando. Veo una, dos, tres, cuatro, cinco (…) doce, quince, dieci… Sí, creo que lo mejor es dejar de imaginar que soy el Indiana Jones de la Patagonia y empiezo a contarlas a ver si así me puedo dormir.

Suena el despertador y como todas las mañanas lo primero que hago es correr la cortina para ver cómo está el cielo. Pero desde hace días el cielo está nublado y no se llega a ver ninguno de los picos. Bajo a poner la pava para tomar algo caliente y desayunar bien antes de salir. Sol baja la escalera con los ojos más cerrados que abiertos y saluda con la mano mientras camina para el baño. Fue una noche corta para todos y creo que lo mejor sería no salir. Yo me siento cansado, pero no estoy solo y antes de tomar cualquier decisión tenemos que hablarlo. Escucho la escalera. Veo que bajan medias en lugar de zapatillas y en esas medias se asoma Javi. Yo no me vi la cara pero seguramente debo tener la misma cara de culo que él. Corre la cortina de la cocina. Mira para un lado, mira para el otro. Ve el reloj. Sol vuelve del baño y lo mira a Javi. Javi me mira a mí, yo la veo a Sol. Nos miramos pero nadie dice nada hasta que Javi rompe el silencio y se escuchan las palabras que todos queríamos escuchar:

— Che, ¿y si hoy nos quedamos y salimos mañana?

— Sí, a mí me parece que sí. Por mí está bien – dice Sol con cara de dormida.

— Yo estaba pensando exactamente lo mismo. ¿El dulce de leche dónde está? Ni se imaginan el sueño que tengo para contarles.

(La verdad no me acuerdo que hice el resto del día, pero hasta acá ya conté la parte interesante. El resto seguro fue tomar unos mates, charlar, almorzar, dormir una siesta, ir hasta la panadería, tomar mates de nuevo, revisar el pronóstico, ver de vuelta los mapas, perder el tiempo en las redes sociales y todas esas cosas que se hacen cuando no tenés nada mejor que hacer. Cenamos temprano y a dormir).

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(Se repite la secuencia de ayer pero con algunos cambios) Suena el despertador y como todas las mañanas lo primero que hago es correr la cortina para ver cómo está el cielo. Hoy el cielo no está del todo nublado y se llegan a ver los picos. Bajo a poner la pava para tomar algo caliente y desayunar bien antes de salir. Sol baja la escalera con los ojos más cerrados que abiertos y saluda con la mano mientras camina para el baño. Fue una buena noche para todos. Escucho la escalera. Veo que bajan medias en lugar de zapatillas y en esas medias se asoma Javi. Hoy ni él ni yo tenemos cara de culo. Corre la cortina de la cocina. Mira para un lado, mira para el otro. Ve el reloj. Sol vuelve del baño y lo mira a Javi. Javi me mira a mí, yo la veo a Sol. Nos miramos pero nadie dice nada hasta que Javi rompe el silencio y se escuchan las palabras que todos queremos escuchar:

— Listo. ¡Nos fuimos!

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Al encuentro del Río Santa Cruz

790 metros cúbicos por segundo frente a nuestros ojos y no puedo estar más hipnotizado frente a tanto movimiento. Miro los pilotes del puente por donde pasa la mítica Ruta 40 y la fuerza del agua los envuelve como si fueran dedos que están por quebrar un escarbadiente. Estamos en lo que se conoce como el Paraje Charles Fuhr o lo que queda de él. Antes del puente habían unas balsas para cruzar el río y hasta un hotel para viajeros. Hoy solo quedan algunos cimientos y unos cuantos álamos.

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En el suelo están los botes desinflados y el equipo desparramado. Las bicis siguen hasta con las ruedas puestas y nosotros aún no nos pusimos los trajes secos. Estamos apurados para aprovechar lo que queda del día pero todos los movimientos y la puesta a punto del equipo se vuelve algo lenta o por lo menos esa es mi sensación. Casi que ni nos hablamos y cada uno está en la suya. Miro el reloj y ya pasó casi una hora. Por momentos me da la sensación de que desarmamos lo ya armado. Le buscamos un nuevo lugar a lo que ya estaba acomodado con la excusa de encontrarle uno mejor, pero creo que en el fondo estamos tratando de estirar lo más posible eso que sí o sí sabemos que tiene que pasar: empezar a flotar.

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La incertidumbre da vueltas en mi cabeza con la misma fuerza que veo correr el río y alimenta algunos miedos que encuentra por ahí. Pero choca contra una pared cuando se encuentra con esa parte de mí que siente que está donde quiere estar haciendo lo que quiere hacer. Hace rato que me prometí a mí mismo no olvidarme nunca de esas palabras y tomarlas como un faro que me lleven siempre hacia ese horizonte al que sé que nunca voy a llegar, pero poco importa. El sentido está en el movimiento.

Estamos listos y lo veo a Javi con una latita de cerveza en la mano. Qué buena idea pensé, qué bien que estuvo con traer esa sorpresa como para brindar al final del día, pero no llego ni a ponerle el punto al pensamiento cuando escucho que la abre. Ahora sí que estoy desorientado.

— Vení Andrés, acercate. Nosotros siempre antes de arrancar las travesías hacemos una pequeña ofrenda a la Pacha. Fijate qué comida tenés a mano para ofrecerle.

— ¿Cualquier cosa?

—  Algo que en vos implique un sacrificio, algo que sientas realmente que vale la pena ofrecerle.

— ¿Una barrita de chocolate está bien?

— Sí, está bien. Traéla.

Nos acercamos a la costa y entre los tres hacemos un pozo. Había escuchado varias veces este tipo de rituales ancestrales pero nunca había participado en uno. Soy un poco duro para creer en todas estas cosas y me quedo observando al detalle cada uno de los pasos a seguir. El primero es Javi, sigue Sol y por último me toca a mí. Con esta ofrenda a la madre tierra lo que hacemos es pedirle permiso para poder conocerla y también pedirle que nos cuide. A cambio le prometemos respetarla y cuidarla. Le ofrecimos parte de la poca comida que llevábamos, volcamos la cerveza (perdón Pacha por la Quilmes) y tapamos el pozo con la misma tierra que habíamos sacado. No voy a escribir los detalles de lo que dijimos y pidió cada uno. Ese fue un momento íntimo entre ella y nosotros y así va a quedar.

Podemos creer o no en esto de las ofrendas y los rituales hacia la naturaleza pero lo que sí es verdad es que a partir de ese momento sentí que aunque mis pies seguían secos, el viaje ya había empezado. Los nervios ya no estaban y por un instante me sentí tranquilo. Un poco de paz entre tanta revolución, una pausa en el ritmo. Un momento de calma en el momento justo.

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¿Esto era? ¿Tanto mambo previo para esto? El río avanza con fuerza pero casi que no sentimos el movimiento y solamente nos dejamos llevar. Ya vamos una hora y no pasa nada de nada. Bah, sí: pasamos un par de curvas y lo más emocionante hasta acá fue la sorpresa de ver unos guanacos apareciendo en el filo de uno de los acantilados y tenerlos a unos pocos metros cuando nos acercamos a la costa. Creo que ellos se sorprendieron más de nosotros que nosotros de ellos. ¡Y la verdad que tenían varias razones para estarlo! Nuestros botes deben verse muy raros desde la costa… si me viera a mí mismo desde afuera lo primero que haría sería preguntarme: “¿eso es una bici? ¿Para qué llevás una bici si estás bajando un río?”. No llegué a escuchar a los guanacos pero seguramente el del medio le estaba diciendo al de la derecha:

— Miralos a esos, otros humanos que quieren bajar el río…

— Sí… cada tanto veo pasar alguno pero siempre en unos botes más grandes. ¡Nunca en esos que parecen de juguete y encima llevando bicicletas!

— Qué especie rara son los humanos, eh…

— La verdad que sí. ¿Che, comemos algo?

— ¡Dale! ¿Qué hay?

— Acá encontré un poco de coirón…

— Uff… igual que ayer y seguro igual que mañana. A veces tengo ganas de que me coma un puma.

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Miro a Javi y Sol y vienen bien. Quizás un poco tensos por las primeras sensaciones pero de a poco se van aflojando. Para ellos es la primera vez que se largan a una aventura sobre el agua y y puedo imaginar lo que van sintiendo. Seguro las mismas o muy parecidas sensaciones que yo sentí tres años atrás cuando estaba remando con Jime los primeros metros del Lago Nahuel Huapi en Bahía López en Bariloche. Estábamos en dos kayaks con equipo y comida para dos semanas con la idea de darle la vuelta por completo al cuarto lago más grande de Argentina. ¿Cuánta experiencia teníamos antes de ese día? La justa y necesaria para sentir que podíamos hacerlo. ¿Estábamos realmente preparados? Con el transcurso de los días y las diferentes dificultades que se nos presentaron nos dimos cuenta de que no. Pero así y todo lo hicimos. Confiamos en nosotros y lo hicimos. Fueron 300 kilómetros, y 12 días después llegamos al mismo punto de partida. Pero llegaron dos personas diferentes. Habíamos sentido la fuerza de la naturaleza poniéndonos contra las cuerdas hasta llegar al punto donde el azar de una ola más grande o una ráfaga de viento un poco más fuerte podía cambiar la historia. En esa travesía habíamos encontrado algo que hasta ese momento nunca habíamos visto de frente que fue sentir que estábamos muy cerca o casi al borde de nuestros límites y capacidades. Una vez me dijeron “si una aventura no termina en tragedia es una gran anécdota” y hoy, tiempo después y casi dos mil kilómetros más al sur, se repiten varios de los ingredientes de esa historia y por eso entiendo a los chicos. Espero que en unos días cuando lleguemos al final de esta travesía tengamos una nueva anécdota para contar.

Miro el reloj y ya son cerca de las cuatro. Aprovecho para ver la velocidad a la que venimos y confirmo la sensación que venía teniendo. Estamos avanzando más rápido que hace un rato y se puede ver como todo lo que está en la costa va quedando atrás con mayor velocidad. Los paredones que antes se podían ver a lo lejos ya se ven más cerca y no solamente a la izquierda sino que a ambos lados. El río se empieza a encajonar y los principios de la física sobre la mecánica de los fluidos hacen de las suyas. El agua se acelera y estamos entrando en la primera zona de rápidos. Voy adelante tratando de marcar la línea a seguir. De los tres soy el que más experiencia tiene remando, pero muy pocas veces lo había hecho en un río y mucho menos de estas dimensiones. Voy atento con todos los sentidos puestos en lo que estoy haciendo pero así y todo cada tanto el río me sorprende con borbotones que salen de la nada y remolinos que se forman en cuestión de segundos. El Santa Cruz no es un río de aguas blancas lleno de piedras y dificultades, pero es tanta la fuerza con la que el agua baja que tiene vida propia. Estamos bajando por un gran tobogán de millones de litros de agua. Todo es XL. Por momentos hay ondulaciones y  los botes suben y bajan casi un metro respecto a la línea de la costa. Chocamos contra las olas que se forman en la superficie y entran en el bote mojando todo lo que encuentran. Yo estoy bien y empiezo a entender el bote y al río. Miro a los chicos y vienen bien o por lo menos eso parece aunque sus caras no digan lo mismo. Lo importante es que pasamos los primeros rápidos y los tres seguimos sobre el agua y los botes.

El río no frena y aunque quisiéramos hacerlo tampoco podríamos. Estamos en una parte con paredones de más de 100 metros a ambos lados y es un callejón sin salida. Por momentos vamos más lentos pero así como bajamos la velocidad en cuestión de segundos también nos aceleramos en un abrir y cerrar de ojos. Alcanzamos a gritarnos para escucharnos y nos ponemos de acuerdo que en cuanto podamos salimos a la costa a descansar un poco. Por lo que veo adelante esto no va a ser posible hasta dentro de un rato.

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De repente la cola del bote se me va de costado y siento cómo se empieza a hundir. Giro la cabeza y veo atrás mío cómo se va formando un remolino gigante al que le veo la forma perfecta de embudo. Me empieza a chupar y solo puedo hacer una cosa: remar, remar y remar. Remar tan fuerte como pueda hacia adelante. Poner cada milímetro de mis músculos al límite para poder salir cuanto antes de ahí. Sé que puede pasar que me dé vuelta. Sé que puede ser parte del juego pero no va a pasar ahora. Empujo con fuerza, logro sacar el bote y me escapo del remolino.

A unos treinta metros viene Javi y un poco más atrás Sol. Les grito para avisarles que por ahí no pasen pero igual ya vieron lo que pasó y reman  para alejarse de donde estoy. Vuelvo a respirar con normalidad y no puedo hacer otra cosa que pensar que tenemos que estar atentos a todo lo que pueda pasar. El río avanza rápido y en cuestión de segundos las sorpresas aparecen.

Los siguientes kilómetros los hacemos a buen ritmo. En cualquier momento nos vamos a encontrar con lo que queda de un muelle caído. Lo había puesto hace poco una estancia para poder cruzar ovejas a la costa de enfrente, pero la fuerza del agua de la última crecida del río lo tiró y quedó volteado hacia uno de sus lados. Días antes de salir “El colo Shule”, un kayakista amigo que conoce el Santa Cruz como nadie, nos dio una mano grande con la logística de la bajada y con su ayuda pudimos marcar en el GPS varios de los puntos donde debíamos estar atentos además de las estancias abandonadas para pasar noche o las posibles vías de escape a la ruta por si teníamos que dejar el río por problemas o mal clima.

Entramos de nuevo en una zona de paredones y arriba y a lo lejos llegamos a ver el casco de una estancia. El muelle está cerca y remamos hacia la derecha para poder ir anticipando la jugada con tiempo mientras vamos dibujando con el río una curva hacia la izquierda. Y ahí está, apenas termina la curva veo el muelle y la turbulencia que la estructura caída genera en el agua. Acomodo el derive de la proa del bote para esquivarlo y pasamos sin problemas. Con esto y unos 17 kilómetros remados ya estamos como para decir que fue un buen primer día y es hora de buscar dónde dormir.

A nuestra izquierda está la Estancia El Rincón y hay varias casas y galpones. Vemos una playita más adelante y alcanzamos a frenar al lado de unos álamos donde hay una mesa de madera y un fogón. Sería un excelente lugar para armar la carpa pero el río está tan crecido que casi tapa la mesa. Bajamos de los botes y los subimos a tierra para que el agua no los arrastre. Por lo cuidados que se ven los galpones que tenemos más cerca, y sobre todo por la bandera Argentina que flamea en uno de los mástiles de las casas, llegamos a la conclusión casi obvia de que esta no es una estancia abandonada así que no queda otra que pedir permiso para poder pasar la noche.


Caminamos unos doscientos metros en dirección a lo que parece ser la casa principal y escuchamos a varios perros ladrar: típica situación cuando se entra a un campo o estancia y la moneda ya está en el aire. Seguimos caminando y viene corriendo el primero. Por las dudas siempre tengo la costumbre de tener una piedra a mano por si el can no de está de humor y no somos bien recibidos, sin embargo con estos perros no hay mejor arma que la empatía y mostrarles que no tenemos malas intenciones con “su territorio”, así que solo atino a agacharme, ponerme a su altura, sonreírle y mostrarle las manos predispuestas a una caricia o a jugar un rato. Sigue corriendo hacia nosotros y no para de ladrar. Trato de mirarlo a los ojos y cuando ya lo tengo a menos de diez metros, frena su carrera y empieza a mover la cola al compás de su cabeza. Se acerca un poco más y se acuesta panza arriba preparado para recibir todas las caricias que yo esté dispuesto a darle. Una vez más la técnica dio resultado y tengo un nuevo amigo de cuatro patas en la Patagonia.

El “timbre canino” ya se había escuchado y un hombre camina hacia nosotros. La tarde está algo fresca pero se acerca como si nada con una remera manga corta, sus bombachas de campo y la infaltable boina.

— ¡Buen perro! ¿Cómo se llama?

— Ringo. Es cachorrito este, los malos están atados al fondo.

Se ríe mientras señala un galpón y por dentro pienso que entre el  remolino y Ringo hoy es mi día de suerte. Parece un buen hombre pero por más que ya rompimos o un poco el hielo, los gauchos por estos pagos suelen ser bastante fríos, serios y distantes. Por lo menos al principio.

— Disculpe que nos hayamos metido así pero veníamos por el río y como ya es medio tarde queríamos preguntarle si no tiene un lugarcito donde podamos pasar la noche. Tenemos carpa y bolsas de dormir, solo necesitamos un lugar reparado del viento por si sopla.

(Silencio)

— Acá nada che, les diría allá abajo en “la matera” pero está todo inundado.

“La matera”: qué manera más espectacular para llamar a un rinconcito entre árboles con una mesa y un fogón donde poder hacer un buen fuego para calentar la pava y pasar horas al costado del río. Sin dudas era el mejor lugar del mundo para quedarnos pero no, imposible.

— ¿Nada? ¿Un galponcito? ¿Algún chaperio?

— Acá nada, pero si siguen un poco más por el río van a ver que se divide en varios brazos. Ustedes siempre agarren por los de la izquierda y más adelante van a ver que se forma una especie de laguna. Ahí hay un viejo puesto de la estancia donde pueden pasar la noche.

No eran buenas noticias pero tampoco eran tan malas. A veces cuesta entender que siendo miles las hectáreas de una estancia “no tengan” un lugar para poder armar la carpa, pero bueno, tampoco están obligados a recibirnos si no quieren y la mayoría de las veces solo cumplen órdenes de un capataz que está a cientos o miles de kilómetros y los visita una vez al año.

Nos quedamos hablando un rato y le preguntamos cómo es el río más abajo. Nos cuenta que se mueve bastante y que hay que tener cuidado con los paredones. Como el río está crecido está erosionando con más fuerza las costas y se están viendo grandes derrumbes. Esto no estaba en la lista de peligros y nos reímos con cierta ironía de su comentario.

— ¿Con viento se pone feo, no?

— Cuatro metros.

— ¿Cuatro metros qué?

— Las olas. Olas de cuatro metros ahí contra los paredones.

— ¡¿Cuatro metros?! ¿Seguro? Me parece mucho…

— Sí, cuatro metros.

En fin, me parecía (y sigue pareciendo) muchísimo. Por más exagerado que sonara las palabras de un gaucho siempre son dignas de escuchar y sobre todo respetar. Suponiendo que exagere un poco… tres, dos o hasta un metro sigue siendo una ola bastante grande.

Repasamos las indicaciones para llegar al viejo puesto. Nos damos un fuerte apretón de manos, de esos que te duelen un poco, y volvemos a los botes.

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— ¿Dijo siempre a la izquierda, no?

— Sí, pero en teoría era cerca y estaba acá nomás…

— En teoría…

Ese es el gran problema de la gente que vive en zonas como la Patagonia donde todo es a lo grande y los lugares siempre quedan lejos. O mejor dicho, no es un problema de ellos. Es un problema de la percepción de “cuánto es lejos o qué significa cerca”. Para citadinos como nosotros diez kilómetros pueden ser cruzar media ciudad y acá esos mismos diez kilómetros son como ir hasta la esquina. Algo me dice que todavía tenemos para un rato largo en el agua y los mates tan deseados a esta altura de la tarde van a tener que esperar.

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El sol está más bajo, las fotos se empiezan a ver más doradas y ni idea dónde está el puesto. Empezamos a dudar sobre si habíamos seguido al pie de la letra las indicaciones y hasta sospechamos que quizás seguimos de largo y no lo vimos. Para colmo arriba de los botes vamos casi a la altura del agua y eso nos quita toda posibilidad de poder ver a la distancia si estamos en la dirección correcta. Vamos por unos brazos donde el agua casi que no corre y eso nos obliga a remar con fuerza para poder avanzar. Frenamos en la costa y Javi sube una pendiente tratando de ganar altura para poder ver alguna construcción y nada. No hay señales ni puesto a la vista. Volvemos al agua y empezamos a barajar la opción de acampar en el primer lugar que veamos, pero tenemos un gran paredón a la izquierda y solo pequeñas islitas a la derecha. Estamos remando entre laberintos y no nos queda otra que seguir buscando.

La velocidad de avance es de solo 4 o 5 kilómetros por hora y pienso que estos botes son geniales cuando la que empuja es el agua y no tus brazos. Bien lejos, casi en la línea imaginaria que se dibuja en el horizonte parece haber una especie de entrada y jugamos todas las fichas a que ahí empiece la laguna.

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¡Puesto a la vista! Lejos, pero por lo menos ya está a la vista y hacia él vamos. Estamos cansados pero remamos con un solo objetivo en mente que es llegar, bajarnos de los botes, cambiarnos lo húmedo por ropa seca, calentar agua y sentarnos a yerbear y charlar un rato largo. Pasaron tantas cosas desde los mates que no pudieron ser en “la matera” que parecía que era un recuerdo de otro día. Que había sido ayer. Ni hablar si tengo que recordar las sensaciones previas al meternos al río, la ofrenda a la Pacha o de los segundos eternos donde casi me succiona un remolino y termino viendo las truchas desde abajo. Hasta acá fue un día largo pero no en horas si no en intensidad. Es un día que tiene las mismas horas que cualquier otro pero cada segundo fue pleno y lleno de sentido. Cada minuto valió la pena y no tengo ninguna duda de que por esto es que me gusta tanto viajar y hacer lo que hago. Es por esto que elijo y siento que vale la pena el correr riesgos, sentirse cansado, pasar frío, tener miedo, hambre o sed hasta el punto de llegar a preguntarme: ¿qué mierda estoy haciendo acá?

¿Qué estoy haciendo? Sintiendo la vida pasar. Eso estoy haciendo.

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Fotociclista. Culo inquieto de nacimiento e inconformista crónico por elección. Intentando ser libre desde el 2012 (y en eso estamos). ¿Feliz? Creo que a veces.

Comentarios

  • Luis Morán
    12 julio, 2018

    Super chingona la aventura. Desde hace tiempo Argentina me hace un llamado con cada uno de sus relatos. Espero muy pronto disfrutarlos de la misma forma en que lo hacen ustedes. Gracias por compartirlo

    responder
  • Mica
    11 julio, 2018

    Hermoso relato!!!!!!!! Me encanta cuando quien relata logra llevarme mentalmente al lugar que describe. Que emocionante! Gracias por acercarnos un pedacito de viaje, increíble Patagonia que tan felices nos hace! Un abrazo

    responder

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