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    Refugios Volcán Lanín

    CRÓNICA DE UN ASCENSO A LOS REFUGIOS DEL VOLCÁN LANÍN

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    Desde que soy chica tengo al volcán Lanín entre ceja y ceja. Mi papá —con sus historias de mochilero adolescente por el sur de Argentina y Chile— es el responsable de que hoy esté con mi casita rodante en el área Tromen del Parque Nacional Lanín mirándolo fijo, casi en modo hipnótico, pensando en si será difícil o no llegar hasta sus refugios. Y digo refugios porque para subir hasta la cima hay que tener grampones, casco y piquetas y no solo no tenemos ese equipo, sino que además no tenemos la experiencia ni el estado físico para caminar con nieve en una pendiente mayor a 45 grados.

    Papá estuvo en el Lanín en el año 1965 cuando tenía 16 años. Él cree que caminó por la cara sur: llevaba su bolsa de dormir verde oliva, un pantalón “Pampero” del mismo color, un pulóver de lana grueso, unas botas marrones “Marasco” y una mochila de 45 kilos que pesó en Constitución antes de subirse al tren Roca. Esa fue una de las grandes aventuras de su vida y uno de los motivos por los cuales ama la Patagonia argentina. Sus recuerdos suelen aparecer los domingos en los asados familiares: la pipa que se fumó cuando llegó a la base del volcán, “el grupo de los seis” con los que viajó, la Asociación de Acampantes Independientes de Buenos Aires que fue quien organizó el viaje, el momento en el que se dio cuenta de que no había llevado lentes de sol y el reflejo de la nieve le hacía doler los ojos, el día que llegó a un San Martín de los Andes de calles de tierra y bueyes tirando carretas sobre la costa del lago Lácar.

    Yo, con 32 años y un alma aventurera que forma parte de mi ADN, quiero animarme a subir la cara norte del Lanín. Esa es la única cara en la que hay refugios para pasar la noche, y ese es el plan que tenemos con Andrés: llegar hasta el último refugio que se puede llegar —el refugio del Club Andino de Junín de los Andes, también llamado CAJA—, dormir a los 2600 metros de altura y bajar al otro día. Así empieza este peregrinaje.

    1. Travesía (del bosque a la base del volcán)

    Son las 11 de la mañana y todavía no salimos. Seguimos en la camioneta armando las mochilas como si esta travesía durara cinco días y no dos. Antes de nuestras aventuras hay una secuencia que siempre se repite: Andrés se queja del peso de las mochilas y de que el equipo no entra mientras intenta meter con presión su campera de pluma al son de una frase que roza con sus ideales: “¿¿cómo puede ser que llevemos tantas cosas??”. Yo, lejos de meter más leña al fuego, me río por lo bajo y pienso que no es que llevamos cosas de más sino que siempre llevamos lo mismo y creo que el problema está en que sigue sin aceptar que no tenemos el equipo liviano, chiquito y técnico de dos gringos.

    Con las mochilas a cuestas y los bastones de trekking en las manos, entramos al centro de informes para que el guardaparque nos revise el equipo. Esto es obligatorio antes de emprender la travesía y está bien que así sea: muchos dicen tener el equipo para llegar a la cumbre y no lo tienen completo o no llevan el casco homologado o les falta el botiquín de primeros auxilios, y el guardaparque es quien levanta o no el pulgar para no poner en riesgo a nadie. Nosotros tenemos el visto bueno.

    A medio kilómetro sucede lo peor: nos acordamos de que nos falta el mate. Sí, yo no lo agarré, me hago cargo, me lo olvidé adentro de la camioneta. Andrés me mira con ganas de matarme y vuelve a buscarlo —porque es inconcebible llegar hasta casi la cima de un volcán y no tomarse un mate calentito—. Cuando vuelve, me lo mete en el bolsillo de mi mochila y ofuscado por empezar la caminata así, encara el bosque sin mirar para atrás. Yo me sigo riendo por lo bizarro de la situación y la travesía, oficialmente, empieza.

    Atravesamos un bosque de alerces y amancays, y el sendero que empezó ancho y verde, comienza a hacerse más y más angosto hasta que dice chau: desaparece el bosque, desaparece el sendero. El suelo se vuelve gris ceniza, hay piedras chicas del tamaño de una pelota de tenis y grandes como cascotes, manchones de pasto color verde lima, una joroba de árboles verdes y bajos atrás, y de fondo, el Lanín. Estamos en la base del volcán a 1275 msnm. Acá empieza el trekking y lo que viene lo dice todo: una recta de piedra finita y alta.

    Base del volcán Lanín

    2. La espina de pescado (o la recta de piedra interminable y los flashbacks)

    Espina de pescado volcán Lanín

    Desde donde estamos el camino se ve como una espina de pescado, real. Y la duda que tenemos es: ¿en qué punto se empieza a subir por la ladera del volcán? A la derecha de la montaña hay una huella, pero es demasiado vertical y pareciera ser una bajada de esquí. A la izquierda no hay manera de subir, y por ahí claramente no hay que ir. Nos quedamos mirando la montaña como queriendo entender lo inentendible —sí, formamos parte del club de los que hablan sin saber y pueden pasar horas y horas en ese círculo vicioso— y cuando nos damos cuenta de que no vamos a llegar a ninguna conclusión desde acá, seguimos la caminata.

    Subimos a la espina y el sendero se vuelve finito. Solo hay piedras y más piedras. De a poquito vamos ganando altura y un precipicio aparece de ambos lados. Me acuerdo de haber leído en un folleto que este tramo se suele hacer en una hora y que la pendiente es de 15 grados. Y como los precipicios me ponen un poco nerviosa, camino con ritmo para que ese recorrido no se haga más largo de lo que es.

    Pero a mitad de camino, freno. Se me viene a la cabeza las veces que le dije a papá que quería subir al volcán Lanín y las veces que él me relató con nostalgia ese viaje que lo hizo tan feliz. Pienso cómo las historias que nos contaron nos influyen y cómo la experiencia de alguien importante para nosotros —sobre todo un padre— nos lleva a querer vivir lo mismo. Y acá estoy yo ahora, con los ojos lagrimeando porque cuando pienso en él siempre me pasa lo mismo. No sé si es que quisiera que esté ahora caminando conmigo o si es ese sentimiento genuino de la hija que quiere sentir lo que sintió su papá hace 55 años atrás.

    3. El camino de mulas (un zig-zag pegadito al cielo)

    Caminata por sendero de mulas volcán Lanín

    El desvío que no podíamos identificar de lejos, acá esta: está cerca de la huella de esquí, un poco más arriba. Acá empieza lo que se conoce como “el camino de mulas” y la pendiente empieza a ponerse cada vez más dura: 20 grados y en zig-zag.

    Estamos subiendo la ladera norte de la montaña y es áspera, dura, seca. Si no fuera por el paisaje que acompaña nuestros pasos, nada de esto tendría sentido. Ni el esfuerzo ni las cuatro horas —hasta ahora— de caminata ni el peso que cargamos en la espalda. Pero el paisaje es todo: es el lago Tromen, es el bosque de araucarias, es la punta de un volcán, es el cóndor que vuela, es el cielo con nubes cirros, es todo lo que pasa cuando el volcán deja de ser el protagonista de la historia y la mirada se amplía hasta volverse infinita como este horizonte verde y azul.

    Vista desde el camino de mulas volcán Lanín

    4. Entre refugios (el último esfuerzo hasta nuestra cima)

    Nuestra cima es el segundo refugio, el CAJA, pero antes hay que llegar al refugio militar nuevo. Seguimos estacas, piedras pintadas y carteles hasta que nos cruzamos con un cilindro color naranja flúor con una bandera argentina y un REPÚBLICA ARGENTINA grande y negro a ambos costados. Un militar nos saluda y nos dice que falta poco, que vamos bien, que a nuestro ritmo estaremos llegando en una hora. Sabemos que queda el último tramo y que es la parte más difícil: una pendiente de 25 grados y de pura piedra volcánica.

    Refugio militar nuevo volcán Lanín

    Entre refugios

    Subimos despacio porque la inclinación se siente hasta en la punta del dedo gordo. Frenamos más que antes, no solo para tomar aire sino también para mirar: empiezan a aparecer los primeros manchones de hielo repartidos en la montaña. La cuesta cuesta, pero la vista a los casi 2500 metros es el mejor premio a la libertad que podemos llegar a tener.

    Cóndor volando en el volcán Lanín

    La llegada al último refugio es lenta: las piernas pesan, los pies están cansados y lo único que queremos a esta hora de la tarde es sentarnos, tomar unos mates y entrar en modo avión.

    Último metro y medio, último metro, último medio metro: llegamos. Vemos al CAJA, un refugio chiquito y amarillo con forma de ve invertida donde no entran más de ocho personas acostadas. El único lugar con techo antes de la cima, la parada obligada para los que quieren hacer cumbre y la última posta para los que se sienten satisfechos de llegar hasta acá, como nosotros.

    Vista desde los refugios del volcán Lanín

    Llegamos y me olvido del dolor de piernas, del cansancio y del esfuerzo de estos últimos metros. Siento orgullo y una alegría inmensa por haber cumplido el objetivo que alguna vez me puse: subir al volcán Lanín como lo hizo mi viejo.

    Cenamos a las siete de la tarde, nos vamos a dormir a las ocho y a la mañana siguiente nos levantamos a las cinco de la mañana para llevarnos de regalo un amanecer anaranjado y silencioso, mientras vemos al Lanín parpadeando con las lucecitas de las linternas de quienes están caminando hacia su cumbre.

    Acomodamos el equipo y antes de empezar a bajar guardo este paisaje y el ascenso al Lanín en los bolsillos de mi memoria: este será un recuerdo bien vivido para compartir un domingo en familia.

    Amanecer en el Lanín

    Amanecer en el Lanín

    Amanecer en el Lanín

    Info útil sobre el volcán Lanín y el ascenso a sus refugios o a su cumbre:

    El volcán Lanín está dentro del Parque Nacional Lanín en la provincia de Neuquén, Argentina.

    Hay dos caras que se pueden subir:

                 1. La cara sur (área Huechulafquen) en la que está prohibido pernoctar y a la que se llega hasta la base del volcán a 1731 msnm. La caminata es de dificultad alta, son 10 kilómetros en total y dura 8 horas aprox —ida y vuelta—. Importante: esta senda permanece cerrada de mayo a noviembre. Un lindo camping agreste donde podés quedarte si querés hacer este trekking es el Camping Los Coihues sobre el lago Huechulafquen.

                 2. La cara norte (área Tromen) relatada en este post en la que sí se puede pasar la noche en los refugios o en carpa y que también es de dificultad alta. Hasta el refugio militar nuevo son 6,6 kilómetros y se llega hasta los 2315 msnm. Hasta el refugio CAJA son 7,5 kilómetros y se llega hasta los 2600 msnm. En total, se caminan de 5 a 7 horas aprox —ida—.

    – Para ascender a la cumbre o a los refugios es obligatorio y gratuito registrarse de manera online y en el Centro de Informes del parque. Te aconsejamos que te registres con anticipación para asegurar tu lugar.

    – Si querés llegar a la cumbre, tenés que tener conocimiento y experiencia en técnicas de desplazamiento en hielo. Si no tenés experiencia, podés contratar guías habilitados por el Parque Nacional Lanín. En ambos casos es obligatorio llevar grampones, piquetas, casco, bastones, radio VHF y botiquín de primeros auxilios (además de indumentaria y calzado en buen estado, bolsa de dormir, aislante, anteojos, linterna y calentador). En condiciones invernales también debés llevar zonda, arva y pala.

    – Si solo querés llegar a los refugios, también es obligatorio que lleves indumentaria y calzado en buen estado, bolsa de dormir, aislante, anteojos, linterna, calentador, botiquín de primeros auxilios y radio VHF.

    – En el inicio de la picada del área Tromen hay un Centro de Informes con baños, estacionamiento y wifi libre. También hay un camping y un área de uso diurno con playa en el lago Tromen. Más allá de subir o no al Lanín, es un lindo lugar para pasar unos días.

    Para ver más fotos y videos de lo que fue el ascenso, mirá esta historia destacada en nuestra cuenta de Instagram. Y si querés más info oficial, leé los requisitos y la información que comparte la página del Parque Nacional Lanín.

    Escritora y nómada digital. Viajo desde el 2013 y comparto en este refugio digital mi estilo de vida. Me apasiona la escritura y por sobre todo inspirar y animar a través de la palabra. También escribo en luzyhumo.com y mi primer hijo de papel se llama Letras Luz. Dicto talleres de escritura y de viajes, no puedo vivir sin mis libros y cuadernos y soy fan de la autoexploración.

    Comentarios

    • Alejandro
      30 septiembre, 2020

      Hola. Muy lindo y emocionante tu relato sobre el ascenso al Lanín, acompañada por el recuerdo del viaje de tu padre. Yo intenté cinco veces la cumbre: en la priemera, nos tocó una tormenta de nieve impresionante y llegamos al refugio empapados; en otra me fracturé un pierna, afortunadamente sin desplazamiento de hueso; y en mi ultima subida hice cumbre con 12 amigos. Cada viaje fue una experiencia distinta y maravillosa. Leyendo tu relato, me dan ganas de hacer una nueva subida, si es que el físico me da (65 ahora) . Saludos!

      responder
    • Ruben
      4 agosto, 2020

      Muchas gracias por compartir su experiencia
      Yo intentaré en diciembre hacer cumbre y voy con mi hijo con guias
      Ya saque pasajes y hotel esperemos podamos saludos

      responder
    • Guillermo Salum
      19 junio, 2020

      Sabes que sí. Sabes que se me parten los ojos en pedazos cuando leo “subir el volcán Lanin como lo hizo mi viejo”. Tengo una hija de 6 ,y yo, el unico aventurero de la familia. Cuanto daría porque me hubiesen llenado de aventuras y sentir lo mismo que narras vos. No voy a dejar pasar un día sin mostrarle a esta chinita que hay otras cosas por hacer, sueños por cumplir y libertades por vivir.

      Saludos y éxitos!!!

      responder

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