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Carretera Austral Kilómetro 0: fin de viaje

Si tenés problemas para navegar el sitio es porque lo estamos renovando. Pronto todo va a volver a la normalidad.

No tenemos idea qué hora es. Caminamos por las calles de Puyuhuapi y el sonido del viento se entremezcla con el de la máquina de cortar el pasto y la voz aguda del panadero se cruza con la voz gruesa del de Vialidad mientras dirige el tránsito hacia una calle paralela porque están levantando la vereda. Todo sucede al mismo tiempo. De un lado la puesta en valor de un pueblo, del otro el bosque y el mar.

Volvemos a la ruta con un sol que raja la tierra. En el camino, el ripio y el asfalto juegan a la par: pareciera que ninguno de los dos puede vivir sin el otro. Esa intermitencia, que siempre pasa desapercibida, es la que en definitiva nos ancla al momento presente: en las bajadas hay que estar atentos a las piedras y a las curvas, en las subidas más vale que mantengamos el ritmo porque sino no va a quedar otra que caminar, en un llano limpio y liso la ruta le pasa la posta al bosque para que podamos verlo todo. ¿Te das cuenta? Todo tiene sentido. Hasta la rutina de la no-rutina lo tiene: ese cafecito en la banquina o en un puente, esa charla espontánea donde casi siempre conversamos lo mismo pero en paisajes diferentes; ese disparador de aromas, de sonidos y de palabras que cambia todo el tiempo y donde la rutina se vuelve liviana.

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Esa noche acampamos al lado de un puente en las afueras de La Junta. Somos tres parejas en total: dos en carpa y una en motorhome. En plena madrugada nos levantamos con un reggaeton sonando a los cuatro vientos que nos hace latir el corazón como si hubiésemos escuchado no sé, una bomba. Gracias que nos acordamos de comprar tapones para los oídos, pero el reggaeton parece que tenga la capacidad de filtrarse en los tímpanos con la rapidez de un rayo. Nos volvemos a dormir cuando la fiesta termina, y cuando nos quedamos solos nos damos cuenta que hoy es viernes y claro, la gente aprovecha a salir, tomar y esas cosas. A veces el calendario de los viajeros va muy en contramano con el del resto de los mortales.

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Esta es Villa Vanguardia. Tiene casitas color bordó con jardines de pasto verde y rosas rojas, una calle principal de ripio que se funde en ese monte con forma de teta, un mercado al que solo le quedan galletitas de chocolate al final de la temporada y un silencio de domingo que dura toda la semana

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A las seis de la tarde empezamos a buscar un lugar donde armar la carpa, pero justo en este tramo no encontramos ni un espacio libre. Andrés va a adelante con su radar hay-que-encontrar-un-lugar-para-acampar activado, yo atrás y zaz! Cubierta trasera pinchada. Camino dos kilómetros (los dos kilómetros más largos de mi vida) y decidimos frenar debajo de un puente donde encontramos un lugarcito tamaño 2×2 para acampar. Mientras desarmamos el equipo se acerca otro cicloviajero (creemos que era alemán por su español tan trabado) y nos pregunta si puede acampar al lado nuestro porque no encuentra otro lugar, y con Andrés nos miramos y le decimos: “mirá, si querés parar acá vas a tener que dormir encima de esas piedras porque no hay más lugar”. El cicloviajero mira las piedras, mira nuestra carpa y sí, claro que ahí no iba a poder dormir. Las piedras son puntiagudas, anchas y están metidas en la tierra. Nos despedimos y al ratito ya estamos cenando nuestro plato de fideos de todos los días.

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Pasamos las tardes entre atardeceres en los fiordos, mates en el bosque, glaciares desde la ruta, noches de carpa rodeadas de flores y puentes que se vuelven tan protagonistas como el paisaje. En la Carretera Austral no hay uno que no sea fotogénico, algunos se mimetizan con la naturaleza, otros llevan la impronta de la ruta con sus tirantes fuertes, estructuras altas y pilares anchos. Si no fuese por ellos no tendríamos forma de conectar la tierra dividida por agua.

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Jamás vimos tantos glaciares juntos como en este viaje. Nunca imaginamos que podían estar tan pero tan cerca y que la palabra “gigantes” les quedaría chica. Al principio aparecían todo el tiempo. Con la transición de la estepa muy de vez en cuando se asomaba alguno y en estos últimos kilómetros se nos vinieron todos encima. La frutilla del postre fue llegar al portal sur del Parque Nacional Pumalín, una de las áreas silvestres protegidas por Douglas Tompkins y su fundación The Conservation Land Trust. Desde la ruta y entre las nubes, la vista era esta:

Pero no podíamos terminar este flor de viaje con esa foto, no. Así que nos fuimos a la costanera y nos sacamos la foto que merecíamos: el recuerdo del fin del viaje y del sueño cumplido.

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El detrás de las fotos cuando algo sale mal 🙂

Dentro del Parque todo está tan prolijo que asombra. No se escucha nada más que pájaros, lluvia y viento. El sendero está perfectamente marcado y de vez en cuando aparecen refugios de madera y cicloviajeros comiendo latas de atún. Frenamos en un sendero que te lleva al corazón del bosque y con cada kilómetro que pedaleamos nos vamos alejando de la ruta, de la civilización, de todo lo que no es natural. Llegamos hasta El Ventisquero, uno de los sectores de acampe más lindos de Pumalín, y todo se ve nublado y el perfume a pasto recién cortado se siente en el aire. No nos decidimos si acampar allá o acá y es que el parque es tan grande que acamparíamos en todos los lugares a la vez. Armamos la carpa al lado de un árbol y ahí nos quedamos, esperando que la lluvia pare y el sol despeje el paisaje.

Al otro día nuestros sentidos se hacen un festín: las montañas nos saludan con sus picos tocando el cielo, el bosque brilla por la humedad del rocío, el sol de a poco empieza a calentar la tierra y un glaciar gigante con forma de lengua se asoma entre los árboles como invitándonos a cruzar el portal que nos separa. Agarramos los bastones de trekking y las mochilas, separamos unas paltas y unos pancitos, cargamos el termo con agua y salimos.

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Sí: Pumalín es un portal a otro mundo. Primero el frío del bosque y la tierra mojada, después el sendero de madera donde la tierra se hunde, el camino con pastizal amarillo, el bosque quemado y sus piedras volcánicas por una erupción de hace 16 años, arroyos y saltos, flores púrpuras, árboles blancos caídos como piezas de dominó, suelos color ceniza que se parecen a la luna, laderas siempre verdes con árboles sacados de una película de ciencia ficción, montañas escarpadas, ríos con torbellinos, suelos de hielo negro, piedras de hielo que se caen al agua solas, de golpe; y ese glaciar que se apoya en la tierra y que no podés creer que esté tan cerca tuyo.

Caminamos 25 kilómetros en total. Al final del día hasta las zapatillas se sienten cansadas y los mates de la tarde son la excusa perfecta para ver la puesta del sol. Esa noche pensé mucho en mi papá y en las ganas de que él estuviera acá con nosotros, imaginé cómo habrán sido sus días de mochilero a los 18 años y me alegró darme cuenta de que conmigo esa herencia aventurera todavía sigue en pie. Antes de dormir el cielo está tan estrellado que decidimos salir de la carpa y quedarnos un rato de pie en silencio dejando que nuestros ojos se muevan solos de una punta a la otra del universo. A veces solo basta ver las estrellas para darnos cuenta que podemos hacer miles y miles de kilómetros, pero que el cielo sigue siendo el mismo para todos.

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A la mañana siguiente nos despedimos del Ventisquero y la subida es tan empinada y en curva que no queda otra que subir las bicicletas en dos turnos, Andrés empujándolas desde el manubrio y yo haciendo fuerza desde atrás con el asiento a la altura de la frente. Una vez arriba la bajada es tan abrupta y pedregosa que tenemos que usar los pies como frenos. Después todo se aplana y volvemos a la misma carretera de siempre, pero por pocos kilómetros: nuestra próxima parada es el portal oeste de Pumalín.

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Sí, tenemos una debilidad por este Parque. Nos metemos en el lago Negro y decidimos acampar en los refugios del lago Blanco. Los refugios son unas casitas de madera con mesas, bancos, ventanas y balcones con vista al lago. Nuestra casa se llama Ulmo, nombre de una especie de árbol originario de Chile y Argentina. Encontramos el lugar ideal para colgar la hamaca paraguaya y dormir una siesta después de nueve días de pedalear y caminar sin parar.

Pumalín es uno de esos lugares a los que la palabra “perfecto” le queda bien. Hay paz en el lago, paz en el silencio, paz en la montaña, paz en todos lados. Son esos lugares donde todo está bien y donde volverías una y otra vez si lo tuvieses cerca. Pumalín es para ir y para volver.

Dormimos sin el cubre techo de la carpa mirando las estrellas y a la mañana siguiente nada se parece a ayer. ¿En qué momento se cubrió todo de niebla? Todo está blanco: el lago, el cielo, el paisaje y los árboles, de lejos, parecen pintados con carbonilla. Ahí entendemos por qué al lago se lo llamó Blanco.

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Cuando se despeja pedaleamos hacia otro de los lugares privilegiados del Parque: las Cascadas Escondidas. Dejamos el equipo en el área de acampe y en ese preciso momento es cuando sucede la magia:

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Esta es la foto que mejor representa el bosque de cuento que caminamos. Las hojas brotando de la tierra, la barba de indio decorando las ramas, el sol jugando con los colores y alimentando este oasis todos los días, pase lo que pase, estemos donde estemos

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Al final de todo sendero hay recompensa. Y el premio de este sendero es este paraíso verde. Ese color está en el aire, en las piedras, en los árboles y en el agua. El verde es tan vivo que te envuelve, te salpica. Y mientras tanto, el agua y su percusión. Y mientras tanto nosotros ahí, viviéndolo todo

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A partir de acá la Carretera Austral se podría llamar la Ruta de las Nalcas. Pedaleamos 14 kilómetros hasta Caleta Gonzalo, otro de los lugares más lindos para acampar dentro de Pumalín con su ripio pisado, su vegetación queriéndose comer la ruta, sus puentes peatonales y sus arroyos anchos. Caminamos por el bosque y por la costa de los fiordos hasta que la lluvia vuelve a entrar en escena, pero esta vez no renegamos de ella sino todo lo contrario: nos da un espacio y un tiempo para que entremos en comunión con estos últimos kilómetros que nos quedan de Carretera Austral. Mañana navegaremos los fiordos dos veces y a partir de ahí solo nos quedan 100 kilómetros hasta llegar a Puerto Montt.

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En el barco saco mi cuaderno y escribo:

“No hay como los paisajes de la Patagonia. No sé si es lo extremo, la lluvia que no para de caer, las nubes que esconden lo que nuestros ojos vienen a ver, las montañas y sus pinceladas de colores, los animales que cantan por la mañana y los que habitan el bosque, ese bosque verde que te abraza y envuelve. Porque si de algo estoy segura es que durante este viaje fue el bosque el que desplegó sus raíces y sus ramas para abrigarnos, para mostrarnos sus huellas y seguir con nuestros pasos este camino que conduce al mismísimo misterio que no es más que la propia vida. Si dejo que las palabras me atraviesen diría que los viajes me nutren el alma que no veo, pero que existe. Nutren mi yo invisible, mi yo fuera del tiempo. La Patagonia es el reflejo de nuestro yo animal, de nuestro origen más remoto. ¿O acaso por qué buscamos el frío, el viento, el sur más al sur de todos? Porque queremos conectar con esa naturaleza que llevamos dentro. Somos el árbol y el mar y la costa y el aire. Somos, pero lo olvidamos por nuestra divina humanidad. Y elijo la palabra “divina” porque gracias a este ser humano que soy, estoy viviendo este suelo que camino. Esta humanidad es la que me hace pensar y reflexionar, buscar adentro y afuera y es la que me hace soñar y vivir con el corazón. Me llené, siento que en la Carretera Austral me llené. Vibro con el cuerpo mientras los sentidos absorben el perfume del bosque, el sabor de la sal, la luz del sol. Ojalá el Universo me siga regalando momentos como estos, y si no, yo los saldré a buscar”.

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El tiempo se detiene cuando el verde y el agua coinciden en una perfección casi matemática formando reflejos como estos

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Así son los tiempos de la naturaleza en Hornopirén donde la vida de los pescadores se mide en mareas altas y bajas. El paisaje cambia y nos invita a caminar por playas que hasta hace un ratito estaban bajo el agua, mientras este barco se inclina hacia uno de sus lados para dormirse una siesta antes de volver a flotar y salir a pescar

La última navegación del viaje es hacia Caleta La Arena. Llegamos con los últimos minutos de luz. No tenemos idea dónde vamos a dormir, pero sabemos que de alguna u otra manera eso se va a resolver, como siempre, como todos los días. Mientras el sol pinta el cielo de naranja, encontramos un lugarcito libre al lado de una casa y armamos la carpa bajo la mirada romántica de estas gaviotas. Hasta las últimas horas tienen su cuota de magia.

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Al día siguiente llegamos a Puerto Montt. La entrada a la ciudad es una mezcla de bocinas, motores, carteles, desvíos, “hombres trabajando”, edificios altos y peatones. La tranquilidad de los últimos días se ve desbordada de urbanidad. Pasamos el cartel del KM 5 al KM 3 al KM 0,100… ¿Y DÓNDE ESTÁ EL DEL KM 0? 

Entramos a una oficina de turismo y nos dicen:

— Está en la entrada de la ciudad, ¿no lo vieron?

— No…

— Ah, claro, no. Porque como están remodelando toda la costanera lo sacaron.

— ¿Pero cómo puede ser que esté allá si acá dice KM 0,100?

— Claro no, porque allá hay un cartel de “Bienvenido a la Carretera Austral”.

— ¿Pero entonces nunca hubo un cartel de KM 0?

— Sí, hace mucho estaba afuera de la oficina de turismo, pero lo sacaron. Había un perro también.

— ????????

Se imaginarán que a esta altura de la conversación nada tenía sentido así que no nos quedó otra que sacarnos la foto con el único cartel que hay en Puerto Montt y que está entre dos avenidas repletas de tráfico. Así es la vida del cicloviajero: a veces su viaje puede terminar sin un cartel tan clave y simbólico como el del KM 0. Pero no podíamos terminar este flor de viaje con esa foto, no. Así que nos fuimos a la costanera y nos sacamos la foto que merecíamos: el recuerdo del fin del viaje y del sueño cumplido.

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Estas son las sonrisas que quedaron al sur del sur, un sur que se convirtió en nuestro norte y en el que nos sentimos completamente felices. Y todo esto en tan solo 1247 kilómetros de Carretera Austral.

De este viaje nació una película: “1247: La Carretera Austral”. Para verla online, hacé click acá.

☞ Nos invitaron a los hospedajes linkeados en este post a cambio de mencionarlos en el blog y la experiencia fue genial: súper recomendados.

Somos Jime Sánchez y Andrés Calla, amantes de la aventura y la vida al aire libre. En este refugio digital compartimos nuestro estilo de vida, relatos, fotos, info útil, consejos y muchísima inspiración.

Comentarios

  • Paula
    13 enero, 2019

    Hola Jime! Más vale tarde que nunca me encuentro con tu blog buscando circuitos para la bici en Chile! Te leo y me emociono! Hace ya 2 años salimos a bicicletear con mi marido y un grupo de amigos, y se nos ha hecho adicción! Este año íbamos a hacer Bariloche Esquel, y con el brote de Hantavirus hemos decidido cruzar al país vecino de nuevo, aunque sólo llegaremos a Pto. Mont. La idea es salir de Bariloche, cruzar desde lago Puelo a Chile, y recorrer por allí. Sugerencias? Ya empiezo a seguirlos en Instagram! Tengo 50 años y yo tampoco sabía que podía! Hermosos tus relatos! Saludos desde Mar del Plata!!

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  • Juan
    8 marzo, 2018

    Hola chicos! disfrute mucho los post de esta carretera autral que no conocía. Me encantó su forma de transportarnos al lugar a los lectores. Agredezco además la guía que armaron para viajar por la carretera autral donde comparte un monton de data importante y detallada.
    Yo venia con la idea de hacer una vuelta por Bariloche y alrederores en bici pero cuando leí sus posteos de la carrretera cambíe de destino. Ademas voy a contar con un poco más de tiempo así que quiero aprovechar.
    Quería preguntarles algunas cosas:
    Empezarla desde el sur en abril estaría bien o ya sería medio tarde por el frio?
    Por lo que leí, en uno de los post, el barco del lago del desierto sólo opera hasta marzo. Hay algún otro servicio que opere sólo en la temporada?
    Muchas Gracias!!!

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  • Leandro
    21 noviembre, 2017

    Me hicieron sentir parte del viaje. GRACIAS! Fue lindo leerlos, ademas de sentirse parte, motivan a otros a realizarlo. De hecho en dos meses rajo para el sur en bici. Abrazo enorme chicos. Los sigo leyendoooo

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  • Eduardo Aravena Arellano
    26 octubre, 2017

    que espectacular la valentia de ustedes y muchos mas que se atreven a romper con la monotonia de la vida, un fuerte abrazo desde Calama norte de Chile.

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  • Walter
    21 octubre, 2017

    Que gran experiencia chicos, gracias por mostrarnos estos pedacitos de felicidad. Les mando un fuerte abrazo.

    responder
  • Maga
    20 octubre, 2017

    Excelente chicos!!! me encantó!!!! que hermosa su experiencia!!!!…leerla fue como vivirla en carne propia…gracias por compartirla…!!! me gusta mucho el cicloturismo pero lo hago solo por mi ciudad…..por cuestiones de tiempo y laborales…excelente su post!!!!…los sigo siempreeee!!!…sigan así!!!!

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  • Miguel Angel
    18 octubre, 2017

    Muchas gracias Jime y Andrès, por guiarnos en este Viaje Imaginario, a travès de Vuestras imàgenes y relatos.
    ¡Que sigan Viajando, Pedaleando y Disfrutando el Camino!!!
    Un Fuerte Abrazo…
    “Nos Seguimos Comunicando”…una manera de relacionarnos…
    #Nos Seguimos Comunicando

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  • Gustavo De Luca
    17 octubre, 2017

    Hola chicos, después del Banff y de ver la proyección de 1247, faltaba el relato del día a día…. fotos excelentes y a seguir rodando!!! estamos en contacto y abrazos x dos….

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    • Fernando
      29 mayo, 2020

      Hola chicos los sigo desde hace rato, y ahora tengo en la mira, un viaje de cambios, necesito un giro en mi vida. Tengo 40 años, y mi idea es ir desde La Plata, Bs As, hasta Bariloche. A buscar trabajo, y volver a empezar por aquellos lados. Algún consejo, unas palabras de aliento, en este momento serían 100% aceptable. Gracias por leer y espero que me sirva sus experiencias en la ruta.

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  • Manuel Salazar
    17 octubre, 2017

    Excelente, felicidades, muy inspirador

    responder
  • Martin
    14 octubre, 2017

    Me encantó, parte del recorrido lo conozco pero lo hice en automóvil. De la entrada del Pumalin está el acceso a las Termas el Amarillo.

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  • Raúl O Leoni
    13 octubre, 2017

    Felicitaciones!!! Hermoso viaje que compartimos con Uds. gracias a v/relatos y maravillosas fotos que nos mostraron. Espero el próximo para seguir pedaleando en forma virtual con Uds. Saludos

    PD me gustaría por privado preguntarles por el equipo de fotografía utilizado

    responder

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