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    Chile entre selva, lagos y volcanes

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    Con solo cruzar la cordillera el aire cambia. Sí: es el mismo aire que respiramos en Argentina, pero nuestros pulmones por algún motivo lo sienten diferente. Quizá tenga que ver con que estamos tan acostumbrados a pedalear por nuestro suelo con aroma a asado y mate calentito que salir de casa nos hace sentir “distinto”.

    Este viaje es un paseo de solo cuatro días. Es el tiempo que tenemos libre antes de quedarnos a vivir dos meses en la Patagonia. Antes de salir revisamos el mapa una, dos, tres veces para poder dar una vuelta linda, corta y que todo salga redondo. La única contra es que de piernas estamos flojísimos: estos meses hubo mucha agua y poca tierra.

    Desde Ensenada subimos por la ruta U99V. Hacía rato que no pedaleábamos por una ruta tan prolijamente asfaltada. Su color negro brilla. No hay pozos, ni baches, ni nada de eso que puede entorpecer el paso. Y la banquina, ¡oh por dios!: así dan ganas de viajar en bici hasta el fin del mundo.

    chile en bicicleta

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    El cielo, al menos hoy, está celeste y minado de nubes esponjosas. Nos sorprendemos al ver que la nube gigante que pensábamos que nos estaba siguiendo, no es una nube sino nieve. Estática, brillante y alta sobre el volcán Osorno. Nos preguntamos si alguno de los autos que pasaron a 100 km/h lo habrán alcanzado a ver. Nosotros, que vamos a 7 km/h, logramos verle hasta las imperfecciones.

    El paisaje volcánico no es lo único que nos emboba de este camino. Los lagos enormes y espejados nos desorientan. ¿Estamos en Chile? ¿Esto es Chile? ¿En serio? El primer lago que bordeamos es grandísimo. Es el Llanquihué, el segundo más grande de Chile. En frente, y casi en miniatura, están las ciudades de Llanquihué y Frutillar. De este lado hay localidades más pequeñas separadas por pocos kilómetros.

    chile en bicicleta

    Las curvas y las pendientes son cíclicas: subir y doblar y bajar y doblar y subir. Todos los puentes tienen nombre y el camino parece un sendero autoaguiado en el medio de una selva de árboles: hay carteles que explican hasta la composición de la pared de piedra que está justo a nuestras espaldas.

    Pedaleamos todo el día hasta que nos desviamos de la ruta principal con el sol a punto de decir hasta mañana. No encontramos ni un solo espacio sin árboles, arbustos y espinillos para armar la carpa y pasar la noche, hasta que llegamos a un puesto de carabineros. Les preguntamos si podemos acampar en algún lugarcito libre, pero nos dicen que todos los cicloviajeros paran en el terreno de enfrente, que M. siempre recibe gente y que ahí seguro vamos a poder pasar la noche tranquilos.

    Nos acercamos a la casa de M. y una señora de pómulos rosados y bucles negros nos mira por la ventana. Nos invita a cruzar la puerta y entrar en su terreno con cara de buenos amigos. M. con su metro cincuenta, espalda encorvada y camisa blanca y celeste nos dice que acampemos donde queramos, que lo único que vamos a escuchar son los ladridos de los perros hasta que se acostumbren de vernos ahí.

    La noche pasa y el frío de la mañana nos hace abrigar a más no poder. Pedaleamos unos pocos kilómetros y nos sacamos las camperas: ahora tenemos calor. El termostato de un cicloviajero cambia como el viento. Después de dos días de pedaleo intenso, las piernas se sienten como plomos. Son ellas las que nos piden frenar, descansar y tomar mate. Pero no tenemos yerba, y cuando no tenés yerba, tenés más ganas de tomar mate. Pensábamos que en los próximos kilómetros no íbamos a encontrar ningún mercado, pero las curvas nos engañaron. En una vieja estación de servicio y con banderas de colores flameando de alegría aparece un almacén, el último hasta dentro de unos cuantos y largos kilómetros.

    El segundo lago que bordeamos es el Rupanco. Más chico que el Llanquihué, pero con señores volcanes observándolo todo. Y no solo eso: también hay cascadas. Caen desde lo alto de las montañas con una fuerza que nos da escalofríos.

    Mientras pedaleamos abrimos un capítulo aparte para los volcanes: dejamos de prestarle atención a todo lo que pasa a nuestro alrededor para verlos a ellos. Son tan gigantes que con su manto blanco imponen respeto. Y nosotros acá, diminutos y frágiles pedaleando una ruta que desde ahí arriba se debe ver como la línea de un mapa con escala 1:1.000.000. Alcanzamos a ver al Osorno, al Puntiagudo y al Puyehue.

    chile en bicicleta

    Otro capítulo se lo dedicamos a la lluvia: no puede llover tanto. Y cuando decimos tanto, lo decimos en serio. Llueve a cántaros, el agua nos desborda. No hay equipo impermeable que aguante. Y el frío se filtra por los poros: “ni bien encontremos un lugar donde refugiarnos, paramos”. A dos curvas de distancia frenamos en una parada de colectivos, pero a los dos minutos preferimos seguir hasta que aparezca un refugio cerrado y calentito.

    Media curva después aparece lo que alguna vez habrá sido la recepción de un viejo complejo de cabañas. Es una casa de madera, con ventanales de vidrio y un mostrador. Nada más. El mejor lugar para quedarnos, al menos hasta que pare de llover. El lugar ideal para armar la carpa, hasta mañana.

    Nos sacamos la ropa mojada, improvisamos un tender y hasta sacamos los aislantes y las bolsas de dormir para recuperar un poco la temperatura. Tomamos mate, esos que te abrazan la lengua y la garganta y que funcionan como manta térmica cuando tu cuerpo está helado.

    Nos ponemos a leer hasta que escuchamos un ruido. La puerta se abre y aparece una mujer de cara redonda y voz de mamá. Nos dice que mejor ahí no nos quedemos, que abajo, en su casa, tiene una habitación para que pasemos la noche. Ahora se tiene que ir hasta Osorno a buscar a su hija que sale de la facultad, pero que la esperemos, que ella a las 10 de la noche vuelve.

    Ahora son las 6 de la tarde. Se vienen cuatro horas de intentos logrados y fallidos para mantenernos despiertos. Así y todo, lo logramos. Esa noche no solo dormimos calentitos en una habitación, también tomamos sopa, comemos pan, brindamos con un vino chileno, tomamos café, comemos torta, hablamos de la vida, de los viajes, de Chile. Y esa mujer con voz de madre, pasó a ser una de las tantas madres que uno se cruza de viaje.

    chile en bicicleta

    El tercer lago que rodeamos es el Puyehue, “lugar de pececitos” en idioma mapudungun. De ahora en adelante sabemos que todo va a ser en subida, lenta y progresiva. Y así como vamos subiendo, el paisaje empieza a ser cada vez más y más verde. Estamos en las entrañas del Parque Nacional Puyehue rodeados de árboles altos y hojas verdes.

    chile en bicicletachile en bicicletachile en bicicleta

    A 4 kilómetros de la aduana chilena llegamos a Anticura. Y en lugar de seguir cansados, entramos al camping que está justo enfrente de la casa de Guardaparques.

    Sin saberlo llegamos a un paraíso de senderos y cascadas. Armamos la carpa rápido y salimos a caminar con las últimas dos horas de sol. Hacemos los caminos más cortos que llevan al salto del Indio y al salto de la Princesa. A mitad del recorrido nos encontramos con un árbol con un hueco enorme. Lo atravesamos de lado a lado y por un instante nos convertimos en hombre-árbol y mujer-raíces. Salimos y el bosque se siente más húmedo que antes, más vivo.

    chile en bicicleta

    Al otro día volvemos a la ruta y seguimos viendo cascadas. Esas que te hacen frenar, respirar y sacar la cámara de fotos. Pasamos la aduana chilena y el camino sube y se curva y no para de subir. Y empiezan a aparecer mantos blancos, esporádicos y perdidos entre las rocas y las laderas de las montañas. A los pocos kilómetros dejan de ser intermitentes y se vuelven una capa que lo cubre todo. Y al kilómetro siguiente la nieve se ensancha y gana altura. Lo que abajo fue lluvia acá arriba es sorpresa.

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    Desde la cima del paso Cardenal Samoré hasta la aduana argentina todo es en bajada. La nieve fresca poco a poco empieza a apagarse y las montañas imperiosas vuelven a escena levantándose al costado de la ruta.

    Ya estamos otra vez del otro lado de la cordillera, otra vez en Argentina. Volvemos a este suelo con algo más en las alforjas: la certeza de que en otros países nos podemos sentir tan cómodos como en casa.

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    Info práctica:

    • Cómo llegar: para hacer esta vuetita por Chile podés hacer el cruce de los lagos desde Bariloche (te lo contamos en este post) y volver por el paso Cardenal Samoré. Ojo que desde la aduana chilena hasta el punto más alto del cruce son 20 kilómetros en subida y si antes de hacer el cruce llovió mucho, arriba seguro está todo blanco como nos pasó a nosotros. En ese caso, si está muy complicado para pedalear o te cansa mucho la subida, te recomendamos hacer dedo. Otro tip: consultá los horarios de atención de las aduanas porque cambian según las temporadas y las condiciones climáticas.
    • El clima: la época más cálida es entre octubre y abril. La temporada más lluviosa y con bajas temperaturas es entre mayo y septiembre.

    Somos Jime Sánchez y Andrés Calla, amantes de la aventura y la vida al aire libre. En este refugio digital compartimos nuestro estilo de vida, relatos, fotos, info útil, consejos y muchísima inspiración.

    Comentarios

    • Abe
      13 febrero, 2019

      Hola, me interesa muchísimo este viaje y mi consulta es principalmente referida a mi familia, si se puede hacer con chicos de 10 o 12 años con su bici y soga de remolque para las cuestas.
      1- Qué distancia hay que pedalear realmente pues no puedo exigirles mucho.
      2- Si las carpas y bolsos, alimentos, abrigos, agua debo cargarlas yo o existe algún vehículo de apoyo que lo traslade, esto influye mucho especialmente en las subidas.
      3-De cuánto tiempo debo disponer para este viaje, puedo hacerlo en 3 o 4 días sin necesidad de alquilar casa en Bariloche.
      4-si hay grupos o contingentes, guías o quedamos solos por los caminos.
      Muchas gracias.

      responder
    • Babun
      27 abril, 2018

      Hola chicos! Hace unos meses me topé con su página investigando sobre caminos rurales alrededor de Colonia y me deslumbré con sus historias! Muchas gracias por la cantidad de información precisa y las hermosas fotos de sus aventuras! Nos inspiraron a mí y a mi novio a compartir nuestros propios viajes y los datos que fuimos recopilando 🙂 Es de tanta ayuda encontrar estos relatos antes de salir!

      Ahora estamos por ir a Bariloche para un evento, y después de leer su post se nos ocurrió hacer el cruce andino también! Jaja. Porqué no? Sobre todo cuando averiguamos en la aerolínea y sale más barato llevarlas en el avión que mandarlas por encomienda. Nos bajamos del avión y empezamos a pedalear!

      Pero tenemos sólo 4 / 5 días para cruzar a Chile y volver para el evento…
      Averigué en Turisur (es la única empresa que encuentro online) y ellos venden un paquete con todos los cruces en barco y cobran la vuelta el 50%.

      Tengo las siguientes dudas:
      – Se pueden comprar los trayectos separadamente? Hay otras empresas?

      – Se puede acampar a lo largo del cruce?
      En la página de parques nacionales dice que hay 2 zonas de acampe libre (en Blest y Frías) pero Turisur me dice que no (tal vez porque tienen la concesión del único hotel en Blest?).

      – Son principios de Mayo. Me dijeron que ya empezó a nevar… Recomiendan esta época para hacerlo? No nos asustan los caminos de ripio embarrados. Más nos preocupa tener que hacerlo apurados por los tiempos! o_o

      – Les parece que podemos hacer la ida en 1 día con Turisur y la vuelta en 3 días por el Paso Samore? Qué otra opción tendríamos para volver por otro camino?

      Espero no haberlos abrumado con mis preguntas!!
      Muchísimas gracias por su generosidad y espíritu aventurero.

      PD: Les tiro este link que tiene MUCHA info y fotos de rutas (para bikepacking específicamente y en inglés, pero tal vez les sirve) http://www.bikepacking.com

      responder
    • Carola
      18 enero, 2018

      desde donde hicieron parque vicente lopez rosales??? desde petrohue o desde peulla??? como me recomiendan hacerlo??

      responder

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