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La otra realidad

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Por la ruta no se escucha ni una mosca. Después de casi 500 kilómetros de ripio, andar por asfalto se volvió una necesidad. Estamos pisando marzo y eso es un buen augurio: vemos menos autos, menos turistas, menos camiones, menos todo eso que viajando tratamos de evitar. Una cuesta con curvas y contra curvas nos hace pedalear todavía más lento, pero qué importa si la velocidad no es amiga de este paisaje.

Pedaleamos por la Reserva Natural Cerro Castillo y al primer cartel de alerta se nos encienden las alarmas: “Zona de Huemules”. Desde hace 5 años queremos cruzarnos con huemules pero se nos escapan de la vista. Estando en la Patagonia argentina los carteles se nos reían en la cara y la cámara de fotos ya no nos creía que existen y que están por ahí lejos de los humanos. El huemul es parecido a un ciervo, es Monumento Natural de Argentina y especie protegida en Chile y está en peligro de extinción, por eso ver uno es un golpe de suerte y de azar.

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Andrés va adelante, yo voy atrás volando con los pajaritos. Es que a veces entro en un limbo y en la ruta no hay nadie más que la naturaleza y yo. Pispeo entre los árboles, asomo los ojos por entre los cerros, intento escuchar lo que nunca escuché: sus pisadas, su respiración, algún sonido diferente para decir sí, por ahí, por ahí están. Y me olvido. Y pienso que los paisajes de la Patagonia son de otro mundo. No sé si es lo extremo, la lluvia que hace magia, las montañas y sus pinceladas en la tierra, la vida del bosque, la convivencia con el sol, pero acá la vida tiene su propio pulso. Y cuando pienso en pulso y doblo en una curva, lo veo. Está ahí, bajando una lomada con sus piecitos de algodón y un sonido repetitivo y grave que le sale de la garganta. Cuando camina su cuello se mueve como el de una paloma. Su cuerpo robusto todavía está en crecimiento. Apoyo la bicicleta en el guardarrail tratando de no hacer ruido, saco el celular, pero no quiero filmarlo ni sacarle fotos, no, quiero guardar este momento adentro mío y pienso que Andrés siguió de largo y no lo pudo ver pero sonrío cuando salgo de la curva y lo veo con su cámara registrándolo todo. Me acerco. Nunca imaginé que iba a estar a menos de un metro de uno de los animales más emblemáticos del sur del mundo. Me mira, lo miro. Creo que nunca me voy a olvidar de esa mirada.

El resto de la tarde se hace corta. Buscamos un lugar donde armar la carpa, pero al acercarnos a la ciudad de Coyhaique los alambrados cercan hasta la porción más ridícula de tierra. Encontramos un espacio de dos por dos arriba de una lomada con vista a una rotonda y a un refugio de colectivos con mochileros que se turnan para hacer dedo. A la mañana siguiente lluvia y viento, en ese orden. Lluvia que te hace sentir la ropa impermeable como segunda capa de piel y viento que te frena hasta el parpadeo.

Llegamos a Coyhaique con la idea de quedarnos tres días para descansar, pero los planes se nos superponen: nos invitan a comer, a hacer rafting y a remar en kayak. En este viaje parece que la única que descansa es la bici porque nosotros no paramos ni un segundo, ni en agua ni en tierra.

Llegar a Coyhaique es sinónimo de estar en la mitad del viaje y justo nos llega la invitación de Mamma Gaucha para que celebremos estos primeros 564 kilómetros de Carretera Austral. Andrés no puede creer lo feliz que me pone ir a comer “afuera” cuando estoy viajando y yo no puedo entender que no esté tan emocionado como yo. Lo digo sin vueltas y con mucha honra: SOY GORDA. Me encanta chuparme los dedos, comer hasta reventar y si fuera por mí probaría dos entradas, dos platos principales y dos postres en todos los puestos, restaurantes y bodegones del mundo; pero el estómago que me dio la vida es un poco chico para tanto. Y Mamma Gaucha tiene ese toque extremo en sus platos que me hace extremadamente feliz: todo rebalsa, todo es rico, todo es mucho. No nos dan una cerveza para cada uno sino cinco, no nos dan una entrada a medias sino una flor de picada, no nos dan un plato sino un ceviche y una pizza para dos. Y el postre, agarrate Catalina. Es la torre de chocolate con brownie, salsa de dulce de leche, helado y chocolate Tofi más espectacular de mi vida. Para mí Dios existe, es gordito y viste un delantal.

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Al otro día salimos a hacer rafting por el río Simpson. Pero a diferencia de las bajadas turísticas, Marcela (la guía de Patagona Rafting) nos alienta a conocer el detrás de escena de Coyhaique, el que casi nadie ve y que pocos cuidan. Ella nos cuenta que es un lugar que están constantemente monitoreando porque los accesos públicos al río son contaminados con botellas, carritos de supermercado y basura. “Vamos a pasear y tener a Coyhaique encima, pero también vamos a ver el patio trasero de la ciudad”. Marcela sigue el legado de su familia que viene de los 90 y salen con la balsa, su familia y amigos a juntar la basura que ven tirada en la costa. “Nosotros queremos que la gente vaya al agua, vaya al río para que todos aprendan a proteger estos espacios verdes. Hay personas que se dan cuenta y otras que no, algunos ya están cuidando y otros siguen haciendo daño”. El río sí, es bellísimo; pero vamos, hagamos correr la voz de que la naturaleza es una y este mundo es nuestra casa. Seamos la semilla del cambio.

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Muy al contrario de lo que casi todos dicen, Coyhaique nos generó rechazo. Rechazo a la ciudad, a las diferencias sociales, al ruido, al tumulto de gente yendo de un lado a otro, a las grandes colas, a los autos y sus bocinas, rechazo hasta de los alambrados que seguimos viendo dentro y fuera de la ciudad. Es el sabor amargo de ver un mundo fraccionado y loco con una venda en los ojos diciendo que sí a todo.

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Con el correr de los kilómetros volvemos a la calma. Dormimos debajo de un puente, se nubla y llueve, cruzamos ríos, llegamos a Villa Mañihuales, frenamos en una panadería y una chica que estaba siguiendo nuestro viaje por Instagram nos reconoció. Camila nos invita a su casa, tomamos mate, nos muestra su nueva bici, nos cuenta sobre su viaje que tuvo que posponer porque le salió un trabajo, viene su novio, charlamos, cenamos, nos reímos porque parecemos promotoras de la marca Selk’n y descubrimos con ella las mejores galletitas de chocolate de Chile: las Tabletón. El problema: solo venden paquetes de un kilo. No nos importa: compramos dos.

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“En el momento de la foto estaba escuchando la canción “Pozo” de Lisandro Aristimuño. Al final de una de las estrofas dice: “todo era por el aire. Mis alas enlazaban rutas”. No sé qué nos lleva a querer viajar y las respuestas pueden ser infinitas, pero el querer sentirnos libres nos seduce a todos. El llamado llega, tarde o temprano, inevitablemente. Y estoy convencida de eso. Somos almas inquietas buscando respuestas, tramas de vida, somos un laboratorio de experiencias. Ojalá te animes a enlazar tus propias rutas. Ojalá, algún día, dejes de vivir soñando y vivas viviendo. PD: si no escucharon la canción de Lisandro, tómense un ratito para hacerlo. La melodía les va a poner la piel de gallina”. Pie de foto de nuestra cuenta de Instagram, 27 de marzo de 2017.

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“No tenemos idea de cuántos son los puentes que cruzamos hasta ahora, pero todos fueron partícipes de este viaje. Es que por unos pocos metros cambia la superficie y rodamos a otro ritmo. Las piedras se transforman en madera y el sonido del agua nos desvía la atención hasta que volvemos a sentir la vibración del ripio en las manos y el ruido del camino en los oídos. Nos movemos en bicicleta, pero viajamos con los sentidos. Si todos los puentes de la Carretera Austral son fotogénicos, qué decir de los arroyos que suenan como palos de lluvia cada vez que los cruzamos. Es imposible no girar la cabeza con intriga y ver hasta dónde vamos a llegar con los ojos hoy. Siempre hay algo nuevo para ver porque el bosque siempre tiene algo entre manos. Nada es igual, nada es estático. Todo es movimiento”. Anotaciones de mi diario de viaje, 30 de marzo de 2017.

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“Ayer anoté en mi cuaderno esta frase: “la Patagonia te deja ver lo que ella quiere que veas”. Esta playa, sobre la costa del lago Las Torres, la vimos a pleno sol a las 6 de la tarde. Las montañas brillaban. El cielo estaba semicubierto y de fondo se alcanzaba a ver alguna que otra nube cargada de agua. Escuchamos una cascada y la encontramos camuflada entre árboles de coihues. Al día siguiente, amaneció así. Lluvioso y gris. Nos cruzamos con un viajero que no pudo ver todo ese paisaje que nosotros sí vimos. Viajar por la Patagonia a veces te deja la sensación de haber llegado al lugar exacto en el momento justo”. Pie de foto de nuestra cuenta de Instagram, 26 de marzo de 2017.

Subimos una cuesta y en la bajada empieza a caer una lluvia finita que a los cinco minutos se convierte en un telón de agua. Llueve toda la tarde y toda la tarde sentimos la humedad en la cara que es la única que está en contacto con el aire. El cuerpo ni se entera de lo que pasa afuera: viva la indumentaria técnica e impermeable cuando viajás por uno de los lugares más lluviosos del mundo.

A veces renegamos de la lluvia, claro. Pero gracias a esa lluvia que parece no terminar nunca, el paisaje es lo que es. Los refugios aparecen cada tanto, pero frenamos más por costumbre que por necesidad porque llega un momento en el que una gota de más o una gota de menos nos da lo mismo. El agua nos enfría, sí. Pero ella es el alma de toda esta tierra austral.

sensibilidad a la estetica

Uno de los parques nacionales que atraviesa la Carretera Austral es el Queulat, que en idioma aborigen significa “sonido de cascadas”. No llegamos a ver una que ya el agua se siente en todas partes. El ripio entra en escena otra vez, pero en lugares como éste cuanto más agreste sea el paisaje más perfume a bosque. Verde, verde, verde. Ese es el color rey de este camino.

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Entre las curvas del Queulat hacemos 20 kilómetros. Frenamos en un refugio de Vialidad que tiene dos chapas en lugar de paredes y una lona negra como techo. Abrimos el bolso donde está la comida y donde generalmente está la carpa y….

A – No están las varillas de la carpa.

(silencio)

J – ¿Cómo que no están las varillas de la carpa?

A- No están las varillas de la carpa.

(silencio preocupante)

J- ¿No las agarraste cuando desarmamos la carpa hoy a la mañana?

(sí, ya sé que esta pregunta es demasiado boluda pero es la que me salió en el momento)

A – Y… si no están es porque no las agarré.

(su respuesta fue bastante sutil)

J- Bueno, igual estemos tranquilos porque las varillas tienen que estar.

A- Vos quedate acá, yo hago dedo y las busco.

El tiempo pasa. Pasa solo una camioneta, Andrés no le pone ni un poco de onda a su dedo y la camioneta se va. Le digo que me deje a mí y (literalmente) me tiro encima de la próxima camioneta que veo pasar. Le hago señas con las manos para que por favor me escuche. El señor, con miedo por la loca de la ruta que se le cruzó, baja la ventanilla. Le explico la situación y Andrés se sube. Pasan dos horas, Andrés llega con las varillas y confiesa que no sirve para hacer dedo. Fin de la historia.

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A la tardecita llegamos a Aonikenk Karho, unas cabañas con forma de casitas de pájaro metidas en el bosque. El primer día llueve sin parar, el segundo Andrés sale a remar mientras yo me quedo escribiendo en el nido y el último día salimos hacia el Ventisquero Queulat, uno de los glaciares del sur de Chile que se pueden ver dentro del Parque Nacional Queulat. Cargamos nuestras mochilas, llevamos un picnic como almuerzo, cruzamos un puente colgante y abracadabra.

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El agua en Queulat desborda. Se filtra por las grietas de las rocas, viaja por los tallos de las ramas, resbala por las hojas. Si no es de lluvia, es de vertiente. Si no nos moja, nos da sed. Y no hay agua más rica en este mundo que la que viene así, vertical y al natural. Caminamos varios kilómetros entre rocas, troncos caídos y sonido a vida. El bosque se nos mete en los pulmones, los pájaros vuelan y agua, verde, agua. Y de repente la melodía de dos cascadas y el glaciar colgante que sacude nuestras pupilas para que caigamos en cuenta que ésta también es la realidad. Otra realidad.

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De este viaje nació una película: “1247: La Carretera Austral”. Para verla online, hacé click acá.

☞ Algunas de las actividades y el hospedaje linkeados en este post fueron por invitación a cambio de mencionarlos en el blog. Nuestras opiniones son independientes, personales y objetivas, y están basadas en nuestra experiencia real.

Somos Jime Sánchez y Andrés Calla, amantes de la aventura y la vida al aire libre. En este refugio digital compartimos nuestro estilo de vida, relatos, fotos, info útil, consejos y muchísima inspiración.

Comentarios

  • Edhit
    5 noviembre, 2017

    Jime y Andrés realmente apasionante lo que hacen !! Son unos privilegiados !! Disfrutar de la naturaleza de esa forma!! descubrir las bellezas de la Patagonia , captarlas y mostrarlas es maravilloso!! Aun siguen de viaje??

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  • Javier
    24 septiembre, 2017

    IMPECABLE !!!
    Sigan asi que van por buen camino. Hace muchos años que no viajo en bici y desde que leo su blogs es como si estuviese subido a la bici! Sldos Javier de Rosario, Arg

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  • Evangelina
    19 septiembre, 2017

    Son unos genios !!! Los felicito y les deseo toda la buena energía del mundo !!
    Me encanta leerlos !!!

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  • maría josé
    7 septiembre, 2017

    Me encanta, los envidio muchoooooooo!!!!! es el sueño de mi vida, no sé si en bici, pero eso de vivir y tragarse la naturaleza como hacen uds., los felicito, sigan, sigan, sigan….

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  • Joel de Oliveira Rios Neto
    4 septiembre, 2017

    Bellas son sus viajes.
    Felicidades por sus fotos, sus aventuras y fundamentalmente su texto.
    Amo esa pagina.

    Joel Ciclismo, Santaluz (Bahia), Brasil.

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  • Hugo
    1 septiembre, 2017

    Quiza no me exprese bien. Ya hice en febrero pasado Villa la Angostura -Puerto Montt por el Cardenal Samore .Pasando por Entre Lagos;Puerto Octay,Frutillar y Puerto Varas.Circuito Lago Llanquihue.La idea ahora es hacer el cruce por el Paso Futaleufu y tomar un tramo de la Carretera Austral.Somos 4 veteranos de 61 ,67,68 y 72 años.Si lo hicieron se agradece cualquier dato.

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  • Hugo
    1 septiembre, 2017

    Tremendos paisajes….Increibles fotografias. Seria un sueño hacer la Carretera Austral..Pero ..quien dice…Alguna vez gracias a esta pagina me animè a hacer el Camino de los 7 Lagos; luego de un accidente grave que me dejò con alguna limitaciòn fisica.Despues de eso hice el paso Hua-Hum hasta Pucòn . Y este año el Cardenal Samorè hasta Puerto Montt. Son mi perdiciòn…jeje..Los felicito.Abrazo.

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