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DIARIO DE VIAJE: MENDOZA

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La Vida de Viaje Venzo

bikepacking argentina

1.

Piedras, ripio, curvas. El paisaje cordillerano nos deja sin aliento. Subimos subimos y no paramos de subir. Vamos tan lento que podemos ver el destello de la nieve en las cumbres de las montañas, los zigzagueos del arroyo Grande, los pájaros de colores que vuelan a casi 3 mil metros de altura. De lejos, parece todo estático. De cerca, la vida te mira a los ojos.


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2.

Llegamos a los 3 mil metros de altura después de pedalear más de 52 kilómetros en subida. De frente, nos topamos con paredes y agujas de granito, lo que se conoce como Cajón de Arenales, una de las mayores zonas de escalada de Argentina. Entre arbustos bajos y dentro de un corral, acampamos a la vera de un río.


la vida de viaje - vivir viajando

3.

¿Viste cuando no sabés cómo hacés lo que hacés? Después de un año y medio de casi nada de bici, encaré para la montaña y pedalee 5 días seguidos con pendiente constante y en camino de altura. Entonces cuando freno, respiro y miro para atrás, me doy cuenta que lo que falta es voluntad. Que las ganas son el motor de todo. Que no existe el momento ideal para nada. Que si quiero puedo. Entonces sigo avanzando con el pecho inflado de orgullo demostrándome, una vez más, que soy más fuerte de lo que creía.


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4.

Sí: los caminos de ripio son mucho más difíciles. La arena te entierra las ruedas, el serruchito te entrena la paciencia y todo es más lento. A veces lo puteas, a veces tocás un poquito de asfalto y lo extrañás, a veces lo amás porque llegás a lugares que no tenías ni la mínima idea de que existían. Pero una vez que los andás, el mapa que creías conocer tiene miles de caminos y posibilidades más. Y aunque sean un poco más exigentes, el sabor de logro y satisfacción que sentís después, casi casi que no te entra en el cuerpo.


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5.

El policía nos miró y dijo: “en esa ruta no pasa nadie ni hay nada”. Cuando le preguntamos por el río lo subestimó diciendo: “es un arroyito de porquería, no pasa casi nada de agua”. Ya sabemos que todas las opiniones son subjetivas, pero una ruta por la que pasan camionetas cada media hora y donde cada tanto hay puesteros no puede ser sinónimo de ruta solitaria. Como tampoco una ruta es vacía si en ella solo hay montañas, ríos de deshielo y arbustos bajos. Falta educar la mirada y desterrar la palabra nada. Falta dejar de creer que los lugares deben ser extraordinarios para que tengan sentido.


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6.

Soplaba viento, hacia calor, la ruta era de arena. La subida era constante, las ruedas se enterraban y el lugar al que debíamos llegar no llegaba nunca. Andrés frena a lo lejos, me mira y cuando estamos a la par me dice: “¿estás convencida de estar acá?”. Al principio no entendía el porqué de su pregunta porque si estoy en un lugar se supone que es porque quiero estar. Creo que no hace falta estar convencida de algo para hacerlo (cuántas veces dudamos de nuestra capacidad para cumplir lo que nos proponemos o no tenemos la certeza de que lo vamos a poder hacer). Por eso mi respuesta (resumida) fue: basta de poner en duda si disfruto o no de lo que elijo hacer. Viajar en bicicleta no es sinónimo de sonrisas Colgate las 24 horas (menos con viento, calor y pendientes eternas), basta de ponerle expectativas a las cosas y a las personas. Será que con 31 años me estoy volviendo más neutral y el disfrute de los viajes los estoy sintiendo de otra manera, o será que me cansé de que duden de las elecciones y la fuerza de una mujer cuando las condiciones no son las mejores.


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7.

Acá es fácil desacostumbrarse al color del agua. La tierra árida, quebrada y seca es testigo y protagonista de un paisaje casi lunar. Por eso el azul del Dique Agua de Toro fue un reseteo visual entre tanta inmensidad monocromática. Cuando llegamos no teníamos la más mínima idea de dónde íbamos a dormir. Había un cartel de Policía, un pueblo fantasma y un club de pesca. Nada más ni nada menos. Don Roco apareció, nos invitó al club y con su voz ronca nos dijo: “acampen donde más les guste”. Nos contó que vive ahí desde hace más de 40 años, que participó en la obra del dique, que el mismo día de su cumpleaños se inauguró, recordó con nostalgia a su pueblo diciendo que las casas llegaron a tener canteros con flores, canchas de fútbol iluminadas y mercados de todos los rubros. En su presente estaba recordando un pasado que prometía un futuro estable, próspero y feliz. Y al instante siguiente se nos vinieron a la mente todos los discursos de las represas, el frakking y la megaminería. Y la figurita se repite. Y su trama y desenlace, también.


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8.

De chica la oscuridad me asustaba. De grande también. En Buenos Aires duermo con una lámpara de sal que siempre está encendida, me da cosa entrar al living de noche y si escucho ruidos me despierto fácil. Lo paradójico de todo esto es que cuando acampo en el medio de la nada ese miedo desaparece. La noche es el momento del día que más disfruto y donde más segura me siento. Es como si me dejara fluir por una corriente invisible de confianza ciega. Cuando pedaleamos los túneles de Dique Agua de Toro no se veía absolutamente nada. Pedaleaba y sentía que flotaba. Y ahí mismo pensé que todas las veces que no tuve certezas di los pasos más acertados. Que no hizo falta ver demasiado para moverme. Que la oscuridad, ese monstruo que muchas veces me quitó el sueño, me regaló los sueños más lindos de mi vida.


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9.

30 grados. Ni un árbol, ni una sombra. En la alforja un salamín, castañas y el piso de la carpa. Agua, poca. Acordarte el canuto de dos mandarinas que prometen frescura inmediata. Improvisar un techo con los straps, los pocos mosquetones que te quedan y el trípode. Eso: improvisar.


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10.

Salimos de un punto perdido en el mapa para llegar a otro punto perdido en el mapa. No corremos hacia ningún lugar. Nos sorprenden las mariposas blancas que vuelan por la banquina, el roce de los álamos con el viento, el silencio del mundo cuando parece detenerse. Frenamos donde sea, donde queremos, donde nos pinte. Así van pasando nuestros días.


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11.

“¿Y ustedes, duermen?”. Jamás nos vamos a olvidar aquella vez que saliendo de una estación de servicio en las afueras de San Juan, una chica se acerca, mira las bicicletas como si fueran naves espaciales y lanza su duda más existencial y con menos sentido común del universo. Después de su pregunta hubo un silencio bizarro e incómodo. No sabíamos si responderle con un chiste o con la verdad menos estrafalaria de todas: “sí, claro que dormimos”. A lo largo de estos 6 años de viajes dormimos en estancias, vagones de trenes abandonados, galpones de esquila, refugios de colectivos, casas con pileta y ranchos al costado de la ruta. Más de una vez nos enojamos con la propiedad privada en el medio de la nada, los alambrados y los dobles candados. Pocas veces nos dijeron que no cuando pedimos un metro cuadrado para acampar. Casi siempre los mejores lugares terminan siendo los lugares sin nombre, esos que se encuentran de casualidad y que están fuera de todo pronóstico. Así que sí: dormimos, soñamos y nuestros ciclos son como los de cualquier ser humano.


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12.

Milanesas a la napolitana, lomitos completos o porciones de papas fritas con cheddar: esos vienen siendo nuestros deseos mientras pedaleamos por la montaña. Larga vida a los puestos callejeros que te reciben después de varios días de fideos y a los premios al esfuerzo que a pesar del colesterol hacen bien al corazón.


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13.

Los pueblos no tienen nada que envidiarle a las ciudades. El abierto las 24 horas no existe, no hay motivos para que exista. Después del mediodía llega la siesta y las puertas de las casas son como piezas de museos: se miran pero nadie las toca. Las calles de tierra y sus huellas son archivos de los movimientos que fueron: fueron niños corriendo en la calle, fueron bicicletas de rodados finos, fueron perros, gatos y caballos. A la tarde vuelve el movimiento. Y todo empieza, otra vez, como si nada.


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14.

“Mi lugar es la ruta. Es el asfalto, la banquina, el aire que entra en mis poros, en mis músculos, en mi sangre. En el camino me pierdo y me encuentro. Cruzo miradas con extraños que se convierten en mis grandes maestros. Mi lugar es la ruta donde amo, odio, siento, lloro, sonrío, río. Donde vivo la vida y no la veo correr. Mi lugar es la ruta, que entre susurros me dice que hoy es donde tengo que estar” (fragmento de mi libro “Letras Luz”). 


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15.

Hace unos días charlábamos con Andrés sobre las diferencias entre viajar en bici con alforjas y a modo bikepacking. A veces nos cuesta encontrarlas porque en definitiva todo se trata de viajar en bicicleta, no importa si llevás portaequipajes adelante y atrás, solo atrás o un carrito. Una de las reflexiones que tuve fue que me hubiese sido muy difícil empezar de lleno con bikepacking. Las alforjas me daban cierta seguridad de carga, sabía que podía llevar cualquier cosa porque “había lugar”. Y así me fui de mambo: llegué a cargar 5 libros al mismo tiempo (porque extrañaba mi biblioteca), un pijama (porque para mí era imposible dormir con la misma ropa que usaba durante el día) y comida de más por malos cálculos (y miedos de pasar hambre también). A lo largo de los años fui aprendiendo que podía viajar más liviana y que había cosas que estaban conmigo porque sí. Me acuerdo que cuando volví a Buenos Aires después de nuestro primer viaje largo, abrí el placard y me lo quedé mirando durante 5 minutos: ¿qué hacía yo con tanta ropa, zapatos, accesorios? Los cajones llenos de cosas y papeles me empezaron a dar terror: no había lugar para nada. Entendí que viajar no era solo moverme de un lugar a otro si no que ese movimiento también me estaba ordenando por dentro: ahora podía discriminar entre lo accesorio y lo importante, y desapegarme definitivamente de todo lo que estaba ocupando lugar. Eso me pasa ahora con el bikepacking: viajo con lo que de verdad necesito. Es el clímax de un proceso que llevó 6 años. Por eso si alguien se pregunta de qué manera viajar en bicicleta, mi recomendación es una sola: la que quiera. El tiempo y los aprendizajes van a hacer lo suyo.


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16.

Tríptico de un lugar sin nombre (parte 1). Nos equivocamos de camino: el sendero donde debíamos bajar era otro. Si hubiésemos seguido las indicaciones del GPS esto no pasaba. La pendiente se ve tan abrupta que si no encontramos lugar para acampar, el sol va a desaparecer justo al momento de salir. Decidimos bajar, ver qué hay y arriesgarnos antes de seguir. Dos minutos después, clavamos los frenos en plena bajada. La intuición pocas veces se equivoca.


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17.

Tríptico de un lugar sin nombre (parte 2). La luna. Este lugar se parece a la luna. La tierra es como una piedra pómez, las penínsulas brillan y el único sonido que se escucha es el de un pájaro que parece que aúlla. A veces hay paisajes que parecen ser tallados por la imaginación de un escultor dalilesco.


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18.

Tríptico de un lugar sin nombre (parte 3). De noche no hay color. El aire es una sábana fría que se posa en las curvas de los cerros y que baja anunciando tormenta. El tiempo no tiene forma. Hablamos de los días que pasaron y el calendario no tiene ningún sentido. A un ahora le sigue otro ahora y así.


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19.

A mí no me digan que todo tiempo pasado fue mejor, no. A mí dame este presente de tiempo bien vivido: una tarde en la orilla de un lago, una noche en la estepa, una mañana de escritura y mates largos. Dame este hoy para amasarlo con mis manos a pesar de las subidas y el viento en contra. Dame este hoy para sentirlo con el cuerpo, aunque a veces el cuerpo me quede chico. Dame este hoy de pocas certezas para que yo vea cómo me las arreglo. Dame este presente que no conoce de algoritmos y que lo único que quiere es verme vivir.


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20.

Bajo Rosado. Atravesar un túnel, llegar a un sendero de piedras, no tenerle miedo a las huellas. Empieza la aventura.


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21.

Un bosquecito al fondo a la derecha. Ahí queríamos llegar. El sendero, con más piedras que tierra, anunciaba 8 kilómetros de precipicio a la izquierda, vacas pastando a la derecha y un zigzagueo al frente que era imposible de predecir con los ojos. Hoy me enamoré de un río: el Diamante.


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22.

Llegamos al bosquecito. Antes nos fuimos hasta el final del sendero (4 kilómetros más) y después retrocedimos para acampar a la vera del río. Lo más lindo de todo lo que estamos haciendo es descubrir que no hacen falta años sabáticos ni pasajes al otro lado del mundo para sentirnos de viaje. Ese es el desafío de estas microaventuras: intensidad antes que cantidad.


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23.

Sendero Bajo Rosado. 2 días, 20 kilómetros y 5830 paradas donde sacar una foto.


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24.

Mi viejo me lo dijo antes de salir: “hija, sos mis ojos”. Será por eso que desde que pisé la ruta el universo de detalles y sonidos se multiplicó por mil. Mis sentidos se volvieron cuencos y todos los días me voy a dormir con un recorte de los paisajes que viví: las montañas con forma de campanas, la nube ovni en la cima del Tromen, el pájaro que canta como un módem Dial Up de los 90, la laguna manchada, las nubes color pastel de las 8 y media. Papá: hay tanto acá afuera que a veces me encantaría que estés viajando al lado mío.


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25.

Muchos piensan que estamos locos, pero nosotros sabemos que tenemos los pajaritos en fila.


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26.

Tormenta heavy metal. De esas que vienen con relámpagos y granizo. De esas que se escuchan antes de verlas y te hacen poner el alma en las piernas porque no queda otra que meterle. Este día por el Cañón del Atuel viene siendo nuestro récord de pedaleada de la temporada: 60 kilómetros de pendiente, pocas bajadas, viento en contra justo en la última subida caracol y la nube fin del mundo que nos tocaba la espalda.


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27.

Antes de la tormenta, hubo ventanitas de buen clima. Pedaleamos desde Valle Grande por el Cañón del Atuel hasta El Nihuil. Mendoza tiene ese algo que me hace querer volver siempre.


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28.

Soy argentina y a mucha honra. Me gusta mi país, su gente, sus paisajes, su comida, su geografía. Me gusta conocerlo de punta a punta, me gusta que me hablen de un lugar y saber cómo sopla el viento, si tiene bosques, desiertos, valles o montañas, si tiene bellezas escondidas. Me gusta conocer cuáles son los recorridos obligatorios que tiene cada provincia, esos que hay que hacer sí o sí a pesar de los caminos de tierra, las curvas o la altura. En mis 31 años habré venido a Mendoza más de 6 veces y a San Rafael unas 4, siempre en familia y en auto. Todas las veces que vinimos visitamos los diques, Valle Grande y hablamos mucho sobre el Cañón del Atuel. Sí, hablamos: no sé por qué nunca hicimos ese camino. Y así como me encanta mi país a veces me indigna saber que estuve tan cerca de lugares tan zarpados y que nadie me haya dicho “che, hacelo porque acá te estás perdiendo de algo”.


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29.

“Vení vení, ¡mirá este cielo!”, le grito a Andrés desde la ventana. Y el agarra su cámara, sale por la puerta y llega hasta la orilla del Nihuil. Yo con el frío que hace no salgo y me quedo adentro. Y me pierdo del último calorcito del sol, de los caballos relinchando en la costa, de los perros que lo acompañaban mientras sacaba la foto, de la textura de la tierra, de los mosquitos que volaban al ras del agua, del viento que se escuchaba venir entre los volcanes del sur. Lo que veo es un fragmento en mute de nubes cambiando de color. Y después Andrés llega, me muestra la foto y mi respuesta siempre es la misma: “eyyy, ¿por qué no salí?”. Así que nota mental: salí, salí, salí. Que no nos gane la fiaca cuando estamos en la naturaleza. Si la tenemos cerca hay que aprovecharla, respirarla. Y si la tenemos lejos, cerremos los ojos un ratito e imaginemos cómo sería estar ahí.


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30.

Así de cromático es el camino que llega hasta las termas de El Sosneado en Mendoza. No hay nada que desencaje, ni siquiera las flores violetas (y blancas y amarillas) que a pesar de la altura y de la aridez crecen como si quisiesen hacer de este paisaje un jardín. En 60 kilómetros atravesamos puentes, arroyos, una laguna rodeada de vacas, caballos, pájaros, ovejas y cabras; nos cruzamos con jinetes en pleno acto de veranada, llegamos hasta las ruinas de un hotel que alguna vez quiso existir entre los Andes y nadamos en sus piletas termales en plena soledad cordillerana.


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31.

Nunca le insistí tanto a Andrés en llegar a un lugar. No me importaba pedalear sobre piedras tamaño ladrillos ni tampoco subir hasta los 2200 metros de altura a pesar de que mi cuerpo me pedía lo contrario. Imaginarme nadando en aguas termales en medio de la Cordillera de los Andes iba a ser un premio más que merecido que coronaría esta primera temporada de microaventuras bikepacking por Argentina.


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32.

La montaña es linda de mañana, de tarde y de noche. Con estas luces y sombras despedimos el día después del piletazo en las termas de El Sosneado. Fin del viaje.

Somos Jime Sánchez y Andrés Calla, amantes de la aventura y la vida al aire libre. En este refugio digital compartimos nuestro estilo de vida, relatos, fotos, info útil, consejos y muchísima inspiración.

Comentarios

  • dani
    23 abril, 2019

    Los lei mientras lo realizaban….. Y ahora nuevamente… Las fotos excelentes..!! Amo la Argentina, y a mi mza….. Por ustedes, compre mi venzo….. (bici), con la que pienso hacer travesias… Saludos Jime y Andres… Buenas rutas amigos…..

    responder
  • Esteban
    22 abril, 2019

    Incrieble lugar! lo mejor de todo es como lo ponen en palabras!.
    Son unos genios, aguanten las bicis, los bosques, las montañas, los rios!.
    Gracias por compartir sus experiencias.

    responder

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