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Nahuel Huapi (3): el hombre animal

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El hombre es el único animal que piensa que no lo es”. Anónimo.

La margen oeste del lago es la más agreste. El coihue, la lenga, el ñire y el arrayán son los dueños de estas tierras. Sin embargo todavía se pueden ver las casas de aquellos primeros pobladores que viven desde mucho antes de la creación del Parque Nacional. Hogares humildes con techos y paredes de madera nativa, gallinas en corrales y algún que otro molino de viento que quedó relegado del tiempo.

Chequeamos el pronóstico y es poco alentador: en tres días se cae el cielo y se vuela todo. Pero ese mal clima no va a durar solo un día. Va a durar seis. Conclusión: debemos llegar a Bahía López lo más pronto posible porque en la cuenta de comida el saldo es negativo.

El Blest es la ramificación del Nahuel Huapi que más promete. Es visitado por miles de personas al año que lo navegan en catamaranes y barcos y es el que conecta Argentina con Chile. Pero para nosotros más que un brazo es una garganta profunda de 15 kilómetros.

Las condiciones ideales para entrar a este brazo son dos:

  1. Sin viento (tranquilidad absoluta, remaríamos a nuestro ritmo)
  2. Viento leve del este (un empujón de atrás, avanzaríamos un poquito más rápido)

Pero a medida que nos vamos acercando a su boca todo se complica.

Hacemos una parada en la isla Centinela para un segundo desayuno. En este islote de 250 metros de largo y 100 de ancho, descansan los restos de Pascasio Moreno, el explorador, geógrafo y político más importante de la generación del 80 en Argentina.

Mientras preparo una avena con nueces cerca de la costa, Andrés sale a recorrer la isla con la cámara en mano. Llega hasta el extremo opuesto desde donde puede ver las profundidades del Blest y vuelve con un pronóstico extendido:

—Podés creer que está entrando viento del oeste…

—¿Cómo la ves?

—Y… está movido…

—No pasemos por lo mismo de Dina Huapi, eh. Si la ves bien, vamos. Si no, cruzamos a la playa de enfrente y esperamos hasta mañana.

—No dale, desayunemos y sigamos.

Dos días atrás, remando con lago planchado, Andrés me confiesa que estaba algo aburrido. Que él había venido a buscar aventura y que los días, hasta ahora, habían sido muy tranquilos. Poco viento en contra, poco viento a favor.

—Tené cuidado que la última vez que dijiste algo parecido te diste un palo con la bicicleta en San Luis.

Y agrego con tono mitad chiste, mitad en serio:

—Guarda con lo que decís porque acá no estás solo. Yo no vine a buscar más aventura que esta, así que tené cuidado con las palabras que usás porque lo que pidas vos lo vamos a vivir los dos.

Salimos del reparo de la isla Centinela y casi que se nos vuela el alma. Estamos en el lugar más complejo del lago, donde no tenía que soplar viento y donde las olas acá son sinónimo de kilombo.

—¡Jaaaaaa! ¿Vos querías aventura? ¡Acá la tenés!

Empezamos a remar con fuerza para no perder el ritmo.

Remo, pero me quedo muy atrás.

Sigo remando, casi en cámara lenta.

Y Andrés me saca metros de ventaja.

Y el viento se pone peor.

Y acá no la puedo cagar.

Andrés leé mi mente a distancia.

Y frena.

Y saca su remolcador para remar juntos y cerca, otra vez.

Y vamos avanzando a paso de babosa, frenando en pequeñas bahías para aflojar los músculos y la tensión.

Pero la tensión tiene sabor a lago helado de la Patagonia.

Y no sabemos con qué nos vamos a encontrar a medida que nos internamos en este brazo kilométrico.

¿Habrá un paredón?

¿Habrá una playa?

¿Habrá piedras?

¿Podremos parar?

¿Cómo pegarán las olas?

La concentración se desconcentra con algo que no estaba en los planes:

2 kilómetros eternos de paredones de piedra.

Y el catamarán que navega el brazo Blest del lado de enfrente.

Y ahora, además de las olas en contra, también nos mueven las olas que rebotan sobre el paredón y  las olas que levanta el catamarán.

T-R-E-S-O-L-A-S.

De diferente altura, intensidad y dirección.

Veo cómo la proa del kayak de Andrés sube dos metros y rebota en el agua.

A veces Andrés no alcanza a verme.

Y tengo que estar atenta al cabo del remolque porque si se engancha con el kayak corremos el riesgo de darnos vuelta.

Y Andrés me pregunta a los gritos cómo estoy

y no sé qué responderle.

Tengo miedo.

El paredón no termina más.

Y la playa no llega más.

Y

todo

pasa

lento.

De repente se me viene un recuerdo absurdo a la cabeza: la primera vez que hice kayak en México con mi papá. El mar estaba tranquilo y los dos remábamos en un kayak doble de plástico. Entrábamos al mar cortando la ola y lo estábamos haciendo bien. Pero cuando quisimos doblar, vino una ola y nos dimos vuelta. Y de golpe me encontré abajo del agua, con los ojos abiertos hacia la playa y con el kayak como sombrero. Y empecé a preocuparme: ¿dónde está papá? ¿dónde está papá? Y cuando salgo a la superficie, lo veo y respiro profundo y…

¿¡POR QUÉ CARAJO ESTOY PENSANDO ESTO!?

Vuelvo al Nahuel y Andrés me pega otro grito:

—¿¡CÓMO ESTÁS!?

—BIEN, ¡¡PERO QUIERO COSTA!!

—¡YO TAMBIÉN!

Y aparece una playa a la derecha, pero si entramos con esta ola seguro nos tumba. Entonces seguimos remando para que esa misma ola nos empuje de atrás. Y llegamos. Y me tiembla todo el esqueleto. Y a Andrés, después de tanto remolcarme, le duele el hombro derecho.

Bingo.

Nos tiramos en la costa a descansar, esperando que el caos se calme de una vez. Hace frío y hay muy poco sol, mala combinación. Andrés me confiesa que su decisión de salir de la isla Centinela no fue buena. Que nos deberíamos haber quedado, que nos arriesgamos sin sentido. Y le respondo tres palabras: vos querías aventura. Casualidad o palabras que crean realidad. Una de dos.

Dos horas después el lago se plancha. Y maldito lago, maldito Eolo. Y me acuerdo de Nahuelito, esa supuesta criatura acuática desconocida que, según la creencia popular, habita en esta inmensidad de origen glaciar. Al único ser que hay que temerle en la Patagonia es al dios del viento que se encabrona y ralentiza a los humanos que buscan romper cadenas e ir más allá.

Salimos.

Y el sol nos calma el pulso.

Y aparece Prefectura arriba de un gomón.

Y nos pregunta si estamos bien.

Y llegamos a la cascada del arroyo Blanco.

Y sentimos que todo el esfuerzo del día valió la pena.

Al otro día nos levantamos bien temprano. Son las 6 de la mañana y todavía es de noche. Las botas de neoprene, las calzas, las remeras, todo está húmedo. Y nos duelen los huesos cuando nos metemos en el agua y empezamos a remar. Hasta nos ponemos guantes, pero las manos tardan en entrar en calor y los pies… ni pensemos en los pies: son dos icebergs.

Llegamos a puerto Blest, un pequeño embarcadero anclado en una bahía de arena volcánica. Es un paraíso en el corazón de la Cordillera de los Andes, uno de los lugares más lluviosos de Argentina. Cohiues y alerces gigantes, arbustos bajos y verdes, lianas y enredaderas son los tesoros que encuentran los aventureros que se animan a recorrerla.

Puerto Blest es la puerta de entrada al lago Nahuel Huapi desde Chile. Desde 1620 los militares usaron este paso en búsqueda de indígenas esclavos. Lo cruzaron misioneros, viajeros y colonos y fue un punto estratégico dentro de la Campaña del Desierto.

No nos queremos demorar mucho más en salir porque bien al fondo vemos una ráfaga entrando del este. Y a los pocos minutos, otra vez, viento en contra. Estamos cansados, el cuerpo está cansado. Y ni bien salimos del brazo Blest, la cosa cambia. El lago nos guiña el ojo y se aquieta. Se vuelve mudo. Y con su mano derecha entramos en el último brazo de esta larga aventura.

El brazo Tristeza tiene cascadas, pero no vemos ni una. Abril no fue un mes de agua y las pocas lluvias de verano no hicieron brotar ni siquiera un chorrillo. Quizás por eso se llama Tristeza: porque sus lágrimas tienen caída libre.

Son 14 km tallados por la naturaleza. Es angosto, prístino y salvaje y está enmarcado por los cerros López y Capilla. Y ahí vamos nosotros entre paladas de pensamientos: no queremos bajarnos del kayak ni que la travesía se termine. Pero el reloj anuncia que en 24 horas vamos a llegar al km 0 de esta larga aventura.

A la mañana siguiente ordenamos por última vez el equipo. Tomamos el último mate sobre la costa. Apoyamos por última vez las manos sobre el agua. Remamos por última vez las aguas del Nahuel. Pero nadie dijo que la salida iba a ser fácil. Faltaba una prueba más.

La entrada y salida del brazo en días de viento es complicada: se juntan los vientos de tres grandes regiones del lago y se suma la pared del cerro López donde esos mismos vientos rebotan. Y las olas, también. Viniendo del sudoeste, los últimos mil metros pueden volverse tu peor enemigo: solo hay paredes de roca. 

Y ahí estamos nosotros con viento a favor, el que tanto pedía Andrés, pero en el peor lugar del lago. Y encima de todo con ola de atrás. Esa que no te da tiempo a enderezar el kayak porque te mueve de un lado a otro. Esa que días rabiosos te puede desestabilizar y plaf! Al agua. Esa que solo existe para una cosa: molestar.

No hay palabras para describir cómo se mueven los kayaks. Dina Huapi no fue nada, menos lo fue Blest. Las olas son enormes, están más altas que nunca. El rebote de la ola del paredón es abismal. No me da ni la velocidad de los brazos ni los movimientos del pie sobre los pedales del timón para lograr que el kayak quede derecho al menos un segundo. La despedida del Nahuel es como él: violenta, desordenada y al límite.

Hay que llegar a esa punta, doblar a la derecha y entrar en bahía López. Pero otra vez, como tantas otras veces, esa punta parece no llegar más. Y el paredón se hace eterno. Y el pulso cardíaco se acelera por demás por la ansiedad de llegar.

Pero llegamos.

Y gritamos de alegría.

Porque lo hicimos.

Y lo hicimos bien.

Y los ojos empiezan a brillar.

Y las lágrimas se entremezclan con el agua.

Y es en ese instante donde lo natural y lo humano se hermanan.


Huapi, en idioma mapuche, significa isla, tierra aislada por ríos o quebradas. Nahuel quiere decir tigre, pero algunos dicen que en realidad significa “hombre transformado en tigre”. La raíz “na” remite a saber y “Nahual” al conocimiento de las cosas secretas de la naturaleza.

En el lago Nahuel Huapi fuimos testigos. Aprendimos a observar la naturaleza y a oír sus mensajes ocultos. A veces nos sentimos una pieza más de la Madre Tierra. Y es que lo somos, pero casi siempre lo olvidamos. Nos sentimos como esos antiguos exploradores que leían el agua y las nubes para zarpar o arribar. Nos sentimos solos, como nunca antes. Nos sentimos héroes y humanos al mismo tiempo. Nos sentimos tan frágiles como el cristal. Tuvimos miedo. Reímos y lloramos de adrenalina. Peleamos con el agua y con nosotros mismos.

Después de 16 días conquistamos nuestros límites.

Y el sabor es dulce y frío, como las aguas inmensas y cristalinas del cuarto lago más grande de Argentina.

Hasta siempre Nahuel Huapi, ya sos parte de nuestra historia.

 

Somos Jime Sánchez y Andrés Calla, amantes de la aventura y la vida al aire libre. En este refugio digital compartimos nuestro estilo de vida, relatos, fotos, info útil, consejos y muchísima inspiración.

Comentarios

  • Javier Pegoraro
    9 julio, 2018

    Hola Jime y Andres, me emociono cada vez que los leo y me siento inmerso en el mismisimo viaje. Soy viajero y aventurero por excelencia, y claro que todo se puede, solo es cuestion de proponerselo. Que tipo de Kayack usaron en la travesia ?
    Sigan viajando y escribiendo ya que realmente se disfrutan vuestros relatos y fotografia.
    Por muchos viajes mas !
    Saludos desde Rosario, Argentina.
    Javier

    responder
  • Denise
    1 diciembre, 2017

    Me encantó. La minuciosidad del relato me hizo entrar en la historia de tal manera que me sentí en un tercer kayk, remando con ustedes.
    Gracias por compartir la experiencia.

    responder
  • pablo
    17 diciembre, 2016

    Abrazo Patagonico chicos felicitaciones por este hermosoviaje y gracias por contar todo como es la historia la vida silvestre todo . un abrazo Pablo de Bariloche

    responder
  • carlos
    28 septiembre, 2016

    Me encanta. Estoy leyendo todos los viajes, realmente el espíritu de aventura es insuperable. Muy bueno!

    responder

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