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Yo no sabía (que podía hacer tantas cosas)

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Yo no sabía que podía escribir. Me acuerdo de la vez que me compré un anotador mientras cursaba el tercer año de la facultad para escribir no-sé-qué. Un profesor de la cátedra de creatividad nos mandaba a escribir lo que sea, cualquier cosa, no importaba qué ni cómo. Solo quería que escribamos y que nos animemos a ver qué pasaba en el mundo del papel. Recuerdo sus clases como bizarras, caóticas y sin rumbo. Y eso era lo que justamente quería hacer con los 30 alumnos que lo miraban desde los pupitres: romper con sus estructuras. En una de sus clases me acordé que cuando era chica me encantaba escribir en un diario. Escribía con letra grande y alargada como si la hoja fuese infinita. Me acuerdo del color amarillo del papel, del candado rosa con un corazón rojo y de cómo guardaba el diario estratégicamente en el cajón para que nadie lo viera.

Una vez tiró una consigna al aire: “escriban un poema”. ¿Eh? ¿Poema? ¿Yo? Ese fue el disparador para que inaugure mi anotador, pero el estreno no tuvo nada de romántico ni de poético: estaba en un McDonald’s comiendo un combo y observando a una mujer en frente mío que parecía que le estaba haciendo el amor a un Big Mac. Mientras escribía el poema (¿al Big Mac?) tuve un flashback: a mí me gustaba escribir poemas. No sé si fue la influencia de mi abuela paterna (poetisa hasta la raíz) que nunca llegué a conocer pero que me dejó sus libros-hijos para que la conociera, no sé si me inspiró el poema que me regaló un chico que me gustaba durante la primaria, no sé si surgió de la nada, no sé, no tengo idea, pero cada tanto algún verso salía de mi mano sin avisarme.

El último año de la carrera apareció otro profesor (las personas no llegan a nuestra vida de casualidad) y a cinco mujeres les dijo: “¿ustedes quieren ser comunicadoras? Entonces ábranse un blog”. Lo sentí como una orden. No tenía idea lo que era un blog, ni cómo tenía que hacer para abrirlo, menos para configurarlo. Un domingo gris, mi hermana estaba viendo una película en la tele, yo estaba con la compu y le avisé: “che, no te rías pero acabo de publicar mi primer posteo en un blog”. Sí: lo dije con vergüenza, con miedo al qué dirá, con cara de qué boludez estoy haciendo. Una cosa era escribir en privado, otra muy diferente era abrir un cuaderno virtual para que lo lea vaya a saber quién. Y de repente: usted ha recibido un comentario de un desconocido. Me quedé dura. Pensé que iba a ser mi primer-último post porque claro, ese mensaje iba a condenar mi escritura para siempre. Pero no. Ese alguien había resonado con mis palabras y me alentaba a seguir. Me-alentaba-a-seguir. Yo no lo podía creer. No podía creer que al tercer post otro desconocido me decía que yo había podido poner en palabras algo que venía sintiendo hace tiempo. Y ojo: mi prosa era un poco más rústica que ahora y muy simple. No me creía LA escritora ni LA blogger (tampoco lo creo ahora), solo me animaba a soltar la mano, a escribir sobre lo que me pasaba y a compartirlo en la nube.

Cuando en el 2013 Andrés me propone hacer un viaje en bicicleta de más de 6.600 kilómetros por una de las rutas más largas de nuestro país sin tener ninguna pero ninguna experiencia (¿cómo no me iba a dar PÁNICO semejante propuesta?), yo no sabía que podía viajar de esa manera. No sabía de frenos, no sabía de mecánica (igual ahora sé un poquito más que antes pero tampoco tanto), no sabía limpiar una cadena, no sabía las partes de una bicicleta (todavía hoy me confundo el plato con los piñones), no sabía que tenía tantos pero tantos miedos y prejuicios y barreras y creencias limitantes que me dejaban chiquitita frente a todos esos monstruos. Viajar me ayudó, o no sé si la frase en realidad es viajando me ayudé. Pero sí sé que viajar fue el trampolín para reconectarme con las palabras y que a través de ellas encontré mi para qué o una de mis misiones en este viaje de la vida.

Yendo hacia el kilómetro 0 de la Ruta 40 en Cabo Vírgenes, Santa Cruz

“Contagiar y animar a otros a través de la palabra”, escribí en el 2005 al pasar y (creo) sin pensar. En ese enunciado no sabía que estaba implícito también el “contagiar(me) y animar(me) a través de la palabra”, y qué revelación es mirar para atrás, unir los puntos como decía Steve Jobs y decir sí, eso era, eso es. Después vinieron más viajes en bici, viajes en kayak (hola sí, ¿te acordás cuando veías Dora, la exploradora y te encantaba? ¿Te acordás también que te creías una inservible total? ¿Te acordás cuando te vestías toda apretada para ir a trabajar a la oficina y después de tu primer viaje como mochilera por el Norte argentino miraste tus zapatillas manchadas de tierra y dijiste ¡no me quiero poner los tacos nunca más en la vida!? ¿Te acordás de todo eso?), viajes sola por Croacia e Italia, viajes llenos de naturaleza, viajes con historias, viajes donde nacieron documentales, viajes, viajes, viajes. Los viajes como una fuente inagotable de experiencias y de estímulos para crecer, para vivir, para escribir. La escritura fue y es mi forma de procesar lo que vivo, es una extensión de mi misma para inmortalizar en el papel (virtual o real) momentos de viaje como el día que caminé por las calles de una Italia que hice mía, el pacto de amor que le recité al Norte, las lágrimas en los ojos cuando llegué a La Quiaca, la música del bosque cuando pedalee por una Carretera Austral repleta de sonidos y la voz de la Patagonia mientras remaba el lago Mascardi.

Yo no sabía que podía hacer tantas cosas hasta que dije sí, pruebo; sí, lo intento. A lo largo de este camino mis miedos me siguieron asustando como el lobo a Caperucita, sin embargo seguí, seguí y seguí. Hoy me doy cuenta que la birome y el movimiento fueron mis dos alas para trascenderlos. Por eso te digo: ni la escritura ni hacer realidad un sueño (sea el que sea) es un don con el que nacen unos pocos, no. Esa capacidad/habilidad/talento/suerte (llamalo como quieras) es algo que todos llevamos dentro: solo tenemos que animarnos a dar el salto.

Entonces: te aliento a que lo intentes, a que te permitas vivir algo nuevo, a que hagas algo que nunca imaginaste que podías llegar a hacer. Te animo a que escribas, a que viajes, a que abraces a tus miedos (creéme: si aparecen es una señal de que vas bien), a que encuentres tu voz única de contar el mundo y los mundos que te habitan. Y quizás en un tiempo agarres una birome y escribas con el pecho inflado un texto que se titule: “yo no sabía (que podía hacer tantas cosas)”.

 

Escritora y nómada digital. Viajo desde el 2013 y comparto en este blog mi estilo de vida. Me apasiona la escritura y por sobre todo animar a otros a través de la palabra. También escribo en luzyhumo.com y tengo un hijo de papel que se llama Letras Luz. Dicto talleres de escritura, no puedo vivir sin mis libros y cuadernos y soy fan de la autoexploración.

Comments

  • Julia Castiglioni
    7 noviembre, 2017

    Estoy viviendo el inicio de esa aventura de romper esquemas y salirme del sistema. La escritura también me hizo vibrar. Al inicio de la carretera me siento, y a través de mis escritos intento compartir pensamientos/sentimientos. Con esa frase que me identifica tanto: «Compartir es invitar a otro a ser parte».
    Gracias por dejarme ser parte de tu historia.

    Cariños

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  • Alejandro Vaccarili
    12 octubre, 2017

    Te puedo decir otra cosa que tal vez no sabías: lo inspiradora que sos escribiendo estas palabras! Muchas gracias por darme un empujoncito más para realizar mis sueños.

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  • Melisa Fernandez
    29 septiembre, 2017

    Yo no sabía la existencia de este texto. Yo no sabía que me iba a gustar tanto. Yo no sabía que me iba a servir mucho. Ahora lo sé y gracias por eso!

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  • Lucrecia
    28 septiembre, 2017

    Me encantó la idea «Yo no sabía» Gracias!!! Escribo desde siempre también pero esta mañana leía tu texto Jime y escupí estas palabras sobre el miedo ¡y hasta un dibujo! (ya fue demasiado ja!) https://www.instagram.com/viajandoconbettyboop/

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  • Nestor vaca yabeta
    27 septiembre, 2017

    Hey jime …. me encanto leerte y mas aun me encanto verllos en ruta ….. mas esactoa en cuevas-samipata, se dirigian a santa cruz…. espero ayan temido buena ruta y no ayan tenido mucho trafico…… saludos y un hermoso y buen viaje ….

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  • Vaninna
    11 septiembre, 2017

    El otro día leí otro artículo tuyo, en el que hablabas de los miedos ajenos y como a veces nos adueñamos de ellos…y me encantó y me sirvió. Ahora este con el que me siento tan identificada. Escribo diarios desde los 9, tengo varios en mi haber, intentando a través de la escritura detener el tiempo, congelar los recuerdos, creyendo que quizás así las memorias no se evaporaran…cada echo importante en mi vida tiene su catarsis escrita. Pero aquí estoy incapaz de dar el salto. De los pocos escritos que me animé a publicar han tenido buena respuesta, una respuesta empatíca, mis amigas me dicen que si escribiera algo comprarían mi libro, mi psicóloga me incita a lo mismo… las letras son un espacio en donde volcar la pasión que a veces me desborda. Pero aquí sigo incapaz de dar el salto. Ciertamente con pequeños pasos, me inscribí en un curso sobre blogging y ahora como dijiste los puntos se van uniendo aparece este taller… hace tiempo deseaba encontrar o hacer algún taller de escritura, quizás no de esta índole pero por algo se empieza no? Me gusta viajar, me encanta el mar, l naturaleza pero aún sigo atada a estructuras… viaje de mochileros? Hoy digo que ni loca… pero cada vez menos… vivir liviano es un arte! Nada me inspira más que un buen paisaje allí donde soltamos todo para hacernos uno con el universo. Espero poder hacer el taller… Y de a poco tener tu coraje o la bien la confianza para animarme a saltar! Gracias x compartir y vaya mi admiración x tu coraje… no se escribir más de que de aquellos que nos sucede como humanos que somos, tan distintos e iguales que dice la cancion.

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  • Angel Ulrich
    10 septiembre, 2017

    Muy bueno chicos. Muy buenas tus narraciones Jime. Quizas algun dia la vida nos encuentre en la ruta en mi » viaje a la vida» bicicleteando por ahi…

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