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    Lo que nos dejó Misiones

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    Nos despertamos por la percusión de cientos de gotas cayendo sobre un techo de chapa. Las bolsas de dormir se sienten tan cómodas que las ganas de salir a pedalear se reducen a ninguna. Los días de lluvia son ideales para no hacer nada y mi intención es convencer a Andrés para que nos quedemos… en el cuartel de bomberos de San Vicente.

    Si bien el plan es poco prometedor, él me recuerda algo que no estaba teniendo en cuenta: en El Soberbio nos invitaron a un lodge, dos cabañas y una posada para que descansemos bajo techos un poco más amigables. Desde hace unos días que venimos con ganas de dormir sobre un colchón y nuestra petición dejó de ser un deseo para convertirse en realidad cuadriplicada.

    El argumento de Andrés convence a mi somnolencia. Son solo 50 km así que calzamos las crocs, las capas de lluvia y a volar. En las bajadas no vemos nada: las gotas golpean nuestros ojos y nuestras caras se arrugan como pasas de uva. La niebla nos escolta durante todo el trayecto y las paradas de descanso se vuelven recreos de hasta tres minutos porque si frenamos más tiempo nos enfriamos como hielos.

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    Cuatro horas después llegamos a El Soberbio con un sol que raja la tierra. La ciudad se nos muestra a medias, tímida y con perfume a citronela. Nos dificulta reconocer a Argentina dentro de tanta influencia brasileña, pero su ADN lo explica todo: la población de El Soberbio se formó cuando llegaron los “jangaderos” desde Brasil a comienzos del siglo XX. Ellos eran los encargados de maniobrar río abajo grandes balsas de troncos llamadas “jangadas” junto con familias de criollos por necesidad de exilio.

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    Lejos de que la ciudad haya sido bautizada por el apodo de algún personaje arrogante, la inspiración vino dada por el nombre de un arroyo homónimo. Y la disputa entre los pobladores (que querían llamar a su lugar “El Soberbio”)  y las autoridades provinciales (que no veían correcto el uso de esa palabra para su ciudad) fue tan curiosa como injustificada, pero los lugareños al usarlo en correspondencias, documentos y comunicados ganaron por cansancio.

    Almorzamos en la costa del río Uruguay y con la panza llena pedaleamos hacia el lodge. Los contrastes que se pueden vivir en un viaje son tan contradictorios como exquisitos y todo se vive de la misma manera y con igual intensidad.

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    Trabajamos más de lo que descansamos y eso nos genera un poco de ruido, algo así como un roce entre “lo que debemos hacer” (horas en la computadora) vs “lo que nos gustaría hacer” (salir a caminar, meditar, leer, dormir). Y nos damos cuenta de algo que antes no veíamos: lo que nos desconectamos en la ruta se descompensa con el exceso de conexión virtual cuando vemos un cartel de libre wifi.

    Blog, diario, mensajes, mails, redes sociales. Si bien nos encanta viajar y trabajar de esto que elegimos, a veces cansa. Y la rutina nos llega a todos estando o no en movimiento. Por eso es que nos planteamos empezar de cero y cambiar el orden de los factores (algunos los llaman crisis, otros oportunidades): llegar, descansar, disfrutar, trabajar. En ese orden y no al revés.

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    Después de dos días en el lodge nuestra ruta de hospedajes soberbianos sigue su curso y nos pasamos hacia el otro extremo: no hacemos absolutamente nada. La computadora descansa en la alforja y nuestros sentidos reemplazan el trazo de la birome y el “click” de la cámara. Retratamos el silencio sin intermediarios y a partir de este momento sentimos que hay un antes y un después en nuestra manera de vivir el viaje o la vida de viaje.

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    Dos días de hamacas y siestas

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    Y caminatas con mariposas en la cabeza

    Esa misma noche se hospedan en la cabaña un grupo de fotógrafos y entre ellos dos amigos: Rodrigo y Bruno del proyecto Travesía Visual. Con ellos nos vamos a recorrer la Ruta de la Selva y los Saltos de Moconá en camioneta porque las subidas misioneras en este tramo son misiones imposibles que en bicicleta se abortan en los primeros 5 km.

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    Si bien a este camino se lo conoce como “Ruta de la Selva”, la Selva Paranaense compartida entre Argentina, Paraguay y Brasil ocupa desde el 2011 una posición de riesgo por estar en el quinto lugar entre los diez bosques forestales más amenazados del mundo

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    Los saltos estaban algo enanos por la crecida del río Uruguay

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    Los Saltos de Moconá son únicos: no son transversales al curso del agua como la mayoría de las cataratas sino longitudinales y caen sobre el río a lo largo de más de 3 km

    En la tercera cabaña conocemos a Emilia y Martín, dos viajeros que anduvieron por México viviendo del buceo y que un día decidieron tener su propio terreno en el medio de la selva. Desmontaron la tierra a fuerza de machetazos y levantaron paredes de adobe y madera en un rincón sagrado: lejos del ruido de la ruta y cerca del (río) Paraíso.

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    El último hospedaje marcó un reencuentro de vidas pasadas. Cuando saludé a su dueño su cara me había resultado un tanto familiar y a él la mía también. No sabíamos de dónde nos conocíamos hasta que empezamos a unir puntos hacia atrás.

    A “Kucha” hace unos cinco años atrás lo llamaba Kucharky porque así lo decía su tarjeta personal. Ocupaba un puesto gerencial dentro de la empresa de seguridad donde yo trabajaba como asistente de Marketing. Recordaba algún que otro intercambio de emails y saludos de larga distancia cuando nos cruzábamos en las escaleras, en el comedor o en alguna de las fiestas de fin de año donde las copas de champagne nos hacían sociabilizar a todos.

    A Kucharky nunca lo miré a los ojos o nunca tuve la oportunidad de hacerlo o nunca me permití hacerlo. En el contexto empresa el traje vale más que la piel, el cargo es lo que define al otro como potencia o como instrumento, como engranaje o como accesorio.

    A Kucha lo abracé y lo sentí amigo, y hasta alcancé a verle el alma y su humanidad.

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    De El Soberbio nos despedimos después de diez días y lo que nos cuesta de sobremanera es romper la inercia de las primeras vueltas de pedal. La Ruta 2 (también conocida como ruta costera) no tiene inclinaciones desmedidas, pero el corte abrupto de hacer 50 km por día todos los días a no hacer ni media cuadra durante una semana y media ralentiza aún más nuestro lento andar.

    Pero… ¿cuál es el ritmo que debe llevar un cicloviajero en la ruta? ¿Hay algún manual que diga cuánto debe pedalear por día? ¿Cada cuánto debe parar, cuánto debe frenar? ¿O lo que valen son las experiencias y no el sumar kilómetros de aire? Si haber frenado durante tantos días nos llevó a sumar historias de vida en nuestras alforjas, bienvenidos los paréntesis.

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    Anotaciones espontáneas en mi cuadernito de viaje de Handmade Poetry  ❤

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    Las horas avanzan y el ritmo se acelera con la despedida del sol. Si tuviésemos que fragmentar el día y elegir una hora donde nos quedamos obnubilados por el paisaje sería ésta: cuando las agujas del reloj se estiran para tocar el número cinco.

    No importa el color del asfalto, ni el de la tierra, ni el de los árboles: todo se matiza con una luz dorada, como de cuento. Y el día empieza su cuenta regresiva y nuestro paso es tan sutil que los pájaros vuelan y se posan y se asoman y juegan. Y el aire nos acaricia las mejillas como el viento a las hojas. Y todo se vuelve canción y geometría perfecta.

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    La luna ilumina el suelo para que tendamos nuestra carpa adentro un galpón. Entre nuestras cabezas y el techo hay un cuadriculado de alambres donde se cuelga y se seca tabaco: es que Misiones es la principal productora del país y más de la mitad de la población rural vive de este cultivo que tiene consecuencias tan cortoplacistas como letales: mal formaciones, mutaciones, afecciones respiratorias y otras enfermedades a causa del uso y abuso de agroquímicos para maximizar ganancias (y lo más absurdo es que si hay algo que valoran los campesinos es la obra social que está incluida en el contrato).

    Las grandes empresas tabacaleras monopolizan vida y obra de muchos trabajadores de campo que dejaron de trabajar la tierra (como alguna vez lo hicieron sus abuelos) en pos de un falso progreso que contamina suelos y cuerpos. Viajar es grandioso pero a veces cruel: uno ve realidades que desearía cambiar, que lastiman. Y si a las cinco todo nos parecía perfecto, a las ocho todo tiene olor a podrido.

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    Los alambres finitos casi que no se ven pero están cerca de los tablones de madera

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    Esta es una postal que aún se ve en muchas rutas misioneras: carros tirados por bueyes

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    Esa noche dormimos en el patio de una escuela en el paraje Barra Bonita

    El prólogo del día anticipa mal tiempo: rocío pegajoso y visibilidad nula. Estiramos el mate a modo de excusa, pero cuando se termina el agua no hay tutía. Después de una bajada de 400 metros, la espesa neblina queda estacionada en el cielo de Barra Bonita y la ruta costera se despeja por completo.

    Pedaleamos sobre la orilla del río Uruguay. Frenamos en los miradores, en los mástiles, en las banquinas, en todos los lugares que nos permiten ver la rivera y más. No parece un río: tiene quietud de lago. Y soñamos alguna vez con una casa chiquita, pero con este inmenso balcón.

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    El calor y la baja presión son moneda corriente desde hace varios días, pero hoy el sol nos quema las pestañas. Llegamos a Panambí, un pueblito muy chiquito en el sur de Misiones, y vamos hacia el camping municipal en búsqueda de sombra y río. Nuestras intenciones, siendo las 12 del mediodía, son: almorzar sándwiches de queso y tomate, tomar algo fresco y volver a la ruta a las cuatro de la tarde cuando baje el sol. Pero uno propone y el viaje dispone. 

    Nos sentamos en un banco, cortamos el pan, abrimos la mayonesa. De reojo y a nuestra derecha, una bandeja de metal con cuatro porciones de carne levita en el aire. Una mujer de pelo negro y ojos marrones sostiene este regalo inesperado y nos pregunta: “¿quieren una porcioncita de asado? ¿De dónde vienen?”.

    El menú vegetariano del día se reemplaza a gusto del destino. Después de las pocas preguntas de la mujer, el señor que la acompaña nos invita a su mesa a los gritos. Sus ojos claros y pelo blanco, su voz gastada de cigarrillos y su piel arrugada por 61 primaveras denotan cansancio de huesos frágiles. Está algo borracho, conversa con una copa de vino caliente en la mano y nos repite: “¡Me estoy muriendo, pendejos!”. Nos habla con la fuerza de un guerrero que se está despidiendo de su campo de batalla: quiere que salvemos al país, que seamos los propulsores de un cambio de leyes en la política para que su hijo de 10 años viva en una Argentina diferente, casi utópica. La charla termina a las cinco de la tarde y nuestros planes de salir con la bicicleta también.

    Nos vamos a dormir temprano con la condición de despertarnos para ver el amanecer. El reloj suena a las seis, y diez minutos después, ya estamos sentados en una escalera con bajada al río para que el sol nos pille con los ojos abiertos.

    – ¿Y si hoy nos quedamos?

    – Pero no tenemos plata y el próximo pueblo está a unos 40 km, ¿cuánto tenemos?

    – Mmm… $28. Podemos comprar papa, arroz y zanahoria para hacer un guiso y un poco de pan para el desayuno de hoy y de mañana.

    – ¡Listoooo! Nos quedamos.

    Es que con este cielo nos sentimos millonarios a pesar de tener unas pocas chirolas en el bolsillo. Y si no hay necesidad de apurarse, tampoco hay necesidad de llegar a ningún lugar. No hay destino salvo rutas que se extienden al ritmo de nuestros pasos según sople o quiera el viento. 

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    El sol nace en Brasil y se posa en Argentina

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    Albert Sans, un cicloviajero amigo, lo dice en su e-book Nomadismos:

    En un mundo en el que todo es una carrera del que más tiene o más consigue, hay cierta adicción por cuantificar, incluso entre viajeros. ¿Cuántos países has visitado?, ¿Qué media de kilómetros haces al día? ¿Cuántos kilómetros llevas en total? ¿Cuánto tiempo llevas viajando? Yo he ido aprendiendo a dejar todo eso de lado como una anécdota. No quiero contar los días sino cantarlos, no quiero contar kilómetros, sino recuerdos, no quiero contar países sino vivirlos, conocerlos, perdiéndome sin saber qué día de la semana es o ni siquiera qué edad tengo. Por eso digo que estoy dando: la vuelta al mundo más lenta de la historia.

    Ahora es el momento donde te damos un respiro para que vayas a prepararte un té, un café o hagas ese llamado que te quedó pendiente. Tenemos tanto por contar que el post se extendió más de lo normal. Tiempo de recreo… ¡ya!

    Nos despedimos del río Uruguay y comenzamos a subir hacia el oeste. Si bien ya estuvimos en Oberá, volvemos a frenar en esta ciudad porque en este viaje son los amigos que nos va dando el camino los que van marcando la dirección de nuestras pedaleadas.

    Marcos y Carla son dos futuros cicloviajeros que están planificando una larga aventura por Sudamérica: quieren trabajar en granjas y compartir su pasión por la tierra. Se alimentan de su huerta, consumen productos orgánicos y de Ferias Francas (ferias organizadas por productores locales) y evitan lo industrializado contaminado con agroquímicos y aditivos. A veces nuestra historia deja huellas, pero siempre las historias de vida de quienes conocemos dejan marcas en la nuestra.

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    Cambiamos las coordenadas de nuestro itinerario cuando nos cuentan que van hacia Cerro Corá para presenciar un taller de tres días sobre “agrofloresta”. Sin tener idea de lo que vamos a escuchar, nos sumamos al plan. Llegamos a una chacra donde el silencio que se oye es tan grande como nuestra curiosidad y ni bien empiezan a desarrollar ideas, saco mi cuaderno y empiezo a anotar disparadores:

    • Agrofloresta o agroecología (es lo mismo: el primero en portugués, el segundo en español).
    • Es un sistema de agricultura familiar que permite recuperar el suelo en dos o tres años (o sea.. ¿se podría recuperar la selva?).
    • Nació de la mano de Ernets Götsch, uno de los máximos exponentes de los sistemas agroforestales en Brasil. Hoy tiene una finca de 500 hectáreas recuperadas en el sur del estado de Bahía.
    • La agrofloresta estimula la plantación de frutas, vegetales, árboles, arbustos y plantas en una misma área, al mismo tiempo.
    • Muchas zonas de la región Amazónica y de la Mata Atlántica están siendo recuperadas con este sistema que puede ser implementado en cualquier ecosistema de cualquier región/país.
    • El secreto es que los agricultores elijan especies típicas del lugar en el que viven para que el suelo responda rápido.
    • En Morretes (Brasil) hay 22 familias que se alimentan y trabajan gracias a la agrofloresta tomando como base la minga.

    ¿Minga? Si ya el sistema agroflorestal nos voló la cabeza, el concepto de “minga” nos fascinó. Se trata de una antigua tradición de trabajo comunitario o colectivo con fines sociales que viene del quechua minka y se deriva del conocimiento que tenían los aborígenes de que realizando un trabajo compartido para el bien común se lo hacía más rápido y mejor. El jefe de la tribu hacía un llamado y la población se movilizaba y organizaba de tal manera que el esfuerzo físico que representaba la minga se convertía en una celebración y compromiso de todos para con todos.

    Creían que ayudando a los demás cada ser individual se estaba favoreciendo a sí mismo, que si compartían el esfuerzo todos aprendían y que la obra terminada favorecía a toda la tribu mejorando su calidad de vida. Para ellos eso era el progreso.

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    Con el grupo antes de irnos. Otra de las frases que anoté fue esta: “la educación nos hizo creer que tenemos que competir cuando debemos colaborar, sino observen a la naturaleza que nunca rivaliza: siempre coopera”

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    Esta es la feria que organizan en la plaza todos los fines de semana. Nos quedamos casi una hora charlando con los lugareños que no podían creer que estuviésemos viajando en… ¿¡bicicleta¡?

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    Ellos son Denis y Mario de la bicicleteria “La Furia” en Cerro Azul (queda a pocos kilómetros de Cerro Corá). No paran de reír ni de hacer chistes… NUNCA

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    (este es un ejemplo)

    Y un sábado llegamos a Posadas, última ciudad de esta larga vuelta por Misiones. La tarde de sol y aire de primavera augura una experiencia distinta que nunca imaginamos vivir (pero si hay algo que aprendimos es a darle valor a esas causalidades espontáneas): pedalear en bicicletas tándem con chicos no videntes y de baja visión.

    No ver, pero sentirlo todo. Que el viento se magnifique, que las piernas-motor rueden a la par, que las risas sirvan como puentes. Conectarnos con palabras y que el aire nos haga cosquillas en la piel. A veces, cuando la ruta lo permite, cerramos los ojos pero de inmediato perdemos el equilibrio y nos da miedo. Ellos no temen, confían. Confían en lo invisible.

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    ¡Gracias a los chicos de Restauraciones de bicicletas Jerekoi por invitarnos! 

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    Además de viajar de un punto a otro, viajamos en el tiempo. Y nuestro último día en Posadas vamos hacia las ruinas de San Ignacio Miní, Santa Ana y Loreto, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

    En 1609 los jesuitas fundan la primera misión con el fin de difundir su religión, educar y proteger a los guaraníes de otras formas coloniales de explotación. Aprendieron su lengua y utilizaron el arte como elemento evangelizador. Fue una colonización pacífica hasta que en 1768 los jesuitas abandonan por orden real la región. Las guerras terminan destruyendo las reducciones, pero las voces de esos primeros pobladores continúan latiendo a viva voz.

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    Y la naturaleza avanza con el paso del tiempo

    Al día siguiente nos despedimos de Misiones: cerramos un capítulo de dos meses con páginas repletas de historias reales y de tiempos pasados, de personas que fueron uniendo puntos en un mapa vacío, de realidades que marcaron el ritmo de lo que salimos a buscar: encontrarle un sentido más a nuestros pasos.

    Somos Jime Sánchez y Andrés Calla, amantes de la aventura y la vida al aire libre. En este refugio digital compartimos nuestro estilo de vida, relatos, fotos, info útil, consejos y muchísima inspiración.

    Comentarios

    • Florencia Dahiana Pucheta
      3 noviembre, 2017

      me encanta leer este blog, admiro mucho lo que hacen, me quedo horas viendo sus fotos… saludos desde Misiones!

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    • Viajandomotivandoviviendo
      1 noviembre, 2017

      Cuánto me emociona leer tantas maravillas de nuestra provincia, la sencillez de sus palabras hacen que la magia de Misiones destaque su belleza infinita, hermoso post y aunque nosotros no viajamos en bicicleta sino a dedo quedo atrapada en sus relatos. . Gracias por valorar mi Tierra Roja. Un Abrazo de ViajandoMotivandoViviendo

      responder
    • Claudia
      28 febrero, 2017

      Muy hermoso la foto sus vivencia

      responder
    • Luz
      4 abril, 2016

      Hola chicos, soy Misionera y sinceramente me emocioné con su relato tan verdadero, que hermosa experiencia y que lindo que hayan elegido MISIONES para realizarla.
      Los felicito!!

      responder
    • Romina
      7 enero, 2016

      Buenas Tardes!! Vivo en Colonia Aurora, Misiones… y los vi pasar frente a mi casa… nunca pensé que podía conocer cual era su historia… de donde venían y a donde iban… preguntas que me hice en su momento…. admiro la valentía, el esfuerzo, la fuerza y la libertad que tienen…. mi sueño siempre fue recorrer el mundo y conocer cada rincón de este planeta…. pero nunca pensé en hacerlo en bicicleta…. los felicito y los espero en casa la próxima vez que anden por esta zona…. podemos mostrarles los pequeños rincones de este pueblo….. Saludos desde Misiones

      responder
    • Miguel Bujosa
      16 octubre, 2015

      Que puedo agregar este relato!!!!!!!!!!!!!!!si ya los conozco!!! muy buenas Fotos como siempre…estamos pendientes siempre de ustedes, y saber por donde andan..pero yo viajero, soy distinto a ustedes…sera por la edad?? por no tener tecnología?? o en resumidas cuentas, vivir como antes es mejor???? salir como yo hago , sin destino, sin fecha de regreso, GPS, mas que mis MAPAS..que en la mayoría los trazo en la noche para el día siguiente,cosa que me quita 10 minutos de descanso..y a eso quería llegar…mis viajes son para mi…. y disfrutar a cada minuto…de viaje o de descanso…viajar varios días si poderse comunicar con nadie, en mi caso¿CLARO? no tengo como hacerlo…solo mi humilde camarita de fotos… que después me refleja de nuevo y varias beses los lugares recorrido…MORALEJA…Chicos vivan el viaje para ustedes…descansen, paseen no le roben tiempo a sus sueños…un abraso de Yoly y mio…los queremossssssss

      responder
    • Lean
      10 octubre, 2015

      Exelente chicos!! muy lindos los relatos y las imágenes, los sigo cada ves que puedo, viajo con sus historias y recorridos, los felicito por lo que hacen!! son unos genios!!

      responder
    • Marcio
      9 octubre, 2015

      Que fotos hermosas! Y el recorrido…

      responder

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